Durante los últimos meses, la dinámica de los precios en la economía argentina registró una caída sostenida que contrasta fuertemente con la volatilidad vivida en años anteriores. Sin embargo, los datos que se esperan conocer en las próximas semanas pintarán un cuadro más complejo: si bien la tendencia bajista continúa, su velocidad se irá ralentizando conforme avance el segundo semestre, lo que obligará a prestar mayor atención a factores que hasta hace poco parecían controlados. Este cambio de dinámica tiene implicancias directas en las decisiones de consumo, ahorro e inversión de millones de argentinos, y marca un punto de inflexión en la estrategia de estabilización macroeconómica que se viene implementando.

El escenario que presentan los datos hasta mayo revela una trayectoria claramente descendente en la variación de precios. El año comenzó con lecturas elevadas: 2,9% tanto en enero como en febrero, cifras que reflejaban la inercia de los ajustes realizados en los meses finales del año anterior. Desde entonces, la tendencia ha sido hacia la baja, alcanzando 2,1% en mayo. Para el mes que cierra el primer semestre, los analistas del mercado proyectan guarismos que rondarían entre 1,8% y 1,9%, lo que significaría un nuevo piso en la variación mensual de precios desde hace varios meses. Este descenso no es menor si se tiene en cuenta que estamos hablando de una reducción de más de un punto porcentual en apenas cinco meses de gestión.

El primer semestre: tres factores clave que alimentaron la suba

Detrás de los movimientos observados en la primera mitad del año se identifican tres vectores principales que presionaron los precios hacia el alza. El primero de ellos corresponde a los servicios regulados, particularmente los vinculados a la energía y el transporte. El segundo factor tuvo que ver con los precios de la carne vacuna, rubro tradicional de la economía argentina que enfrentó aumentos importantes durante el período analizado. El tercero, finalmente, fue la dinámica de los combustibles, cuyos precios se vieron afectados tanto por la situación internacional como por medidas de política económica doméstica. La importancia de estos tres rubros radica en que representan una porción significativa de la canasta de consumo de los hogares y, por ende, tienen un impacto desproporcionado en el índice agregado de inflación.

Lo interesante del análisis prospectivo es que, según lo que anticipan los especialistas consultados, ninguno de estos tres vectores debería generar presiones al alza de la misma magnitud en lo que resta del año. En el caso de las tarifas, si bien el gobierno continúa ajustando gradualmente, el ritmo de incremento se ha moderado significativamente respecto a los meses anteriores. La carne, por su parte, mostró en junio su menor variación de precios desde septiembre del año anterior, lo que sugiere cierta estabilización en ese segmento. En cuanto a los combustibles, aunque la política de congelamiento de precios se ha ido levantando de manera progresiva, no se esperan sobresaltos comparables a los registrados en meses precedentes.

El segundo semestre: la incertidumbre del dólar y otros interrogantes

Sin embargo, la proyección de una inflación más baja en la segunda mitad del año no es lineal ni carente de riesgos. Los analistas consultados identifican varios factores que podrían interferir con la continuidad de la trayectoria descendente. El primero y más mencionado es la evolución del tipo de cambio. Durante el primer semestre, el mercado de divisas mostró una relativa estabilidad, con fluctuaciones moderadas. No obstante, la oferta de dólares tiende a contraerse en el segundo semestre del año, período durante el cual aumenta la demanda por razones estacionales: viajes de invierno, compras navideñas anticipadas y pagos por servicios de energía en un contexto de mayor consumo de calefacción generan presión sobre la divisa estadounidense. Si el tipo de cambio registra movimientos al alza más pronunciados, ello tendría un efecto directo en los precios de los bienes importados y en la estructura general de costos de la economía. De hecho, en junio la devaluación de la moneda local superó el 5%, un guarismo que ya anticipa presiones potenciales sobre los precios de productos que incorporan insumos del exterior.

Las proyecciones de los especialistas convergen en un escenario relativamente moderado pero con algunos puntos de tensión. Se estima que la inflación del mes de junio rondaría 1,9%, continuando así la senda descendente del quinquenio anterior. Para julio, las estimaciones varían entre 1,8% y 2%, con una ligera aceleración respecto a junio en algunas proyecciones. Lo significativo es que, a diferencia de lo ocurrido el año pasado cuando la desinflación del primer semestre fue seguida de una reaceleración en meses posteriores, esta vez se anticipa una persistencia de la tendencia bajista, aunque a un ritmo considerablemente más lento que el observado hasta ahora. Los especialistas proyectan que durante los últimos tres meses del año, la inflación podría ubicarse por debajo del 2%, aunque con oscilaciones mensuales según los shocks puntuales que puedan presentarse. En términos anualizados, se estima que la inflación acumulada del año 2024 podría cerrar alrededor del 27%, una cifra que, aunque elevada en términos históricos, representa un descenso sustancial respecto a años anteriores.

En el ámbito de los precios de alimentos, que constituyen el mayor componente de la canasta de consumo de los argentinos, se observa un proceso de desaceleración que comenzó a evidenciarse con mayor claridad en el segundo trimestre del año. Mientras que durante los primeros tres meses el rubro de alimentos y bebidas mostró dinámicas muy complicadas, con incrementos significativos en rubros como verduras y aceites, en los últimos meses la presión se ha moderado sustancialmente. De hecho, los alimentos envasados y procesados en supermercados redujeron su tasa de variación de 2,8% a 1,5% entre períodos comparables, una desaceleración que los analistas atribuyen en parte a la ausencia de recuperación en los salarios reales de los trabajadores, lo que limita la demanda y, por consiguiente, disciplina los márgenes de las empresas en ese segmento. Las verduras, aunque siguen mostrando presiones al alza debido a factores estacionales y climáticos, como el episodio de frío polar registrado recientemente, han encontrado cierto piso después de los saltos observados a principios de año.

Las implicancias de este escenario de inflación moderada pero persistente son variadas y afectan de distinto modo a los diferentes actores económicos. Para los hogares, especialmente aquellos con ingresos más bajos, la continuidad de la inflación aunque sea a tasas modestas implica una erosión sostenida del poder de compra, un fenómeno que se agrava cuando se constata que los salarios reales no recuperan el terreno perdido. Para las empresas, la incertidumbre sobre la evolución futura del tipo de cambio genera incentivos para esperar antes de realizar inversiones de largo plazo, afectando así la dinámica de empleo y crecimiento. Para los ahorristas, la persistencia de una inflación positiva aunque moderada representa un incentivo permanente para buscar activos que protejan el valor de sus patrimonios, lo que puede derivar en dinámicas especulativas en mercados de divisas y activos financieros. En el plano macroeconómico, los datos esperados abrirán nuevas preguntas sobre la sostenibilidad de la desinflación sin una recuperación más robusta de la actividad económica y del empleo.