La Argentina enfrenta una paradoja económica incómoda: mientras que los indicadores de inflación mejoran y la moneda se estabiliza, el corazón productivo del país se desangra. La industria manufacturera, aquella que durante décadas fue el motor de generación de empleo y desarrollo en las provincias, atraviesa una contracción sin antecedentes recientes que ha dejado sin trabajo a decenas de miles de personas. Este escenario contradictorio fue el que puso sobre la mesa el sector fabril esta semana, presentando un diagnóstico preocupante y una agenda de medidas que busca transformar los próximos meses en un punto de inflexión.
El cuadro que presenta el sector es alarmante en sus números. Desde mediados del año pasado hasta la actualidad, la industria ha perdido 90.000 puestos de trabajo asalariados registrados, un volumen que implica no sólo desempleo directo sino también efectos multiplicadores en las economías regionales. Más grave aún: la producción industrial se sitúa actualmente 10% por debajo de los niveles que se registraban en 2022, una caída que no refleja una contracción uniforme sino un deterioro desigual donde algunos sectores acumulan pérdidas de entre 25% y 30% de su capacidad productiva. Estas cifras revelan que amplios segmentos del tejido fabril funcionan muy por debajo de su potencial, con máquinas sin usar y líneas de producción operando a media marcha.
El puente hacia una economía competitiva
Frente a este panorama, los empresarios industriales plantean la necesidad de construir un puente que conecte la economía antigua—cerrada, inflacionaria, con protecciones excesivas—con la economía que se busca forjar: abierta, competitiva, integrada al mundo. Esta transición no es automática ni ocurre sola. Requiere de políticas públicas articuladas, de condiciones macroeconómicas que faciliten la producción y de mecanismos que permitan que las empresas no quiebren en el trayecto. El sector plantea siete frentes de trabajo que considera determinantes para que esta transformación sea viable.
El primero de ellos toca la médula del problema inmediato: la recuperación de la actividad y el acceso al crédito. Aquí existe un punto de vista que merece ser destacado: la estabilización monetaria no puede ser el único indicador de éxito económico. Cuando la inflación cae pero las fábricas no producen y el empleo se contrae, algo no cierra. El sector reclama que se libere el acceso a financiamiento para capital de trabajo—dinero que las empresas necesitan para pagar salarios mientras venden—, para inversiones en maquinaria y tecnología, y para que las familias puedan consumir nuevamente. Sin crédito, el ahorro se encierra en cajas de seguridad y no se transforma en actividad productiva.
El segundo eje apunta directamente al problema de competitividad. Las empresas argentinas deben competir hoy con productores de todo el mundo, pero cargan con costos internos que sus competidores no tienen. Se trata de una multiplicidad de tributos que se acumulan: impuestos sobre ingresos brutos, tasas municipales, gravámenes sobre movimientos bancarios, cargas sobre las ganancias. A esto se suman costos logísticos excesivos por deficiencias en infraestructura. El sector propone un acuerdo fiscal federal que involucre a la Nación, las provincias y los municipios en una reducción coordinada y gradual de la presión tributaria sobre la producción. No se trata de regalar dinero a las empresas, sino de reconocer que si el costo de producir localmente es prohibitivo, la producción simplemente emigra.
Competencia y subsidios: el juego desigual
Existe un tercer problema que trasciende las fronteras nacionales: la apertura económica que se está llevando adelante no se desarrolla en un terreno parejo. Mientras se abren puertas a las importaciones, existen prácticas comerciales desleales que distorsionan la competencia. El sector advierte sobre dumping—la venta de productos a precios por debajo del costo—, sobre subsidios que otros países otorgan a sus exportadores, sobre subfacturación en aduanas y sobre el fenómeno del contrabando que, en algunos rubros, ya representa entre el 30% y el 50% del mercado doméstico. La pregunta de fondo es: ¿cómo compite una empresa argentina que paga impuestos, que respeta regulaciones laborales, que cumple normas ambientales, contra un producto que ingresa de contrabando o que fue subsidiado por su gobierno de origen? El sector reclama un Estado presente que controle las fronteras, que haga cumplir las normas y que garantice que el juego tenga reglas que todos respeten.
El cuarto punto refiere a la energía. Vaca Muerta, el yacimiento de gas y petróleo ubicado en Neuquén, representa una oportunidad sin igual para la Argentina: poder acceder a energía abundante y de bajo costo podría convertirse en ventaja competitiva para toda la cadena productiva, no sólo para la exportación de hidrocarburos. Sin embargo, durante este año las facturas de energía se convirtieron en una pesadilla para las empresas. Algunas pequeñas y medianas industrias recibieron boletas de gas y electricidad que se multiplicaron por tres, cuatro o hasta cinco veces. Esto no es sostenible: destruye márgenes, licua capital de trabajo y lleva a cierres. El sector pide mecanismos que amortigüen este impacto y que permitan financiar la transición hacia una estructura energética más favorable.
El quinto aspecto se refiere a un problema que aqueja especialmente a las pequeñas y medianas empresas: la morosidad y el endeudamiento. Durante el año pasado, cuando las tasas de interés se dispararon y la actividad se contrajo, muchas compañías no pudieron cumplir con sus obligaciones bancarias e impositivas. Así se acumularon deudas que hoy son impagables. El sector plantea mecanismos para reprogramar deudas, para regularizar situaciones de mora y para acompañar a empresas que enfrentan dificultades transitorias. Incluso plantea, como medida extraordinaria, la suspensión temporaria de embargos que podrían paralizar empresas con problemas de liquidez. También reclama acelerar la devolución de saldos a favor acumulados por las compañías ante el fisco, recursos que son cruciales para sostener el capital de trabajo.
Infraestructura: el costo oculto de producir en Argentina
El sexto punto gira en torno a infraestructura. Las rutas en mal estado, los puertos congestionados, los ferrocarriles descuidados, las redes eléctricas deficientes y los gasoductos insuficientes forman parte del costo de producir en Argentina. Cada uno de estos déficits impacta directamente en el precio final de los productos y en la posibilidad de competir tanto en el mercado interno como en el exterior. Mejorar esta infraestructura requiere inversión masiva que el Estado difícilmente pueda financiar solo. Por eso el sector plantea acelerar concesiones y licitaciones, promover esquemas de participación público-privada y movilizar capital privado hacia estos sectores críticos.
El séptimo y último eje se refiere a la modernización del mercado laboral. Existe una nueva legislación que abre oportunidades para actualizar las relaciones entre trabajadores y empresas, pero esas herramientas deben llegar efectivamente a las compañías. Los convenios colectivos, en muchos casos, fueron diseñados décadas atrás para una realidad productiva completamente diferente. El sector plantea la necesidad de actualizarlos, de reducir la litigiosidad laboral que genera incertidumbre y que puede desalentar tanto la contratación como la inversión.
Esta hoja de ruta que presenta el sector industrial refleja un diagnóstico compartido por amplios segmentos de la economía: la estabilización macroeconómica es necesaria pero no es suficiente. Sin políticas que faciliten la actividad, que reduzcan costos, que brinden certidumbre a los inversores y que acompañen la transición, el costo social puede ser muy alto. El empleo que se perdió este año no se recupera automáticamente. Las PyMEs que quiebren no resurgen fácilmente. Las provincias que pierden capacidad productiva enfrentan años de estancamiento. Los próximos meses dirán si existe voluntad política para construir ese puente que el sector reclama, o si la transición hacia una economía más abierta ocurrirá sobre las ruinas de la capacidad productiva que se tiene hoy.



