Después de una travesía de dos meses navegando aguas turbias, el termómetro del humor consumidor argentino registra un cambio de dirección. Los números que relevan especialistas en comportamiento económico muestran un repunte que, aunque modesto, marca un punto de inflexión en la trayectoria que venía siendo descendente. Sin embargo, ese rebote no llega parejo a todos los rincones del país ni impacta de manera uniforme según cuánta plata haya en los bolsillos. La geografía económica argentina de este 2025 presenta un mapa de esperanzas fragmentadas: mientras regiones del interior y trabajadores de ingresos modestos respiran algo de alivio, la capital federal y sus habitantes de mayor poder adquisitivo se aferran al escepticismo.

El indicador que mide cómo se sienten los consumidores respecto a su situación económica y sus perspectivas de gasto registró en septiembre una suba de 2,37 por ciento comparado con agosto, y alcanzó los 41,18 puntos. Si se tira la mirada hacia atrás doce meses, el avance resulta aún más notable: 3,44 por ciento por encima del nivel que se registraba hace un año. Estas cifras provienen del Centro de Investigación en Finanzas de la Universidad Di Tella, institución que desde hace años se dedica a captar, mediante encuestas, el pulso del consumidor argentino. La medición se realizó durante los primeros nueve días de septiembre, momento en el cual las intenciones de gasto y las percepciones sobre lo que vendrá comenzaban a mostrar cierto movimiento alcista.

El contraste entre el optimismo periférico y el escepticismo porteño

Lo verdaderamente ilustrativo de este panorama reside en cómo se distribuye esa recuperación de confianza según geografía. El interior del país experimentó un salto de 5,23 por ciento en el índice durante septiembre, mientras que el Gran Buenos Aires no se quedó atrás con un incremento de 3,33 por ciento. Estas cifras revelan que lejos de la capital, donde concentran decisiones políticas y medios de comunicación, la población percibe mejoras más concretas en sus condiciones económicas inmediatas. Podría interpretarse que en ciudades medianas y pequeñas, donde la informalidad laboral es menor y las redes comunitarias mantienen economías más resilientes, el sentimiento general mejora con mayor facilidad.

La Ciudad de Buenos Aires, en cambio, nos presenta un escenario completamente opuesto. Allí, el índice de confianza del consumidor retrocedió de manera abrupta: 6,76 por ciento hacia abajo. Este movimiento en sentido contrario al resto del territorio nacional sugiere dinámicas distintas operando en la capital. Los porteños, expuestos constantemente a los vaivenes políticos de las instituciones nacionales, poseedores de mayor acceso a información económica y generalmente más volcados hacia el análisis de indicadores macroeconómicos, parecen mantener un nivel de desconfianza más profundo. Cuando se compara septiembre con el mismo mes del año anterior, la brecha se acentúa: el interior está 3,28 por ciento por encima de donde estaba hace doce meses, el conurbano bonaerense avanza 7,50 por ciento, pero la capital federal se hunde 8,53 por ciento debajo del nivel de un año atrás.

Los que menos tienen comienzan a creer, mientras los que más tienen dudan

Otra fractura significativa surge cuando se segmenta la población según sus ingresos. Los hogares ubicados en los estratos de menores recursos experimentaron un salto de confianza particularmente pronunciado: 12,33 por ciento en el mes de septiembre. Este dato adquiere relevancia histórica considerando que, típicamente, son los sectores de ingresos bajos quienes más sufren en contextos de volatilidad económica y, por ende, quienes más tardíamente recuperan su optimismo. Su rebote sugiere que alguna variable comenzó a funcionar a su favor: tal vez estabilidad en ofertas de empleo precario, reducción en la presión inflacionaria en bienes de consumo masivo, o simplemente una menor exposición a los movimientos cambiarios que afectan principalmente a quienes tienen acceso a divisas extranjeras. En contraste rotundo, los hogares de ingresos elevados registraron una disminución de 4,07 por ciento. Que justamente quienes accedieron históricamente a protegerse mediante la dolarización de sus activos muestren desconfianza creciente resulta paradójico, pero ilustra cómo el pesimismo puede encontrar asidero incluso donde hay defensas económicas reforzadas.

