La muerte de Carlos Miguens Bemberg este jueves representa el cierre de una etapa muy particular en la trayectoria de una de las familias empresariales más influyentes del país. A los 77 años, víctima de un proceso oncológico, desapareció un personaje que encarnó la tensión característica de las grandes corporaciones familiares argentinas: la necesidad de crecer en mercados globales versus la intención de preservar un patrimonio que trasciende lo meramente económico. Su partida marca también el fin de una era personal dentro de estructuras empresariales que él mismo ayudó a transformar durante décadas de gestión activa.

Un apellido que se remonta a la mitad del siglo diecinueve

La historia de Miguens en el mundo empresarial no comienza con él, sino que se enraíza profundamente en el siglo diecinueve argentino. Su tatarabuelo, Otto Peter Friedrich Bemberg, estableció en 1860 lo que originalmente funcionaba como una destilería bajo la denominación Franco Argentina. Ese emprendimiento inicial, forjado en una Argentina que aún se definía institucionalmente, evolucionaría hasta convertirse en lo que el país conocería décadas después como Cervecería Quilmes. La longevidad de este negocio familiar —más de un siglo bajo control de la misma dinastía— lo ubicaba en una categoría rara dentro del universo corporativo local, donde la permanencia multigeneracional suele ser la excepción y no la regla.

Carlos heredó no solamente acciones o participaciones accionarias, sino una responsabilidad que muchas familias empresariales enfrentan pero pocas logran gestionar sin traumatismos: mantener viva la relevancia de una empresa a través de transformaciones económicas radicales. Su padre, Carlos Miguens, fue arquitecto de profesión, mientras que su madre, María Luisa Bemberg, se destacó como realizadora cinematográfica de considerable renombre en círculos intelectuales. Esta combinación de influencias —la precisión técnica por un lado, la creatividad y sensibilidad artística por el otro— probablemente moldeó su forma de entender los negocios no solo como máquinas de producir ganancias, sino como entidades con raíces y responsabilidades históricas.

Once años de expansión y la decisión que lo marcaría para siempre

Durante once años, Miguens ejerció la presidencia de Quilmes en un período que puede caracterizarse como la época dorada de la expansión cervecera argentina. Su mandato coincidió con momentos de dinamismo económico y crecimiento de los mercados internos, circunstancias que permitieron a la cervecería profundizar su posicionamiento dentro de la industria local. Sin embargo, la estabilidad que parecía consolidarse comenzó a resquebrajarse cuando aparecieron en el horizonte ofertas de compra de capitales foráneos, particularmente de grandes grupos cerveceros multinacionales con apetito por adquirir participaciones en mercados latinoamericanos estratégicos.

La venta de Quilmes, consumada finalmente en 2006 por US$ 1.200 millones, fue precedida por transacciones parciales que ya anunciaban lo inevitable. Primero llegó la cervecera brasileña Brahma, que adquirió una porción del paquete accionario, y posteriormente la transacción se completó con la salida total de la familia. Para Miguens, quien se desempeñaba como presidente ejecutivo en ese momento crucial, la experiencia resultó profundamente lacerante. Años después, en conversaciones posteriores, describió el evento con una crudeza que revelaba aún la herida emocional: "Fue algo muy traumático porque me tocó a mí, como presidente de la compañía, firmar el certificado de defunción de una empresa que había sido argentina por muchas generaciones, de nuestra familia". La expresión "certificado de defunción" no era casual; reflejaba cómo vivió la transacción menos como una operación financiera y más como un duelo.

Miguens había argumentado internamente contra la venta, pero su posición minoritaria dentro de las estructuras de decisión familiar lo deixo sin poder de veto. La realidad es que las grandes fortunas familiares enfrentan exactamente estos dilemas: cuando el universo de herederos y accionistas se expande, cuando surgen generaciones con necesidades económicas diferentes, ubicadas en geografías distintas, con visiones empresariales divergentes, la posibilidad de mantener la cohesión se fragmenta exponencialmente. Su propio análisis posterior reflejaba esta comprensión adulta del problema: "Los negocios familiares, generalmente, no duran tanto tiempo porque, de generación en generación, hay tanta gente con intereses tan dispersos, con accionistas que viven en distintos países, diferentes realidades económicas, que hace que sea muy difícil mantener todo".

Del duelo a la reinvención empresarial

Lejos de retirarse tras la venta de Quilmes, Miguens canalizó su energía empresarial hacia nuevos proyectos que conservaban la lógica de su apellido: operaciones de envergadura, con participación de socios estratégicos y orientadas hacia sectores que requerían capital importante y gestión sofisticada. Junto a sus tres hermanos —María Luisa, Cristina y Diego— constituyó una estructura holding que le permitió diversificar su portafolio. Una de las operaciones más significativas fue la compra de Meridian Gold, empresa minera canadiense que operaría bajo la estructura local de Patagonia Gold. Este movimiento lo reposicionaba en un sector completamente diferente al de bebidas, pero alineado con la tradición argentina de extracción de recursos naturales.

