A mediados de abril pasado, desde la cartera de Economía llegó una predicción que sonaba casi demasiado optimista para un país acostumbrado a las turbulencias financieras: los próximos dieciocho meses serían "los mejores de la historia". Hoy, cuando transcurrieron aproximadamente ciento ochenta días de ese anuncio, la realidad presenta un panorama sensiblemente distinto. La economía no sólo no ha acelerado, sino que camina hacia territorio de contracción, el desempleo ha empeorado de manera sostenida, cerraron sus puertas miles de comercios y fábricas, y los indicadores que miden la confianza de los inversores internacionales se deterioraron de forma considerable. Lo que prometía ser una etapa de bonanza ha resultado ser, hasta aquí, un período de estancamiento con bolsones de crisis sectorial.
El termómetro más visible de este desencanto se encuentra en cifras concretas. En apenas seis meses, el riesgo país —ese número que Wall Street utiliza para calibrar qué tan seguro es prestar dinero a la Argentina— pasó de 525 puntos a 589 puntos. No es un cambio menor: significa que los acreedores internacionales ahora exigen más dólares de ganancia para confiar en bonos argentinos que los que pedían hace poco más de un semestre. Simultáneamente, el tejido productivo del país sigue contrayéndose. La actividad industrial y de servicios no despega, el empleo privado de calidad —aquel que ofrece beneficios y aportes— retrocede en lugar de avanzar, y familias enteras ven cómo sus ingresos no logran recuperar el poder de compra que perdieron en años anteriores. Para quien camina por las calles de ciudades como Buenos Aires, Rosario o Córdoba, esta realidad es tan palpable como el asfalto roto: vitrinas vacías, negocios de décadas cerrando, ofertas de trabajo cada vez más escasas.
La inflación cede, pero el resto se resiste
No todo el panorama es sombrío. Existe una contracara que el Gobierno subraya constantemente: la inflación, ese dragón que ha consumido argentinos durante años, finalmente ha bajado de ritmo. En agosto pasado, el índice de precios quebró el piso del 2% mensual, cifra que hace poco parecía imposible de alcanzar. Este descenso es genuino y representa un logro administrativo innegable. Sin embargo, los especialistas en macroeconomía advierten que esta mejora no es suficiente para revertir la tendencia general de la economía. "Los primeros seis meses de estos que prometieron ser los mejores de la historia no funcionaron en términos de actividad económica", señala Ricardo Delgado, economista con decades de experiencia analizando ciclos argentinos. En su análisis, subraya que aunque hay sectores que crecen —particularmente aquellos ligados a la exportación—, sus ganancias no logran compensar las pérdidas de otros sectores. "Estamos ante una economía en recesión. Moderada, tal vez, pero recesión al fin", agrega.
El economista Martín Polo, por su parte, reconoce que "la buena noticia que tiene el Gobierno desde que hizo esa declaración es que la inflación bajó levemente". Pero advierte que "los indicadores de actividad vinieron bastante flojos". Su diagnóstico es que la economía, en el escenario más optimista, apenas muestra un estancamiento promedio. Aquí reside la paradoja central: es posible bajar inflación y contraer simultáneamente la economía. De hecho, es lo que está sucediendo. Las familias ven que los precios suben menos cada mes, pero también notan que hay menos dinero en sus bolsillos, menos oportunidades de trabajo, y menos estímulo para gastar en consumos que no sean de primera necesidad. Las tiendas de ropa, electrónica y artículos para el hogar reportan ventas desplomadas. Los restaurantes atienden a una clientela cada vez más reducida. Los shopping centers lucen vaciados. Todo indica que aunque la inflación está siendo domesticada, el costo económico de ese proceso ha sido distribuido de forma muy desigual.
¿Recuperación a la vista o espejismo económico?
