Lo que debía ser una pausa en el derramamiento de sangre se está convirtiendo en una ficción diplomática. El domingo pasado fue el día más letal en el sur del Líbano desde que entró en vigor la tregua negociada por Estados Unidos, con 14 personas muertas como consecuencia de ataques israelíes, entre ellas dos mujeres y dos niños. Otros 37 heridos sumaron al cuadro de una jornada que desnudó la fragilidad de un acuerdo que, sobre el papel, debería haber silenciado los cañones. Lo que está en juego no es solo la vida de los habitantes del sur libanés: es la viabilidad de cualquier entendimiento entre Israel y Hezbollah en el corto plazo, y también la credibilidad de Washington como árbitro en uno de los conflictos más volátiles del Medio Oriente.
Una tregua que cruje por todos lados
El acuerdo de cese al fuego comenzó a regir el 16 de abril y fue extendido hasta mediados de mayo, pero desde el primer día ninguna de las partes actuó como si realmente lo respetara. Tanto Israel como Hezbollah siguieron disparando, y la lógica del conflicto continuó imponiéndose por encima de cualquier compromiso firmado. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu aprovechó una reunión de gabinete para cargarle las tintas al grupo chiita: sostuvo que las violaciones de Hezbollah estaban desmantelando en la práctica el cese al fuego, y aclaró que Israel actúa "con vigor" siguiendo las reglas acordadas tanto con Washington como con Beirut. Es decir, desde la óptica israelí, cada ataque es una respuesta legitimada por el propio acuerdo.
Hezbollah, por su parte, adoptó una postura igualmente inflexible. En un comunicado, el grupo respaldado por Irán dejó en claro que no tiene intención de detener sus operaciones contra tropas israelíes desplegadas en territorio libanés ni contra localidades del norte de Israel, mientras Israel siga ejecutando lo que ellos califican como violaciones del cese al fuego. Más aún, la organización descartó esperar resultados de una diplomacia que consideró "ineficaz" y rechazó apoyarse en las autoridades libanesas, a las que acusó de no haber podido proteger al país. Es un mensaje político tan relevante como el militar: Hezbollah se presenta como el único garante de la soberanía del sur libanés frente a una ocupación que, según ellos, no se detuvo con ningún papel firmado.
El terreno que Israel no abandona
En el plano territorial, Israel mantiene presencia activa dentro de lo que sus militares denominan una "línea amarilla", una franja de territorio libanés de aproximadamente 10 kilómetros de profundidad a lo largo de toda la frontera. Los residentes de esa zona recibieron advertencias de no regresar a sus hogares, y el domingo el ejército israelí amplió esa instrucción a siete localidades adicionales ubicadas más al norte, del otro lado del río Litani. La orden fue clara: alejarse hacia el norte y el oeste. Las fuerzas israelíes justificaron esos llamados de evacuación señalando que Hezbollah viola el cese al fuego y que actuarán en consecuencia. Según el comunicado militar, los ataques del domingo apuntaron a combatientes del grupo, a lanzaderas de cohetes y a un depósito de armamento.
La agencia estatal libanesa NNA reportó bombardeos en múltiples puntos del sur durante esa jornada, incluyendo zonas donde Israel había emitido alertas de evacuación y otras donde no lo había hecho. Ese detalle es significativo: sugiere que el alcance de los ataques excede incluso el marco que el propio ejército israelí define como zona de operaciones. El domingo también registró un ataque de Hezbollah sobre soldados israelíes en el interior del Líbano y sobre el equipo de rescate que acudió a evacuar a los heridos. Israel confirmó la muerte de un soldado y otros seis militares heridos. Además, el sistema de defensa israelí interceptó tres drones antes de que cruzaran hacia su territorio, después de que las sirenas sonaran en el norte del país.
El peso del conflicto en números y en historia
Para entender la dimensión de esta crisis, hace falta un poco de contexto. Hezbollah arrastró al Líbano a la guerra regional el 2 de marzo, cuando lanzó cohetes sobre Israel en respuesta a la muerte del líder supremo iraní Ali Jamenei, quien falleció en ataques atribuidos a una operación conjunta de Estados Unidos e Israel. Desde esa fecha, los bombardeos israelíes sobre territorio libanés acumularon una cifra devastadora: más de 2.500 muertos, según el Ministerio de Salud del Líbano. Entre esas víctimas se cuentan 277 mujeres, 177 niños y 100 trabajadores de la salud. La cartera sanitaria libanesa no distingue en sus registros entre combatientes y civiles, y Hezbollah tampoco publica un conteo propio de sus bajas en combate, aunque en los últimos días celebró entierros colectivos de decenas de milicianos.
Del lado israelí, los números también cuentan su historia: dos civiles muertos como consecuencia de ataques de Hezbollah, y 16 soldados caídos en territorio libanés desde el inicio de las hostilidades. Es una asimetría brutal en términos de vidas perdidas, aunque eso no simplifica el análisis político ni militar del conflicto. Históricamente, el sur del Líbano ha sido escenario de ciclos repetidos de violencia entre Israel y grupos armados locales. La guerra de 2006 entre Israel y Hezbollah, que duró 34 días y terminó con la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, ya había establecido el río Litani como línea de separación teórica. Esa resolución nunca se cumplió del todo, y el presente parece estar repitiendo el patrón.
¿Qué puede pasar ahora?
Las consecuencias de este deterioro son múltiples y ninguna es auspiciosa. Si el cese al fuego termina de colapsar antes de mediados de mayo, el Líbano podría volver a una fase de enfrentamiento abierto, con lo que eso implica para una población civil que ya carga sobre sus espaldas una de las crisis económicas y sociales más graves de su historia reciente. Desde la perspectiva israelí, una escalada podría ser presentada como inevitable y necesaria para destruir la capacidad operativa de Hezbollah cerca de la frontera. Desde el lado del grupo chiita, cualquier nueva ofensiva israelí reforzaría su relato de resistencia y podría ampliar su base de apoyo interno en el Líbano. Para Washington, el fracaso de esta mediación sería un golpe diplomático en una región donde su influencia ya viene siendo disputada por otros actores. Y para el gobierno libanés, atrapado entre la presión internacional y la autonomía fáctica de Hezbollah en el sur, el margen de maniobra es prácticamente nulo. Los hechos del domingo no son un accidente aislado: son el síntoma de un acuerdo que, en el mejor de los casos, siempre fue más frágil de lo que cualquiera quiso admitir.


