La Argentina vuelve a enfrentarse con una realidad incómoda: los precios subieron 3,4% en marzo, la mayor aceleración mensual registrada en los últimos doce meses. Lejos de consolidar la tendencia a la baja que se observaba desde hace varios meses, el índice de precios al consumidor mostró un sobresalto que obligó a economistas y analistas a revisar sus pronósticos y a preguntarse si el proceso de desinflación que tanto trabajo costó iniciar está entrando en territorio pantanoso.

Con este incremento, la variación acumulada en el primer trimestre alcanzó 9,4%, mientras que la comparación interanual trepó a 32,6%. Lo más preocupante es que se trata de la séptima aceleración consecutiva desde que en mayo de 2025 se había tocado un piso de apenas 1,5%. Este patrón de comportamiento enciende luces de alerta en los despachos de los hacedores de política económica, aunque también genera debates sobre si estamos ante un cambio de tendencia real o simplemente ante un descanso en el camino hacia la estabilización.

El dinero y sus complejidades

Desde la perspectiva monetaria tradicional, la ecuación parece simple: si la oferta de dinero no crece más rápido que la demanda disponible en la economía, los precios no tienen razones para subir. Esta formulación, que remonta a las enseñanzas de Milton Friedman, es la que ha guiado las decisiones del Banco Central en estos meses. La autoridad monetaria mantiene una postura decidida de contracción, con encajes sobre los depósitos que rondan actualmente el 45%, aunque hace poco rondaban el 53,5%. Simultáneamente, la exigencia de integración mínima diaria se sitúa en el 65%, una cifra sustancialmente menor al 100% que se alcanzó hace un año.

Sin embargo, la realidad económica no siempre obedece los manuales de economía. La demanda de dinero —ese concepto que los teóricos miden como la cantidad de dinero que los agentes económicos desean mantener en sus manos— también experimentó una contracción significativa. Esto ocurrió especialmente en el contexto de las elecciones legislativas, cuando la incertidumbre política llevó a empresas y personas a realizar masivas compras de divisas extranjeras como cobertura contra la volatilidad. En tales circunstancias, aunque las autoridades aprieten la oferta de dinero, el efecto desinflacionario puede verse neutralizado o incluso revertido.

Más allá del dinero: los verdaderos culpables de la aceleración

Para entender qué sucedió en marzo, es necesario abandonar el análisis puramente monetario y adentrarse en los meandros de la economía real. Aquí aparecen dos dinámicas que explican buena parte del deterioro observado. La primera de ellas es el reacomodamiento de los precios relativos, es decir, el cambio en la estructura de los valores dentro de la economía.

Los servicios públicos han estado creciendo por encima del promedio general durante diez meses consecutivos. En marzo específicamente, las tarifas de vivienda, agua, electricidad y gas acumularon un alza de 3,7%, una cifra que fue ampliada por el traspaso a los presupuestos de los combustibles, cuyos costos internacionales se dispararon por tensiones geopolíticas globales. El transporte no se quedó atrás, con un incremento de 4,1%, mientras que educación —impulsada por el comienzo del ciclo lectivo— saltó nada menos que 12,1%. Adicionalmente, la carne experimentó un repunte típico del ciclo ganadero, presionando hacia arriba el rubro de alimentos cuando aún no se había estabilizado completamente.

La segunda dinámica, quizás más insidiosa, es lo que economistas denominan inercia inflacionaria. Los contratos de alquiler, los acuerdos salariales entre trabajadores y empleadores, y los pactos comerciales entre proveedores suelen ajustarse tomando como referencia la inflación del período anterior. Esta práctica genera un piso difícil de erosionar, incluso cuando las condiciones monetarias se tornan restrictivas. Es el efecto de la memoria del sistema de precios: aunque nadie haya recibido una orden explícita de subir sus ofertas, todos lo hacen porque todos esperan que los demás lo hagan. La inflación núcleo —ese indicador que excluye bienes estacionales y servicios regulados para medir el verdadero corazón del fenómeno inflacionario— volvió a acelerarse en marzo al 3,2%, superando el 3,1% de febrero. Esta métrica es particularmente reveladora porque muestra que la presión no proviene de factores puntuales, sino de una dinámica generalizada enquistada en la estructura de precios.

