Durante casi un año, cada nuevo dato de inflación fue peor que el anterior. Esa secuencia podría interrumpirse en abril: el Índice de Precios al Consumidor que publicará el INDEC en las próximas semanas marcaría la primera desaceleración desde mayo de 2025, cuando los precios tocaron su piso mensual más bajo. Lo que cambia no es solo un número: cambia la narrativa sobre hacia dónde va la economía argentina en año electoral, y eso tiene peso político y financiero por igual. Las estimaciones de las principales consultoras del país y las propias proyecciones del Banco Central apuntan en la misma dirección: el 3,4% de marzo habría sido el techo, y abril quedaría por debajo del 3% mensual.
Una racha que se gestó en silencio y duró casi un año
Para entender la magnitud del quiebre que se avecina, conviene repasar el recorrido. En mayo de 2025, la variación mensual de precios fue de apenas 1,5%, el registro más bajo de ese período. Lejos de estabilizarse ahí, la inflación comenzó a trepar de manera sostenida mes a mes. Los motores fueron variados y se fueron sucediendo: en la segunda mitad del año pasado, la tensión cambiaria previa a las elecciones legislativas empujó el valor del dólar hacia arriba y eso se trasladó a los precios. Luego vino el cierre de 2025 con un encarecimiento pronunciado de la carne, un producto que tiene un peso específico considerable dentro de la canasta que mide el organismo estadístico nacional. Y ya en el primer trimestre de 2026, el conflicto bélico en Oriente Medio generó un nuevo shock sobre el precio del petróleo que pegó directo en las naftas. Cada mes, un factor distinto. Cada mes, un escalón más arriba.
Ese encadenamiento de perturbaciones externas e internas explica por qué la desaceleración no llegó antes. Pero en abril, al menos dos de esos factores dejaron de operar con la misma intensidad. El precio de la carne se estabilizó. El impacto del conflicto iraní en los combustibles fue procesado de forma repartida entre los índices de marzo y abril, lo que diluye su efecto. Y el tipo de cambio, lejos de presionar al alza, mostró una tendencia a la baja desde que comenzó el año. No es un escenario de bonanza, pero sí un alivio técnico que los modelos de proyección captaron con claridad.
Las consultoras miden y el Central confirma: la presión bajó
La consultora Equilibra, que conduce el economista Martín Rapetti, actualizó su proyección y la ubicó en 2,4% para abril, lo que representaría una caída de un punto porcentual respecto de marzo. El dato más llamativo de su seguimiento semanal fue el de la última semana del mes: una variación de apenas 0,1%, el registro más bajo desde junio de 2025. Según ese centro de estudios, dos componentes del índice —los precios regulados y los estacionales— incluso habrían deflacionado: bajaron 0,4% y 0,6% respectivamente, traccionados por descensos en frutas, verduras, indumentaria y combustibles. La inflación núcleo —la que excluye los volátiles— se habría movido un 0,4% semanal, consistente con un ritmo mensual notoriamente más moderado que el de los meses anteriores.
Por su lado, la consultora Analytica, que encabeza Ricardo Delgado, estimó una variación mensual de 2,8%. Su seguimiento de alimentos y bebidas en cadenas de supermercados arrojó un promedio de cuatro semanas del 1,2%, con una tercera semana del mes que mostró una suba semanal del 0,5%. Desde EcoGo, la consultora que lidera Marina Dal Poggeto, la estimación se ubicó en 2,5% mensual, con datos disponibles hasta la tercera semana de abril. Esa firma destacó que si bien hay un arrastre estadístico de marzo de 0,3 puntos porcentuales, la moderación en alimentos actúa como principal factor compensador. Tres consultoras, tres metodologías distintas, pero todas convergiendo en el mismo rango: entre 2,4% y 2,8%.
Desde el Banco Central, la lectura tiene un matiz propio. La autoridad monetaria elaboró un índice alternativo —denominado IPC-S, de inflación subyacente— que excluye una serie de precios que sus economistas consideran estacionales o atípicos, incluyendo el precio de la carne, que el INDEC no clasifica de esa manera. Con esa métrica propia, el Central sostiene ante inversores que la inflación subyacente se mantiene en torno al 2% mensual de manera ininterrumpida desde hace más de un año. Es una lectura más optimista que la del IPC oficial, pero que el organismo usa para argumentar que el proceso de desinflación estructural está intacto más allá de los shocks puntuales.
El mensaje a los mercados y lo que queda pendiente para el año
Hace dos semanas, durante la visita del equipo económico a Washington, el vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning, expuso ante inversores una lectura que combinaba reconocimiento de las presiones con confianza en la dirección general. Reconoció que el impacto del conflicto en Irán sobre los combustibles locales "es visible" en los datos, pero subrayó que el ajuste fiscal en curso y la política monetaria restrictiva funcionan como "un reaseguro contra la propagación de la inercia nominal". En otras palabras: que los shocks no se conviertan en espiral. Werning también señaló que, en el contexto de una economía con alto grado de dolarización como la argentina, los movimientos del tipo de cambio de los últimos meses no parecen haber tenido el impacto inflacionario que históricamente se les adjudicaba, lo que calificó como un hito en el proceso de estabilización.
Ese argumento tiene respaldo empírico parcial: el dólar se movió y los precios no respondieron con la misma velocidad de antaño. Pero la cautela de los analistas privados persiste, en especial cuando se mira el horizonte de fin de año. En el último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central, el grupo de las diez consultoras que con mayor precisión anticiparon la evolución de los precios durante el último período ajustaron sus proyecciones anuales al alza. Por primera vez, ese segmento de mejores predictores estimó que 2026 cerraría con una inflación del 31,8% anual, levemente por encima del 31,5% que registró 2025. No es una diferencia abismal, pero sí es una señal: el piso del año pasado podría no repetirse. Vale recordar que Argentina lleva más de dos décadas sin lograr consolidar un proceso de desinflación duradero: desde la salida de la convertibilidad en 2002, la inflación crónica se convirtió en una constante estructural que ningún gobierno logró erradicar de forma permanente.
Lo que ocurra en los próximos meses tendrá múltiples lecturas posibles. Si la desaceleración de abril se confirma y se extiende, el oficialismo contará con un argumento de peso para la campaña electoral: que el ancla de precios funciona incluso bajo turbulencias globales. Si, en cambio, nuevos shocks —otro conflicto internacional, una corrección cambiaria, un rebrote de commodities— vuelven a interrumpir la tendencia, el debate sobre la sostenibilidad del modelo de estabilización volverá al centro. Para los analistas que miran el largo plazo, la pregunta no es si abril será mejor que marzo, sino si la arquitectura económica actual puede sostener la desinflación en un mundo que, en 2026, sigue siendo impredecible.