Ante este escenario, surge la pregunta que desvela a gobernantes y gobernados: ¿existe alguna posibilidad de que en los próximos doce meses la situación mejore sustancialmente? Las respuestas de los analistas varían en optimismo, pero comparten ciertos elementos comunes. Polo cree que sí hay margen para una recuperación moderada. Su argumento se apoya en que el proceso de desinflación continuará, aunque a un ritmo más lento que el actual. Si eso ocurre, los salarios podrían ganarle batalla a los precios, recuperando poder de compra. Además, con dólares que continúan ingresando al país —principalmente por exportaciones agrícolas y minería—, la estabilidad del tipo de cambio podría preservarse, lo que permitiría que las tasas de interés bajen y el crédito vuelva a dinamizar la economía. "La economía no va a profundizar el ciclo recesivo y se va a estabilizar con un crecimiento modesto", pronostica Polo. No es euforia, pero tampoco es catastrofismo.
Sin embargo, otros especialistas son más cautelosos. Matías Surt, director de una consultora de análisis económico, describe un futuro de "economía dual". Por un lado, está el sector exportador que crece con vigor. Por otro, la economía interna que languidece. Subraya que la creación de empleo privado registrado —el de mejor calidad y remuneración— es negativa. Los salarios reales dejaron de caer en marzo en el sector privado, pero tampoco muestran dinamismo notable. Y hay un dato preocupante: el riesgo país está hoy más alto que hace tres o cuatro meses. Esto sugiere que los inversores están menos convencidos que antes de que la Argentina vaya hacia aguas tranquilas. "En el mejor escenario, podemos tener una mejora muy marginal, pero eso está sujeto a riesgos de cara a un año electoral", comenta Surt. La dimensión política no es menor: 2025 es año de elecciones en buena parte del territorio argentino, y las autoridades nacionales naturalmente desearían mostrar recuperación antes de esos comicios.
Ricardo Delgado insiste en que los "motores que están apagados" —consumo e inversión— resultan muy difíciles de encender con las políticas actuales. Señala específicamente un problema estructural: la mora, es decir, la población que adeuda dinero sin poder pagarlo. Mientras eso no se resuelva, espera que el consumo siga siendo anémico. "Podés ganar algo de salario en estos meses si la inflación baja, pero no veo sensiblemente una recuperación del ingreso disponible de las familias. Con lo cual, la actividad económica va a seguir reptando a un nivel bajo", expresa. Diego Piccardo, economista de una fundación liberal, ofrece un diagnóstico menos pesimista: cree que es probable una mejora de la actividad en los próximos meses. Los sectores exportadores seguirán siendo motor, y agrega que las concesiones de rutas, obras públicas provinciales y proyectos en minería y energía podrían dinamizar la construcción. También menciona medidas del Gobierno para canalizar fondos hacia créditos hipotecarios y préstamos en dólares. "Este panorama no implica que la economía vaya a crecer a un ritmo que haga probable la reelección del oficialismo, pero tampoco es consistente con una crisis generalizada", puntualiza.
El dilema de las políticas y los límites del ajuste
Un tema que atraviesa todos estos análisis es el de los márgenes de maniobra política. La industria reclama un tipo de cambio más alto para competir con importaciones, pero el Gobierno enfrenta una disyuntiva: devaluar intensificaría la inflación, lo que terminaría con su principal activo electoral. Los empresarios piden también bajas impositivas adicionales, pero el margen fiscal es estrecho. Esto sugiere que la próxima etapa de la administración económica será de navegación cautelosa, entre el deseo de mostrar mejoras y la realidad de que los recursos y las herramientas son limitados. La promesa de "los mejores 18 meses" se parece cada vez menos a profecía cumplida y cada vez más a aspiración que todavía requiere de condiciones externas favorables, decisiones políticas difíciles y un poco de suerte para concretarse.
Lo que ocurra en los próximos doce meses determinará no sólo la trayectoria económica argentina, sino también la viabilidad política del proyecto en curso. Si la inflación continúa bajando pero el desempleo sigue subiendo, si el consumo no despunta pero tampoco hay crisis abierta, la Argentina seguirá en esa zona gris que actualmente la define: ni en recuperación clara ni en colapso evidente. Los distintos actores económicos —trabajadores, empresarios, ahorristas, exportadores, inversores extranjeros— tienen visiones divergentes sobre cuál es el resultado más probable y deseable. Algunos verán una estabilización como éxito; otros la vivirán como fracaso. Lo cierto es que los números de estos primeros seis meses sugieren que las expectativas deberán recalibrarse significativamente.