Simultáneamente, junto a socios como Guillermo Reca, Eduardo Escasany y, durante un tiempo, Nicolás Caputo (quien posteriormente enajenó su participación), fundó Sadesa, una compañía que adquirió activos de generación energética de considerable magnitud. El portafolio incluía la central hidroeléctrica Piedra del Águila y operaciones portuarias a través de Central Puerto. Estas inversiones lo mantuvieron como un actor relevante en la economía nacional durante décadas, aunque ahora operando desde la sombra de los grandes conglomerados multinacionales en lugar de desde la cúpula de una empresa de renombre histórico.

Quizás su proyecto más visible en los últimos años fue San Miguel, la procesadora citrícola que ostenta el título de mayor transformadora industrial de limones a nivel global. Con socios como los Otero Monsegur y la incorporación en 2023 del grupo sudafricano African Pioneer Group, la compañía consolidó una presencia significativa en mercados internacionales. Incluso cuando la enfermedad ya se manifestaba en su cuerpo, Miguens continuó invirtiendo. El año pasado, Patagonia Gold destinó US$ 40 millones para desarrollar el proyecto de extracción de oro y plata denominado Calcatreu, ubicado en la provincia de Río Negro. Este anuncio formaba parte de una estrategia más amplia de reactivación de proyectos mineros en esa jurisdicción, luego de que se autorizara nuevamente la actividad extractiva.

Una voz por la responsabilidad empresarial

Más allá de sus inversiones, Miguens participó activamente en espacios de debate empresarial, particularmente en el seno de la Asociación Empresaria Argentina (AEA), donde se desempeñó como socio influyente. En esos ámbitos, cultivó un discurso consistente centrado en la responsabilidad social del empresariado local. A diferencia de otros actores del sector que podían limitar su rol a la maximización de retornos financieros, Miguens enfatizaba constantemente la importancia de que los propios empresarios asumieran un compromiso más amplio con el desarrollo nacional. Su argumentación no era moralizante ni ingenua, sino pragmática: la sostenibilidad de cualquier emprendimiento a largo plazo requería que los actores económicos se comportaran como agentes constructores de país, no simplemente como extractores de rentas.

Este posicionamiento lo diferenciaba de ciertos sectores empresariales que encaraban cada decisión de inversión o desinversión como una mera operación contable. Para Miguens, vender Quilmes había sido traumático precisamente porque reconocía que cedía el control sobre una institución que trasversalizaba la identidad económica argentina. Luego, sus inversiones posteriores —en energía, minería, agroindustria— parecían intentar recuperar ese rol de constructor de capacidades productivas nacionales, aunque desde una escala menos visible que la que ocupaba la cervecería centenaria.

El final de un recorrido empresarial de siete décadas

La muerte de Carlos Miguens Bemberg, ocurrida el pasado jueves tras un proceso cancerígeno que acompañó durante sus últimos meses, cierra no solo una biografía individual sino un ciclo en las narrativas de la gran empresa familiar argentina. Su fallecimiento a los 77 años marca el término de una presencia que se extendía, en términos de participación activa, por más de cinco décadas en posiciones de liderazgo y decisión. Los restos fueron despedidos en una ceremonia de carácter privado el lunes 20 de julio, en el Parque Memorial de la localidad bonaerense de Pilar, espacio que alberga a varios miembros de la elite empresarial y política del país.

Su legado no se resume únicamente a cifras de inversión o a empresas que continúan operando bajo nuevas estructuras de control. Representa, más bien, un caso de estudio sobre cómo una persona nacida en el seno del privilegio gestiona el choque entre tradición y modernidad, entre el orgullo patrimonial y la racionalidad financiera, entre el deseo personal de preservación y las presiones inexorables de los mercados globalizados. La venta de Quilmes, que Miguens experimentó como una derrota, probablemente fue inevitable dadas las dinámicas macroeconómicas y las fragmentaciones accionarias de su época. Sin embargo, su resistencia a ese proceso y la angustia que expresó años después revelan que comprendía algo que muchos analistas olvidan: las decisiones empresariales nunca son puramente técnicas, sino que cargan consigo dimensiones emocionales, históricas e identitarias que configuran las vidas de quienes las toman.

Las implicancias de su partida en el universo corporativo local

La desaparición de Miguens abre varios interrogantes sobre el futuro de sus participaciones empresariales actuales. Sus hermanos, los socios de sus diversas iniciativas y los herederos de su patrimonio enfrentarán ahora decisiones sobre cómo proceder. ¿Las empresas bajo control del holding familiar mantendrán su orientación actual? ¿Habrá reposicionamientos, fusiones o nuevas salidas de capital? La historia sugiere que raramente estas transiciones ocurren sin cambios significativos. El sector minero argentino, que atraviesa ciclos de expansión y contracción, continuará demandando capitales atentos a oportunidades: Patagonia Gold deberá evaluar cómo avanzar con sus proyectos en Río Negro en un contexto político y regulatorio que fluctúa. San Miguel, por su parte, consolida su presencia en mercados internacionales de manera más estable. El destino de estas estructuras empresariales en el mediano plazo dependerá de cómo la familia Miguens resuelva sus propias dinámicas internas y cómo interpreten el contexto económico los nuevos responsables de estas carteras. Lo que parece seguro es que la vigencia del apellido Miguens en la economía argentina, aunque transformada, probablemente se extienda más allá de esta generación, aunque quizás sin la visibilidad que caracterizó a sus operaciones históricas.