La reactivación de un puesto que había permanecido cancelado durante más de cinco décadas marca un punto de inflexión en la historia política de Camerún. En abril pasado, el parlamento camerunés votó a favor de una reforma constitucional que resucitaba la figura de vicepresidente, dormida desde 1972, cuando el país abandonó su estructura federal para transformarse en un Estado unitario. La decisión no fue menor: ocurre bajo el liderazgo de Paul Biya, quien a los 93 años es actualmente el jefe de Estado más longevo en funciones del planeta, gobernando Camerún desde hace 44 años. La maniobra genera interrogantes profundas sobre qué sucederá con el poder cuando Biya ya no esté en condiciones de ejercerlo, y abre la puerta a especulaciones sobre si la élite política camerunesa está preparando el terreno para una transición hacia una dinastía familiar.
La arquitectura legal de una sucesión anticipada
El mecanismo institucional que se acaba de crear responde a una lógica precisa. A diferencia de otras democracias donde el vicepresidente es electo por la ciudadanía, en Camerún será designado directamente por el presidente en funciones. Esta distinción no es trivial: significa que quien ocupe esa posición no tendrá legitimidad popular, sino únicamente la voluntad de quien la nombre. Conforme a las cláusulas de la reforma, en caso de muerte o incapacidad del mandatario, el vicepresidente asumiría como jefe de Estado y completaría el período presidencial de siete años sin necesidad de convocar a elecciones. Bajo el sistema anterior, durante cinco décadas, quien presidía el Senado heredaba el cargo de manera interina y se convocaba a sufragio en el plazo más breve posible. Este cambio normativo invierte la lógica: elimina la participación electoral como mecanismo de legitimación en caso de vacancia.
Los nombres que circulan en los pasillos del poder ofrecen pistas sobre las verdaderas intenciones de quienes impulsaron la reforma. Ferdinand Ngoh Ngoh, secretario general de la presidencia e figura de peso dentro del aparato estatal, aparece como uno de los candidatos. También se menciona a Paul Atanga Nji, ministro de administración territorial, y a Louis-Paul Motazé, quien controla la cartera de finanzas. Sin embargo, los análisis más agudos señalan que el objetivo real podría ser otro: colocar a Franck Biya, hijo del presidente con su difunta esposa Jean-Irène, o a Franck Hertz, hijo de la actual primera dama Chantal Biya. Ambos permanecen en las sombras respecto de cargos públicos, pero sus movimientos en tiempos recientes sugieren un posicionamiento estratégico.
Signos de poder paralelo y ausencias inquietantes
La salud y la edad del presidente constituyen temas tabú en Camerún, asuntos sobre los cuales la prensa local mantiene una prudencia casi religiosa. No obstante, sus ausencias prolongadas de la esfera pública en los últimos años no han pasado desapercibidas. Mientras Biya permanece fuera del alcance mediático, otros personajes consolidan influencia. Ngoh Ngoh, cercano a la primera dama Chantal, posee lo que se denomina el "poder de firma": facultad legal para rubricar documentos oficiales y tomar decisiones administrativas en representación del mandatario. Esta concentración de autoridades en un solo individuo, cuando el presidente no puede o no quiere ejercerlas directamente, revela grietas en el funcionamiento formal del Estado. Los dos Francks, mientras tanto, han permanecido alejados de la política institucional, viviendo sin mayor visibilidad pública. Hertz, quien tiene un hermano gemelo, emergió a la luz mediática en 2022 cuando se denunció el robo de 8 mil millones de francos CFA (equivalente a £10,5 millones) desde su residencia en Yaoundé. Como empresario, integra la junta directiva de Tradex, una firma energética en la cual la compañía estatal petrolera camerunesa posee una participación del 54%. En los últimos tiempos, ha acompañado el entourage presidencial en viajes internacionales.
Un gesto simbólico ocurrió en noviembre de 2023, cuatro meses después de que Hertz viajara a Moscú junto al presidente. En esa ocasión, Franck Biya obtuvo formalmente su carnet de afiliación al Movimiento Democrático Popular de Camerún, partido gobernante desde hace décadas. Un diplomático, hablando bajo condición de anonimato, caracterizó esta incorporación como un mecanismo para que Biya "demostrara músculo político" después de años manteniendo un perfil modesto, evidenciando lealtad filial hacia su padre. Tales movidas, aunque aparentemente sutiles, comunican mensajes claros dentro de un ecosistema de poder donde las palabras públicas rara vez dicen la verdad.
