La geografía política del Pacífico Sur vuelve a redibujarse en estos meses. Australia negocia un tratado de seguridad y asociación económica con Fiji mientras intenta contener el creciente protagonismo de Pekín en la región, una batalla que está ganando terreno pero que también encuentra resistencias inesperadas en otros frentes diplomáticos. Lo que sucede en estos atolones y archipiélagos volcánicos trasciende los límites insulares: definirá quién tendrá influencia estratégica en una de las zonas más vitales del mundo en los próximos años.

El gobierno australiano ha entendido, al menos desde la llegada de Labor al poder hace tres años, que la pasividad en esta región tiene un costo. Los funcionarios de Canberra observaron con alarma cómo Pekín construía relaciones bilaterales mediante inversiones millonarias en infraestructura, servicios de seguridad y asesoramiento técnico. El acuerdo secreto que el Solomon Islands rubricó con China en 2022 fue un punto de inflexión: sorprendió a los gobiernos de Australia y Nueva Zelanda, sacándolos de su comodidad estratégica. Desde entonces, la diplomacia australiana intensificó sus movimientos. Se firmaron o se fortalecieron vínculos con Tuvalu, Nauru y Papua Nueva Guinea, elevando el caso de este último a rango de alianza formal. Ahora le toca el turno a Fiji, la potencia regional más importante por su tamaño demográfico y su ubicación.

El tratado que cambia las reglas de juego en el Pacífico

La visita que realizará esta semana la ministra de Asuntos Exteriores australiana, Penny Wong, acompañada por el ministro responsable de las islas del Pacífico, Pat Conroy, marca un hito en las negociaciones. Ambos se reunirán con el primer ministro fiyiano, Sitiveni Rabuka, y miembros del gabinete para avanzar en la denominada Unión Vuvale, un instrumento legal que busca profundizar lazos de seguridad y cooperación económica. El nombre elegido no es casual: hace referencia a conceptos locales de unidad y solidaridad.

En el orden de prioridades de estas conversaciones figuran tres ejes que reflejan las preocupaciones reales del Pacífico contemporáneo. Primero, la seguridad energética, una vulnerabilidad que el conflicto en Oriente Medio ha vuelto más evidente. Los cortes en las rutas comerciales tradicionales han dejado a los territorios insulares sin acceso confiable a combustibles. Segundo, la delincuencia transnacional organizada, que Wong y Conroy planean abordar mediante una respuesta coordinada que involucre a toda la región. Tercero, el cambio climático, una amenaza existencial que no se puede exagerar cuando se habla de naciones cuyas costas enfrentan el avance del nivel del mar. Fiji, además, será anfitriona de una cumbre preparatoria para la COP31 en octubre, lo que amplifica su relevancia en las negociaciones sobre clima global.

Las palabras de Wong sintetizan la estrategia general: "Australia y Fiji comparten una asociación duradera que ayuda a mantener la región del Pacífico segura, estable y resiliente". Conroy, por su parte, subraya que después del cambio climático, la criminalidad transnacional constituye la amenaza de seguridad más grave que enfrenta el Pacífico. Ambos ministros enfatizan que Australia está dispuesta a apoyar iniciativas coordinadas para detener actividades delictivas que operan desde múltiples jurisdicciones. Este mensaje busca posicionar a Canberra como un socio confiable, distinto de Pekín, cuyas inversiones suelen venir atadas a condiciones políticas o a deuda que termina atrapando a los gobiernos locales.

El fracaso de Vanuatu: lecciones sobre la influencia china

Pero no todo marcha según lo planeado en la estrategia australiana. El ejemplo más elocuente es Vanuatu, donde las negociaciones para sellar el acuerdo conocido como Nakamal se encontraron con un obstáculo inesperado el pasado septiembre. Funcionarios del gobierno vanuatuense se negaron a avanzar, argumentando preocupaciones sobre los compromisos financieros para infraestructura que provenían de otras fuentes, particularmente de China. El primer ministro Jotham Napat fue claro: su país necesitaba mantener la flexibilidad de seguir buscando fondos de diferentes orígenes. Incluso la visita del primer ministro australiano Anthony Albanese el año anterior no logró desbloquear la negociación.

Lo que sucede en Vanuatu revela un patrón. Pekín ha invertido decenas de millones en Vanuatu, incluido un donativo de 86 millones de dólares para renovar la oficina del primer ministro hace poco más de un año. Mientras tanto, negocia su propia estructura de cooperación llamada acuerdo Namele, que sus voceros describen como un tratado integral de desarrollo económico y no como un pacto de seguridad. Esta distinción semántica permite a Vanuatu mantener su política tradicional de no alineamiento mientras acumula beneficios materiales. Un acuerdo anterior que Australia había firmado con Vanuatu en 2022 nunca fue ratificado formalmente por el parlamento de ese país, precisamente porque legisladores locales cuestionaban tanto la falta de consulta como la compatibilidad del tratado con la doctrina histórica de no alineamiento que Vanuatu ha defendido como marca identitaria.

El contraste entre lo que sucede con Fiji y lo que ocurre con Vanuatu ilustra una realidad incómoda para Canberra: no todas las naciones del Pacífico responden de la misma manera a sus iniciativas. Mientras que Fiji parece receptiva a un acuerdo de seguridad con Australia, Vanuatu mantiene una negociación más cauta, valorando la capacidad de diversificar sus socios financieros. China ha aprovechado precisamente esta apertura, mostrando capacidad para invertir sin exigencias políticas inmediatas, al menos en la forma en que se presentan públicamente estos acuerdos. Esto genera un dilema para gobiernos insulares pequeños que buscan desarrollo pero también autonomía.

Los cálculos geopolíticos en el Pacífico no pueden separarse de sus realidades económicas. Las islas dependen de la importación de casi todo lo que consumen. Dependen de acceso a mercados externos. Dependen de la estabilidad de rutas comerciales marítimas. Cuando Australia ofrece seguridad, también ofrece previsibilidad. Cuando China ofrece dinero en efectivo, ofrece soberanía sobre cómo gastarlo. Para líderes como Napat, la ecuación no es elemental: ambas cosas tienen valor, ambas son necesarias. La estrategia australiana asume que el factor seguridad es lo más importante; la respuesta de Vanuatu sugiere que, al menos en ciertos contextos, otras consideraciones juegan un papel equivalente.

Las próximas semanas dirán si Australia logra sellar un acuerdo sustancial con Fiji, y si ese éxito puede replicarse en otras islas del Pacífico. Lo que está en juego excede las relaciones bilaterales: es la arquitectura de poder en la región durante las próximas décadas. Un Pacífico Sur donde Australia fortalece sus lazos mediante tratados de seguridad será radicalmente diferente de uno donde China consolida su influencia mediante inversión económica sin contrapesos. Ambas potencias buscan lo mismo: presencia duradera, peso en decisiones regionales, lealtad de gobiernos locales. Los métodos difieren, pero el objetivo es idéntico. Los pequeños estados insulares, por su parte, navegan estas aguas con una calculadora en la mano: tratando de extraer el máximo beneficio de ambas partes, mientras mantienen la ilusión, cada vez más difícil, de que pueden seguir sin elegir un solo bando.

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