Dentro de los componentes que integran este índice agregado, surgen variaciones que merecen atención particular. Cuando se interroga a los consumidores sobre su propia situación económica personal —es decir, cómo perciben su empleo, sus ingresos, su capacidad de ahorro—, el resultado fue un aumento de 11,33 por ciento. Esta cifra contrasta notablemente con lo que ocurre cuando se les pregunta sobre el panorama macroeconómico general del país: allí, la caída fue apenas de 0,75 por ciento, pero caída al fin. Un patrón similar emerge con respecto a la disposición a adquirir bienes de alto valor: inmuebles y durables retrocedieron 3,42 por ciento. La lectura es clara: los argentinos sienten que ellos personalmente van un poco mejor, pero desconfían de que el país en su conjunto esté mejorando, y dudan seriamente en hacer inversiones a largo plazo. Es una confianza acotada, desigual, centrada en la micro realidad antes que en la macro visión.

Proyectando la mirada hacia adelante, el índice que captura qué esperan los consumidores en los próximos meses registró un incremento de 3,80 por ciento. Empero, cuando se examina cómo evalúan las condiciones presentes, el avance desciende dramáticamente a apenas 0,33 por ciento. Comparando con doce meses atrás, las condiciones actuales están 9,42 por ciento por encima, lo que indica mejora respecto al piso de hace un año; pero las expectativas futuras permanecen prácticamente estancadas, tan solo 0,24 por ciento por debajo del nivel de hace doce meses. Este patrón revela que la recuperación reciente, aunque real, aún no ha generado la suficiente convicción como para que los consumidores proyecten mejoras sustanciales hacia los trimestres venideros.

Contexto más amplio: del piso de enero 2024 al pico de enero 2025

Para dimensionar correctamente estos movimientos recientes, conviene ubicarlos dentro de la trayectoria más amplia de los últimos dieciséis meses. El índice de confianza alcanzó su máximo histórico en el actual ciclo de gobierno durante enero de 2025, momento en el cual llegó a 47,38 puntos. Desde ese pico, acumula una caída de 13,09 por ciento, un retroceso que explica por qué, a pesar del rebote de septiembre, la sensación general entre observadores económicos ha sido de deterioro. Pero si se retrocede aún más en el tiempo, hacia enero de 2024, cuando se habían aplicado las primeras medidas de ajuste y el índice se desplomó a su piso de 35,60 puntos, entonces el cuadro cambia de color. Desde ese suelo hasta hoy, el indicador acumula una ganancia de 15,67 por ciento, lo que significa que, en perspectiva anual, hay mejora neta comparado con el momento de máximo golpe.

Este tipo de series de datos largos importan porque permiten distinguir entre volatilidad coyuntural y tendencias estructurales. Los argentinos han estado sometidos durante años a ciclos de esperanza y desencanto económico. Lo que se observa en esta medición de septiembre podría interpretarse como un piso temporal en la desaceleración que comenzó en enero de 2025, no necesariamente como el inicio de una recuperación sostenida. La distribución geográfica y socioeconómica desigual del optimismo añade un factor adicional de complejidad: no se trata de que la sociedad argentina como bloque uniforme recupere confianza, sino que ciertos segmentos la recuperan mientras otros la pierden, generando tensiones y percepciones fragmentadas sobre la realidad económica del país.

Las implicancias de este mapa de confianzas desunidas son múltiples. Si el interior continúa mostrando optimismo mientras el centro político-administrativo permanece escéptico, los ciclos electorales futuros podrían verse influidos por esta geografía del sentimiento. Si los ingresos bajos recuperan esperanza mientras los altos la pierden, se configura un escenario donde las políticas que uno y otro grupo demandarían podrían seguir trayectorias divergentes. Si los argentinos creen en su situación personal pero desconfían de la macroeconomía, es probable que mantengan patrones de gasto cauteloso y eviten compromisos financieros de largo plazo. Todo esto sugiere que, más allá del rebote de septiembre, los cimientos de la confianza consumidor permanecen frágiles, construidos en terreno accidentado donde distintos actores viven económicas radicalmente diferentes. Las decisiones de política económica que se adopten en los próximos trimestres determinarán si este repunte puntual se consolida en tendencia o si, por el contrario, se revierte nuevamente hacia la baja, profundizando las divisiones que ya caracterizan cómo distintos grupos de argentinos experimentan y proyectan su futuro económico.