El efecto rezagado del tipo de cambio

Existe un tercer factor, menos evidente pero igualmente significativo: el traspaso retardado de la depreciación cambiaria que ocurrió entre julio y octubre de 2025. Cuando el peso se debilita frente al dólar, normalmente ese movimiento se refleja rápidamente en los precios de los productos que incorporan componentes importados o cuyos costos están dolarizados. No obstante, en aquel período, la demanda interna estaba debilitada, lo que limitó la capacidad de las empresas para trasladar integralmente esos mayores costos a sus consumidores sin perder ventas.

Con la recuperación de la actividad económica en el último trimestre de 2025, las márgenes comerciales se ampliaron nuevamente, y las compañías tuvieron más espacio para implementar los aumentos que habían postergado. Parte de ese ajuste se materializó con rezago en los primeros meses de 2026, sumando presión adicional sobre los precios cuando la economía ya estaba en fase de recalentamiento.

Perspectiva internacional: las estabilizaciones nunca son lineales

Para no caer en el catastrofismo de un análisis demasiado miope, conviene situar este episodio dentro del contexto de las experiencias de estabilización de precios, tanto en Argentina como en otras naciones que enfrentaron inflaciones descontroladas. La historia económica enseña una lección clara: los procesos de desinflación no avanzan en línea recta. Es ostensiblemente más sencillo reducir la inflación cuando ésta alcanza niveles extremadamente elevados —cuando la urgencia política y social es máxima— que seguir comprimiéndola cuando las resistencias estructurales ganan peso.

El caso de Israel, frecuentemente citado como modelo exitoso de estabilización, resulta ilustrativo. Tras su programa de 1984, ese país experimentó aceleraciones inflacionarias en cinco de los catorce años posteriores, lo que demuestra que incluso en historias de éxito hay turbulencias y retrocesos puntuales. Los propios programas de desinflación argentinos, en sus diversas encarnaciones históricas, exhibieron volatilidad y rebotes. La lectura correcta de estos episodios nunca debe centrarse en un mes aislado, sino en la persistencia de la tendencia general a lo largo del tiempo.

¿Pausa o reversión? El debate abierto

Entonces, ¿qué sucedió realmente en marzo? Desde esta perspectiva más equilibrada, lo ocurrido puede interpretarse como una pausa en el proceso de desinflación, no como una reversión del mismo. Las primeras mediciones de abril, recopiladas a través de metodologías de alta frecuencia, ya muestran síntomas de desaceleración en los rubros de alimentos y bebidas, lo que sugiere que el pico del mes anterior podría no haber sido el inicio de una nueva escalada.

Si esta interpretación es correcta, es razonable esperar que la inflación retome su sendero descendente durante el segundo semestre, con variaciones mensuales que se ubiquen alrededor del 2%. Aun así, incluso en este escenario más benevolente, el cierre de 2026 se situaría en cifras muy próximas a las que el país alcanzó al finalizar 2025, lo que indica un avance limitado en la consolidación de la estabilidad de precios.

Lo que este episodio de marzo deja cristalino es que el camino hacia una inflación genuinamente baja seguirá siendo sinuoso y exigente. No será un paseo tranquilo, sino una travesía que incluirá sorpresas desagradables, mesetas incómodas y quizás algunos retrocesos. Las experiencias internacionales exitosas de estabilización son categóricas en un punto: la verdadera prueba no reside en los números de uno o dos meses consecutivos, sino en la capacidad de mantener una tendencia favorable a lo largo de períodos extendidos. Eso, por el momento, aún está por demostrarse. Los próximos meses serán determinantes para definir si estamos en una pausa genuina o en el umbral de una nueva aceleración.