Durante un encuentro de debate sobre perspectivas económicas, un diagnóstico se repitió una y otra vez en las distintas intervenciones: Argentina posee activos productivos valiosos pero carece de la infraestructura logística necesaria para convertirlos en inversiones concretas. Los empresarios y funcionarios que participaron dejaron clara una convicción compartida: mientras no se resuelvan los nudos críticos en materia de conectividad, energía y acceso al crédito de plazo extendido, el país seguirá perdiendo oportunidades de negocios que migran hacia competidores regionales mejor equipados. La jornada reveló no solo las carencias del sistema, sino también las dimensiones económicas de lo que está en juego: cifras que van desde miles de millones de dólares en inversiones paralizadas hasta porcentajes de productividad que ubican a Argentina por debajo de sus pares latinoamericanos.

El problema logístico: capacidad ociosa que no puede ser aprovechada

Uno de los datos que más sorprendió fue la contradicción evidente en la estructura portuaria nacional. Los puertos argentinos tienen espacio disponible, pero ese espacio permanece subutilizado. La razón no reside en los muelles o en las grúas de descarga, sino en lo que llega hasta allí: los accesos son el cuello de botella. En 2025, Argentina movilizó 2,2 millones de TEUs —la unidad de medida estándar para transporte logístico—, un récord histórico. Sin embargo, Chile movió aproximadamente el doble: alrededor de 4,5 millones de TEUs. Esta brecha no refleja una diferencia en demanda, sino en capacidad de transporte terrestre y fluvial.

El problema se multiplica en diferentes frentes. Los ferrocarriles de carga prácticamente no funcionan como red nacional: apenas el 4% de las cargas argentinas se transporta por tren, cifra que contrasta dramáticamente con el 21% en Brasil y el 27% en México. Las rutas nacionales y provinciales requieren mantenimiento y ampliación. La Hidrovía, que podría trasladar miles de toneladas diarias desde el interior hacia el Atlántico, opera por debajo de su potencial. Para ilustrar la magnitud del desafío logístico, se presentó el caso de productos que recorren cientos de kilómetros en camión cuando podrían ir por agua o ferrocarril, incrementando costos operativos y contaminación. Mejorar estos accesos no requeriría expandir puertos, sino optimizar lo que ya existe, permitiendo que la infraestructura instalada rinda al máximo de su capacidad.

Vaca Muerta y los grandes proyectos: la exigencia de un ecosistema completo

El desarrollo de Vaca Muerta apareció como un caso paradigmático de cómo un proyecto de escala mundial depende de condiciones que van mucho más allá del yacimiento mismo. Para extraer y exportar gas desde Neuquén se necesita una red de gasoductos, sistemas de distribución eléctrica de alta tensión, accesos viales para transportar equipamiento, ferrocarriles para movilidad de personal y cargas, disponibilidad de agua en zonas áridas y trabajadores capacitados. Después de años de menor actividad en grandes obras, existe un déficit de mano de obra especializada que requiere años de formación para revertir.

Un proyecto privado de envergadura considerada —la exportación de gas licuado desde la cuenca neuquina— contempla una inversión de US$ 15.000 millones con un primer buque operativo previsto para 2027 y un segundo para 2028. Este proyecto fue habilitado en parte por el régimen de incentivos a la inversión que eliminó ciertas trabas regulatorias. La compañía responsable ya cerró financiamiento internacional de US$ 900 millones para obras conexas. Sin embargo, como se señaló en el encuentro, se trata de "un negocio competitivo y apretado": márgenes reducidos que no permiten absorber ineficiencias logísticas adicionales. Cada dólar de costo extra en transporte terrestre o fluvial impacta directamente en la viabilidad. La tecnología también juega un rol: la soldadura automática utilizada en trabajos recientes permitió alcanzar ritmos de 3,5 kilómetros diarios de construcción, mostrando cómo la incorporación de innovación puede acelerar tiempos.

Energía y conectividad: los pilares invisibles de la inversión moderna

Las telecomunicaciones y la infraestructura digital emergieron como ejes de inversión que suelen pasar desapercibidos en los debates tradicionales sobre desarrollo. Una de las principales empresas del sector informó que invierte anualmente alrededor de US$ 1.000 millones en tecnología y modernización de centros de datos. La inteligencia artificial representa una frontera de oportunidades para atraer nuevas inversiones hacia el país, pero su desarrollo tiene un costo energético extraordinario. Los servidores que procesan datos de forma masiva requieren suministros estables y de bajo costo.

El transporte aéreo, considerado tradicionalmente como un sector terciario, también participa de esta lógica de inversión. Se prevé una inversión de US$ 200 millones para mejoras en infraestructura aeroportuaria, que incluye modernización de pistas y operaciones. El crecimiento de la carga aérea, acelerado por cambios regulatorios que permitieron mayor competencia y flexibilidad operativa, evidencia cómo la desregulación de ciertos sectores genera efectos multiplicadores. La energía, nuevamente, aparece como factor crítico: sin suministro confiable y accesible, ni los centros de datos ni las operaciones aeroportuarias pueden expandirse.

