El sistema financiero argentino atraviesa un momento de tensión que pone en primera línea un conflicto latente entre dos mundos de la intermediación crediticia. De un lado, la banca tradicional; del otro, el universo de las billeteras virtuales y plataformas fintech que operan con reglas distintas y, según denuncian algunos actores del sector, con costos que asfixian a los deudores. La consecuencia directa: índices de morosidad en ascenso que complican los balances de instituciones financieras y generan un efecto cascada en los números que reportan a los reguladores. Lo que está en juego va más allá de cifras contables: es el acceso al crédito de millones de argentinos en un contexto donde el poder de compra se contrae y las deudas se multiplican.
Los números disponibles pintan un panorama preocupante. Mientras que en los bancos privados la mora en préstamos destinados a familias alcanza el 14,2%, en el ecosistema fintech ese indicador se dispara al 34,3%. La diferencia no es menor: representa casi dos puntos y medio de divergencia que refleja realidades crediticias radicalmente distintas. Algunos ejecutivos bancarios sostienen que parte significativa de ese deterioro que ellos reportan proviene de una consecuencia regulatoria antes que de problemas propios en sus carteras. Se refieren a lo que denominan "efecto de arrastre", un mecanismo que desde 2016 obliga a los bancos a reclasificar automáticamente a clientes que mantienen atrasos con otros acreedores del sistema cuando esas deudas representan el 40% o más de su endeudamiento total registrado en la Central de Deudores.
El mecanismo que divide opiniones en la banca
La regla funciona así: un cliente puede estar perfectamente al día con su préstamo bancario, pagando religiosamente cada cuota, pero si simultáneamente incurre en mora con una billetera virtual, una cadena de retail o una financiera de consumo, el banco que lo financió se ve obligado a degradarlo en sus categorías internas de riesgo. En términos formales, es una exigencia regulatoria que busca capturar el riesgo sistémico. En la práctica, genera una distorsión que algunos banqueros perciben como injusta. Según detallan en distintas instituciones, entre el 50% y 60% de la irregularidad que reportan no es responsabilidad de sus propias operaciones, sino consecuencia de problemas ajenos. Esto significa que el ratio de mora que comunican al Banco Central, ubicado cercano al 6,5% o 7%, podría ser entre dos y tres puntos porcentuales menor si se aislara únicamente el comportamiento de sus propias carteras.
El problema, según estos banqueros, tiene un apellido claro: las plataformas de crédito digital. La mayor parte de las deudas que "contamina" a sus clientes proviene de billeteras virtuales, cadenas comerciales que financian electrodomésticos y entidades de consumo que cobran un Costo Financiero Total que supera los tres dígitos porcentuales. Hay casos documentados donde estos costos alcanzan el 400% anual, una cifra que de entrada compromete la capacidad de pago de cualquier persona. Un cliente que logra cumplir con su banco pero también tiene una deuda con una billetera virtual que cuesta cuatro veces más que su salario mensual prácticamente no tiene margen de maniobra. Es matemática de deuda insostenible. Por eso, desde sectores de la banca privada, se mantienen conversaciones con el Banco Central en busca de dos objetivos: que se revise la "fórmula" con la que se calcula actualmente la mora y que se refuercen los controles sobre la forma en que el ecosistema fintech otorga créditos.
Una visión alternativa dentro del mismo sector
Sin embargo, esta narrativa no es unánime. Ejecutivos de otras entidades bancarias sostienen una perspectiva diferente. Cuando analizan sus propias carteras comparando los números con y sin aplicar el mecanismo de arrastre, encuentran que la mora aumentó significativamente en ambos escenarios. El impacto específico del efecto de arrastre, según estos analistas internos, resulta marginal frente al deterioro genuino que observan en sus operaciones crediticias. Más aún: algunos cuestionan directamente que sean las fintech las que estén "generando" o "inflando" artificialmente la morosidad bancaria. El mecanismo regulatorio de arrastre existe y se cumple, pero el incremento real de la mora que experimentan responde fundamentalmente al comportamiento de sus propias carteras de crédito. Los verdaderos responsables, según estos diagnosticadores alternativos, son otros: el deterioro notable del poder de compra de los salarios en un contexto de inflación persistente, y fenómenos emergentes como el impacto de las apuestas virtuales en segmentos más jóvenes de la población, que generan la necesidad urgente de "dinero rápido" y comprometen la capacidad de planificación financiera.
Desde esta perspectiva, el endeudamiento y la contracción de la capacidad de pago afecta transversalmente a todo el sistema, pero el foco debe estar en comprender la voluntad y la capacidad real de los deudores para diseñar planes de refinanciamiento que sean verdaderamente alcanzables. No se trata de buscar culpables externos sino de construir soluciones pragmáticas. Durante los últimos meses se observó cierta estabilización de los atrasos gracias a iniciativas de refinanciación lanzadas desde principios de año y al impulso temporal que representó el pago de aguinaldos. Eso sugiere que existen herramientas para ablandar la crisis, aunque su efectividad dependerá de si se abordan las causas estructurales o solamente los síntomas.
Lo que está en juego va más allá de una disputa contable entre reguladores y bancos. La fragmentación del sistema crediticio argentino, con actores operando bajo reglas radicalmente distintas y cobros que en algunos casos resultan confiscatorios, crea un escenario donde millones de hogares navegan entre opciones de endeudamiento cada vez más costosas. Algunos economistas advierten que cuando los costos del crédito alcanzan niveles desproporcionados, el propio sistema de intermediación se vuelve contraproducente: en lugar de facilitar el acceso al capital, lo obstaculiza. Otros sugieren que la falta de regulación clara en el segmento fintech es la verdadera falla del mercado. Lo cierto es que los próximos movimientos del Banco Central en materia de regulación, refinanciación y supervisión del ecosistema fintech determinarán si la morosidad encontrará un piso o continuará deteriorándose en una espiral que afecte la disponibilidad de crédito para consumo e inversión productiva.



