La crisis que asola al sector textil argentino trasciende cualquier cifra aislada. No se trata simplemente de que las fábricas trabajen apenas al 42% de su capacidad instalada, ni de que 874 establecimientos productivos hayan cerrado entre diciembre de 2023 y marzo de 2024, ni siquiera de que decenas de empresas tradicionales hayan solicitado concurso preventivo de acreedores en los últimos meses. Lo que sucede es un reordenamiento brutal de una actividad que durante más de un siglo constituyó la columna vertebral de la industrialización argentina, transformando regiones enteras y generando miles de empleos. Hoy esa historia enfrenta un punto de quiebre cuyas consecuencias apenas comienzan a dimensionarse.
La magnitud del colapso resulta inquietante cuando se observan los indicadores desde la perspectiva del trabajador. Los operarios textiles del conurbano bonaerense vieron caer sus salarios reales en 21% desde noviembre de 2023, mientras que en paralelo el empleo formal acumula 16 meses consecutivos de pérdidas. La comparación con otras industrias resulta aún más elocuente: un petrolero en Neuquén gana casi seis veces más que un trabajador textil en el Gran Buenos Aires. Esta disparidad refleja no solo una diferencia salarial, sino un cambio en las prioridades productivas del país. Mientras algunos sectores experimentan ciclos expansivos, la cadena de confecciones, hilados y telas se desmorona bajo presiones que actúan simultáneamente desde múltiples direcciones.
Una caída sin precedentes en la producción
Entre enero y mayo de este año, la fabricación local de productos textiles se desplomó 26,5% en términos interanuales, una cifra que duplica ampliamente la contracción general de la industria manufacturera, que apenas alcanzó 3,1%. Este panorama desigual refleja la vulnerabilidad particular del sector. El segmento más afectado fue el de tejidos y acabado de productos textiles, con un retroceso de 38,6%, mientras que la fabricación de prendas de vestir, cuero y calzado cayó 15,3%, con el rubro calzado liderando las bajas. Estas cifras no representan fluctuaciones cíclicas normales sino una contracción estructural que reclassifica el destino de miles de trabajadores.
El desempleo en el sector se propaga con velocidad alarmante. Según registros del Sistema Integrado Previsional, el empleo formal en productos textiles se redujo 8,6% en el cuarto trimestre de 2025 respecto del año anterior, mientras que en cuero y calzado la baja alcanzó 15,9%. Desde 2023, se estima que más de 800 pequeñas y medianas empresas han desaparecido, arrasando aproximadamente 24.000 puestos de trabajo formales en una cadena que aún emplea a unos 540.000 trabajadores en todo el país. Las repercusiones sociales de esta sangría laboral apenas comienzan a visibilizarse en barrios donde la industria textil constituía el principal engranaje de la economía local.
Tres fuerzas confluyen en una tormenta sin escape
Los especialistas coinciden en diagnosticar una "tormenta perfecta" donde tres fenómenos distintos atacan simultáneamente a la industria. El primero es la apertura de importaciones tras la reducción de aranceles y barreras paraarancelarias, que expone a los productores locales a una competencia para la cual no estaban preparados. El segundo factor es el cambio estructural del negocio textil a escala global, acelerado por la irrupción del comercio electrónico y la transformación radical de los hábitos de consumo. El tercer golpe, quizá el más letal, es la debilidad del mercado interno, donde la caída del poder adquisitivo, el desempleo creciente y el aumento de gastos esenciales como alquileres, servicios públicos y alimentos han comprimido dramáticamente el presupuesto disponible para indumentaria.
El fenómeno de Shein y Temu, aunque recibe amplía cobertura mediática y genera alarma en el sector empresario, presenta aristas más complejas de lo que pareciera. Las importaciones a través de servicios postales experimentaron un crecimiento cercano al 300% durante 2025, superando los US$800 millones. Sin embargo, estos envíos siguen representando apenas 1,2% del total de las importaciones en términos agregados. El impacto macroeconómico real, aunque concentrado en determinados segmentos del mercado, resulta paradójicamente menor que la alarma generada. Lo que preocupa genuinamente a los empresarios textiles no es tanto el volumen absoluto de estas compras como las condiciones desiguales en las que compiten: mientras las fábricas formales cargan con impuestos laborales, aduaneros y regulatorios, la mercadería importada ingresa frecuentemente con escasos controles o valores declarados que, según denuncian las cámaras empresarias, no reflejan el precio real de los productos.
Empresas que no resisten el embate
La lista de víctimas corporativas crece cada semana. Textilana, la histórica marplatense dueña de la marca Mauro Sergio, solicitó concurso preventivo de acreedores para reestructurar sus pasivos. La textilera Hilado, de la familia Karagozian, corrió igual destino. Las firmas Ted Bodin y Viamo también presentaron sus respectivos concursos. Fantome Group, fabricante de Kevingston y Reebbok bajo licencia, debió hacer lo propio. Amesud, la principal fabricante de telas del país y propiedad del ex titular de la Fundación ProTejer Hong Yeal Kim, logró evitar el concurso a fines de junio, pero su situación refleja la precariedad generalizada. En julio, Grupo Dassan, fabricante de calzado deportivo, cerró su última planta argentina ubicada en Eldorado, Misiones, y optó por abastecer el mercado local mediante importaciones desde Brasil. Estos cierres y concursos no son eventos aislados sino síntomas de un reordenamiento más profundo donde empresas que resistieron crisis anteriores finalmente ceden ante la combinación de presiones.