El tamaño de la deuda infraestructural argentina

Para entender la magnitud del desafío, es necesario considerar los números que presenta el sector de la construcción. El stock total de infraestructura en Argentina tiene un valor de reposición estimado en US$ 1,5 billones. Mantener ese acervo en funcionamiento requiere una inversión anual de alrededor de US$ 24.000 millones. Pero eso es solo el mantenimiento. Para que Argentina crezca de forma sostenida a un ritmo del 3% anual durante varios años, la inversión requerida sería cercana al 25% del PBI anual, aproximadamente US$ 150.000 millones por año. Esta cifra incluye no solo infraestructura de transporte y energía, sino también vivienda, equipamiento industrial y otras inversiones productivas.

¿De dónde provendrían tales recursos? Durante los debates se planteó que Argentina carece de un banco de desarrollo nacional que canalice crédito de largo plazo a tasas accesibles. Mientras que otros países de la región cuentan con instituciones especializadas, Argentina depende del financiamiento privado, créditos multilaterales limitados y acuerdos puntuales. Se sugirió la necesidad de explorar modelos como los contratos de disponibilidad, donde el sector privado construye y opera infraestructura pública —hospitales, escuelas, sistemas de agua y saneamiento— mientras el Estado garantiza un pago periódico por el servicio prestado. Esta alternativa permite desacoplar la inversión del presupuesto fiscal tradicional.

La competitividad industrial y el efecto cascada de las ineficiencias

La industria manufacturera experimenta una transformación hacia la automatización y la adopción de tecnologías más sofisticadas. En ese contexto, el costo de la energía adquiere peso cada vez mayor en la estructura de costos. Un suministro de gas más barato desde Vaca Muerta podría mejorar la competitividad, pero eso requiere gasoductos nuevos y redes de distribución extendidas. El transporte vuelve a aparecer como obstáculo: si la industria no puede movilizar sus productos de forma económica, los ahorros en energía se evaporan.

El sector agrario enfrenta un desafío similar pero con características propias. Argentina dispone de aproximadamente 400.000 kilómetros de caminos de tierra que conectan campos con centros de acopio y desde allí hacia rutas nacionales, ferrocarriles o puertos. Mejorar esas conexiones permitiría reducir sustancialmente el costo de sacar la producción al mercado. Un camino de tierra en malas condiciones no solo incrementa el precio del flete, sino que también deteriora rápidamente los vehículos y limita los volúmenes que pueden transportarse. La integración de caminos rurales, rutas, redes ferroviarias y la Hidrovía como un sistema coordinado es lo que falta.

Coordinación federal y fuentes diversificadas de financiamiento

Durante los debates emergió una propuesta de coordinación que actualmente está en desarrollo: un plan federal de logística que integre las necesidades de las veintitrés provincias con una visión nacional. Tal plan requiere antes que nada información ordenada sobre cómo se mueven las cargas en el territorio, dónde hay cuellos de botella y cuáles son las prioridades según criterios de rentabilidad. El Consejo Federal de Inversiones trabaja en esa dirección, reconociendo que sin planificación coordinada, las obras que se ejecuten pueden resultar inconexas.

La cuestión del financiamiento de largo plazo se presentó como el desafío más urgente. Sin crédito estable a tasas razonables y con plazos de amortización compatibles con la vida útil de los proyectos, las inversiones simplemente no ocurren. Se señaló que Argentina carece de un banco de desarrollo propio, lo que la diferencia de muchos países de la región que cuentan con esas instituciones especializadas. Se planteó la necesidad de una multiplicidad de fuentes: participación de bancos multilaterales, mercado de capitales mediante bonos de infraestructura, asociaciones público-privadas, modelos de disponibilidad, y atracción de inversores institucionales internacionales que buscan retornos predecibles en infraestructura.

Desde una perspectiva regional, se enfatizó que América Latina en general ha experimentado décadas de inversión insuficiente en ciencia, tecnología e infraestructura, lo que ha erosionado su productividad relativa. Para Argentina, las oportunidades residen en sectores donde posee ventajas comparativas: energía limpia y fósil, producción de alimentos, minerales críticos para transiciones globales y talento humano. Pero esas oportunidades solo pueden concretarse si el país cierra las brechas infraestructurales que actualmente limitan su potencial.

Lo que emerge de este análisis es que Argentina enfrenta un dilema de magnitud considerable: posee activos productivos valiosos y capacidad financiera privada interesada en invertir, pero la falta de infraestructura crítica actúa como un freno que erosiona la rentabilidad de los proyectos. La solución requiere acciones coordinadas en múltiples frentes simultáneamente: mejora de transporte terrestre y fluvial, expansión y modernización de redes eléctricas, acceso a financiamiento de largo plazo, y planificación federal coherente. Si esas condiciones se reúnen, las inversiones paralizadas podrían ejecutarse y generar efectos multiplicadores en empleo, exportaciones e ingresos fiscales. Si no se actúa, el país continuará viendo cómo competidores regionales capturan oportunidades que podrían haber sido propias.