La compañía que antaño fue símbolo de innovación comercial en la década del noventa regresó a los juzgados con un panorama desolador: más de mil millones de pesos en deudas, centenares de cheques rechazados en instituciones bancarias y un modelo de negocios que no logró recuperarse tras su segundo intento de reinvención. Solo Empanadas solicitó la apertura de un concurso preventivo de acreedores, mecanismo que la empresa utiliza para intentar reestructurar su pasivo y evitar la quiebra definitiva. El hecho revela no solo la fragilidad financiera de una marca que alguna vez fue emblema del emprendimiento argentino, sino también los desafíos estructurales que enfrentan negocios de gastronomía rápida en un contexto económico volátil.

El expediente fue iniciado ante el Juzgado de Primera Instancia en lo Civil y Comercial N° 11 de General San Martín, con la solicitud formal publicada en el Boletín Oficial de la Provincia de Buenos Aires el pasado lunes. La empresa detrás de la operación es Divaflo SRL, sociedad que adquirió los derechos de la marca y asumió su gestión hace aproximadamente seis años. Esta compañía no solo maneja Solo Empanadas, sino que también opera bajo su paraguas otras marcas del rubro gastronómico como Morita, Kiosco de Empanadas y Fan de la Pizza, contabilizando en conjunto más de ciento sesenta puntos de venta dispersos en distintas zonas del territorio bonaerense. Actualmente, la cadena funciona con treinta sucursales, una cifra considerablemente menor a la que ostentaba durante su apogeo comercial.

Del boom de los noventa a la caída institucional

La trayectoria de Solo Empanadas es un reflejo de las turbulencias que ha atravesado la economía argentina en las últimas dos décadas. Fundada prácticamente en vísperas de la crisis de dos mil uno en el barrio porteño de Belgrano, la marca logró consolidarse mediante una estrategia de marketing novedosa para su época: personas disfrazadas de empanadas distribuían muestras gratuitas en semáforos porteños, generando un fenómeno de viralidad que, aunque hoy parecería ingenuo, resultó devastadoramente efectivo en la primera mitad de los años noventa cuando internet era aún un lujo. El boca a boca fue su mejor aliado. Hacia el año dos mil cuatro, la compañía había expandido su red a cincuenta franquicias en operación y comenzó a exportar sus productos mediante contenedores marítimos de más de doce mil unidades hacia distintos países latinoamericanos. Era, en ese entonces, un éxito empresarial visible.

Sin embargo, los problemas financieros llegaron temprano. En dos mil nueve, la estructura organizativa anterior —operada por una entidad llamada Franquicias Argentinas S.A.— presentó la primera solicitud de concurso preventivo. La estrategia no funcionó. Al año siguiente, en dos mil diez, la justicia dictaminó la quiebra de esa estructura, marcando el fin de una etapa de la compañía. La marca desapareció del mercado de consumo masivo, aunque su nombre permanecía en la memoria colectiva de generaciones que habían crecido viendo a sus personajes bailarines en los cruces de calle.

El intento de resurrección en tiempos de pandemia

La pandemia de coronavirus generó movimientos inesperados en distintos sectores económicos. Mientras algunos negocios colapsaban, otros encontraban oportunidades en la crisis. Fue en ese escenario, en dos mil veintiuno, cuando Divaflo SRL decidió comprar los derechos de la marca y relanzarla al mercado. La apuesta parecía racional: un nombre con historia, un producto que funcionaba, consumidores que recordaban positivamente la experiencia. No obstante, el resurgimiento nunca alcanzó el nivel de expansión que había caracterizado al emprendimiento original. La empresa operó durante años bajo una realidad económica radicalmente distinta: inflación acelerada, reducción del consumo, costos de financiamiento prohibitivos y una competencia muy diversificada en el rubro de comidas rápidas.

Según los registros de la Central de Deudores del Banco Central, a la fecha del pedido de concurso preventivo, la empresa exhibe doscientos treinta y uno cheques rechazados por un monto acumulado de mil treinta y dos millones setecientos veintitrés mil trescientos ochenta y dos pesos. La mayoría de estos instrumentos incobrados corresponden a operaciones con Banco Nación, Banco Provincia, Santander, Galicia, Macro y Supervielle. La calificación de riesgo asignada por el Banco Central ubica estas deudas en categorías dos, tres y cuatro, lo que implica un riesgo clasificado como medio a alto. Es decir, desde el punto de vista del sistema financiero, la empresa no solo no paga sino que su capacidad futura de cumplimiento está severamente comprometida.

La administración de Divaflo ha atribuido su situación a una combinación de factores. En primer lugar, la expansión de la planta industrial localizada en Villa Lynch requirió inversiones considerables destinadas a centralizar operaciones y aumentar la capacidad productiva. Esa ampliación fue financiada principalmente mediante créditos bancarios, lo que generó un endeudamiento estructura que presionó sobre las finanzas generales de la compañía. A esto se sumó la caída del nivel de actividad económica y, consecuentemente, de la demanda de consumo. Las ventas se redujeron, los ingresos menguaron, y la empresa enfrentó la paradoja de tener costos fijos elevados —incluyendo servicios de deuda— sobre una base de ingresos que se contrajo significativamente. La falta de liquidez resultante imposibilitó el cumplimiento de vencimientos financieros, creando un círculo vicioso de incumplimientos.

Cronograma judicial y perspectivas futuras

El proceso judicial tiene plazos definidos. El informe individual de la sindicatura será presentado el veintisiete de octubre, mientras que el informe general está previsto para el once de diciembre. Una audiencia judicial se encuentra agendada para el veinticuatro de junio de dos mil veintisiete, fecha que coincide con el vencimiento del período de exclusividad, fijado para el primero de julio del mismo año. Durante este tiempo, la empresa tendrá la oportunidad de formular una oferta de reestructuración a sus acreedores, quienes deberán presentarse ante la justicia para verificar y acreditar sus créditos. Es un proceso que puede extenderse por años, durante los cuales la empresa intentará mantener su operatividad mientras negocia condiciones con bancos y otros acreedores.

El caso de Solo Empanadas no es aislado en el contexto empresarial argentino. Múltiples firmas que tuvieron relevancia en décadas anteriores han enfrentado dificultades similares: combinación de deuda bancaria, contracción de demanda, inflación que comprime márgenes, y competencia intensificada. Lo que distingue a esta compañía es la particularidad de su segunda caída, después de un breve intento de resurrección. Si el concurso preventivo fracasa, la empresa enfrentaría una segunda quiebra, esta vez bajo otra estructura societaria. Si prospera, deberá negociar quitas de deuda con instituciones bancarias que, en un contexto de tasas elevadas, pueden no estar dispuestas a hacer concesiones significativas. De cualquier forma, la capacidad de la empresa para volver a crecer y recuperar relevancia en el mercado de gastronomía rápida dependerá no solo de la reestructuración financiera sino también de factores macroeconómicos sobre los cuales tiene escaso control: evolución del tipo de cambio, niveles de inflación, poder adquisitivo de la población y recuperación de la inversión privada en expansión comercial.