El sector empresario tiene posiciones diferenciadas sobre las causas y soluciones. Mientras algunos analistas enfatizan que la apertura comercial explica solo una parte del problema y que la retracción del consumo interno es igualmente decisiva, los empresarios de FITA cuestionan específicamente las condiciones de esa apertura. No objetan la libre importación en sí misma, sino la competencia desleal que genera cuando productos ingresan sin controles aduanales rigurosos, con valores ficticios declarados y sin cargar impuestos equivalentes a los que soportan las empresas formales. Por su parte, algunos empresarios como Carlos Muia, presidente de Santista, han optado por continuar invirtiendo en tecnología pese a que su producción cayó de dos millones a 1,3 millones de metros mensuales de tela. Su argumento es directo: la única forma de ser competitivo es mediante la tecnología, y Argentina posee una ventaja comparativa única al disponer de algodón, la principal materia prima de la industria. Sin embargo, esa fortaleza queda parcialmente neutralizada por el costo país y el costo laboral estructuralmente elevado.
El análisis de la situación revela que la industria textil argentina se enfrentó durante décadas con un esquema de protección frente a la competencia externa. Ese entorno permitió que empresas tradicionalmente operaran con márgenes de rentabilidad que hoy resultan insostenibles. La transición abrupta hacia un escenario de apertura coincidió con transformaciones globales que habrían representado un desafío incluso en contextos macroeconómicos favorables. Agreguese a esto una característica histórica del sector: un alto nivel de informalidad convive con costos elevados para las empresas que operan dentro del circuito formal. Esta dualidad genera que la competencia no ocurra solo entre producción nacional e importada, sino también entre firmas que cumplen con todas las cargas impositivas y laborales y aquellas cuya operación se desarrolla al margen de esas obligaciones. La directora ejecutiva de la Fundación Pro Tejer, Priscila Makari, resumió la situación con crudeza: "No se vende nada. El mercado interno está muy chico". En esa realidad, las empresas enfrentan el doble desafío de mercados cada vez más reducidos y participación creciente de productos importados. Para afrontar costos fijos ineludibles, muchas compañías han reducido producción, pospuesto inversiones, ajustado plantillas y liquidado stocks. Como reflejo de esa estrategia defensiva, los precios de la indumentaria aumentaron muy por debajo de la inflación general, profundizando aún más el deterioro de la rentabilidad en toda la cadena.
Diferenciación y nichos como única salida
Aunque la crisis golpea indiscriminadamente, no todos los segmentos están igualmente expuestos. Las empresas orientadas a productos básicos y masivos enfrentan la competencia más brutal. En cambio, las firmas especializadas en nichos premium, indumentaria técnica o ropa de trabajo cuentan con mayores posibilidades de adaptación y diferenciación. Este fenómeno sugiere que la recuperación, si llega, será profundamente selectiva. Algunas empresas tendrán capacidad para reinventarse apuntando a mercados de mayor valor agregado. Otras, especialmente las pequeñas y medianas con escasos recursos para investigación y desarrollo, simplemente desaparecerán. La diversificación geográfica y de productos, junto con la apuesta a tecnología, emerge como la única estrategia viable para quienes pretendan subsistir en el nuevo escenario.
Las voces del sector empresario insisten en la necesidad de un plan integral de competitividad que reduzca el costo de producir en Argentina y fortalezca los controles aduanales para garantizar competencia en igualdad de condiciones. Los analistas, en tanto, subrayan que una mejora del consumo y del acceso al financiamiento será clave para reactivar una demanda actualmente deprimida. Sin embargo, existe consenso en que incluso si esas variables mejoran significativamente, la industria difícilmente retornará a su configuración anterior. La mayor competencia de importaciones, la irrupción del comercio electrónico y los cambios en los hábitos de consumo son tendencias globales irreversibles que obligarán a las empresas a replantear integralmente sus estrategias de operación.
Mientras Argentina experimenta ciclos expansivos en sectores como petróleo y minería, la cadena textil afronta un desafío existencial. Su recuperación dependerá de una combinación impredecible de variables macroeconómicas, decisiones de política comercial y cambios en los patrones de demanda. Las diferentes perspectivas del sector refleja una realidad donde no existe una única causa ni una solución única que pueda revertir el proceso. Algunos enfatizan la necesidad de protecciones aduanales más rigurosas, otros apuntan a la imperiosidad de mejorar el acceso al crédito, mientras que ciertos analistas sostienen que solo la reactivación del consumo interno podrá generar incentivos suficientes para que las empresas reanuden inversiones. Lo que permanece claro es que el entorno ha cambiado de manera estructural, y la industria textil argentina deberá encontrar nuevas formas de competir en un ecosistema radicalmente diferente al que conoció durante décadas.