El precedente africano de las monarquías republicanas hereditarias
Las prácticas que Camerún está institutionalizando no representan novedad en el contexto africano. Guinea Ecuatorial permanece bajo control de Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, de 83 años, quien accedió a la presidencia tras derrocar a su tío en un golpe de Estado hace más de cuatro décadas. Su hijo, conocido como Teodorin y designado vicepresidente, ha sido acondicionado explícitamente como sucesor dinástico. Gabón estuvo gobernado por la dinastía Bongo desde su independencia francesa hasta agosto de 2023, cuando una transición interrumpió ese régimen familiar. En Chad, el apellido Déby domina la política desde 1990. Estos ejemplos subrayan cómo en diversas regiones del continente, la frontera entre Estado y familia se disuelve, transformando instituciones públicas en patrimonios privados. Camerún, al crear el vicepresidente, se suma a esta tendencia global de concentración dinástica del poder.
La reacción de sectores opositores fue inmediata. Maurice Kamto, político de la oposición, denunció públicamente que el presidente estaba "instaurando una monarquía republicana con base constitucional, dotada de una dinastía hereditaria o nepotista". Calificó la enmienda como un "acaparamiento institucional del poder". Estas críticas reflejan una lectura cada vez más compartida: que lo que ocurre en Camerún es la legalización de mecanismos que, históricamente, han existido en la sombra. Paralelamente, surfió una controversia adicional cuando Georges Gilbert Baongla, empresario de 62 años con un pasado polémico, declaró en televisión nacional que es el verdadero hijo del presidente y que Franck Biya fue adoptado. Las autoridades lo citaron a declarar, generando un ruido mediático que complica aún más un panorama ya turbulento.
Ingobernabilidad de facto y luchas por migajas de poder
Mientras se tejen estos escenarios sobre la sucesión, la administración estatal camerunesa permanece en un estado de parálisis funcional. Durante un discurso de Año Nuevo, Biya anunció su intención de formar un nuevo gabinete ministerial, pero meses después esa promesa sigue incumplida. Las elecciones parlamentarias que debían realizarse el año anterior fueron pospuestas indefinidamente. El gabinete existente es una reliquia: algunos ministros ocupan sus carteras desde hace dos décadas o más, generando una fossilización de estructuras que debería ser sometida a renovación periódica. Esta inmovilidad administrativa coexiste con disputas internas severas. Un relevamiento de conflictividad política reveló pugnas cruentas alrededor de operaciones y contratos en el Puerto de Douala, el epicentro del comercio marítimo centroafricano. De un lado se ubicaban Ngoh Ngoh y el jefe del cuerpo de seguridad presidencial; del otro, Motazé —considerado leal a Franck Biya—, junto al primer ministro Joseph Ngute. Estos enfrentamientos corporativistas, lejos de resolver problemas nacionales, profundizan fisuras que pueden conducir al colapso institucional.
Las crisis sociales y securitarias, mientras tanto, fermentan sin solución. El conflicto anglófono, que devasta la región occidental, completó una década de violencia en 2023. En el norte, una insurgencia yihadista continúa sembrando terror e inestabilidad. La capacidad de movilización de la ciudadanía fue neutralizada, al menos temporalmente, tras la represión desatada durante las disputadas elecciones presidenciales del año anterior, cuando al menos 48 personas perdieron la vida. Levi Mboushou, analista político radicado en Buea, observa que los cameruneses ordinarios se dedican a sus quehaceres cotidianos, a la espera de que la élite política implote. "En la mentalidad colectiva de los cameruneses", explica, "la manipulación deliberada y las maquinaciones clandestinas de los que detentan el poder son conocidas por todos". Lo que nadie pronuncia públicamente, todos lo saben en privado.
El juego de tronos de la república camerunesa: implicancias y escenarios posibles
La institución del vicepresidente marca un quiebre simbólico que podría generar consecuencias en cascada dentro del sistema político camerunés. Quienes ven en esta reforma una consolidación ordenada de estructuras de poder, argumentan que establece claridad institucional sobre qué ocurriría si el presidente falleciera, evitando vacíos de autoridad que pudieran desencadenar crisis. Desde esta óptica, la medida sería un acto de responsabilidad estatal. Otros, por el contrario, advierten que la ausencia de legitimidad electoral del vicepresidente lo convierte en un títere, un instrumento para perpetuar el control de un círculo íntimo sin participación ciudadana. Una tercera perspectiva, sostenida por analistas que observan el conflicto de élites, sugiere que la creación de este puesto podría generar competencias internas más crueles: si diversos sectores de poder perciben que quedaron excluidos de la sucesión, podrían movilizar sus recursos para impedir que otras facciones consolidaran hegemonía. Mboushou advierte que la resistencia a una transición padre-hijo "puede no provenir de las calles sino de dentro de los círculos de poder". Si amplios segmentos de la élite política se ven despojados de influencia futura, "probablemente causen alboroto dentro de la clase política". En cualquier escenario, la próxima década será decisiva para determinar si Camerún logra transitar conflictivamente hacia nuevas estructuras de poder o si, por el contrario, las fracturas internas abren puertas a transformaciones más profundas e impredecibles.



