Una ballena jorobada de 12 toneladas lleva casi un mes agonizando en aguas poco profundas del Mar Báltico, frente a la isla de Poel, en el estado alemán de Mecklenburg-Vorpommern. Lo que comenzó como un avistamiento insólito se convirtió en un fenómeno social, político y científico que divide a Alemania: ¿es posible salvarla, o el intento de hacerlo equivale a prolongar su sufrimiento? La respuesta, al parecer, la darán los próximos días, cuando una iniciativa privada financiada por dos millonarios intente transportar al animal 400 kilómetros hacia el Mar del Norte, con la esperanza de devolverlo al Atlántico.
Un operativo sin precedentes en aguas europeas
El plan, bautizado como Operación Cushion, consiste en elevar al cetáceo mediante cojines de aire y extender una red por debajo de su cuerpo para suspenderlo dentro de una estructura tipo pontón. Una vez allí, una embarcación de remolque arrastraría esa especie de acuario de acero flotante a lo largo de cuatro centenas de kilómetros, cruzando del Báltico hacia el Mar del Norte. La operación estaba prevista para arrancar este martes, y según confirmaron los encargados del rescate, el domingo anterior el animal realizó un giro de 90 grados en la dirección adecuada. Till Backhaus, ministro de Medio Ambiente del estado, lo interpretó como una señal casi poética: "Parece estar preparándose mental y emocionalmente para partir", declaró. El dato es curioso, aunque los biólogos marinos más escépticos lo atribuyen simplemente al comportamiento errático típico de un animal en estado crítico.
La ballena, a la que el público y los medios locales comenzaron a llamar Timmy, fue detectada por primera vez en el Báltico hace aproximadamente un mes. Se cree que ingresó a ese mar siguiendo cardúmenes de arenque, una conducta documentada en otras ballenas jorobadas que equivocaron la ruta migratoria. El problema es que el Mar Báltico tiene una salinidad muy inferior a la que necesita esta especie para sobrevivir. El agua dulce afecta sus tejidos, compromete su sistema inmunológico y, con el tiempo, resulta letal. Las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) son animales oceánicos: sus rutas habituales van desde las frías aguas del Atlántico Norte, donde se alimentan, hasta las zonas tropicales, donde se reproducen. Timmy, en cambio, terminó varada en el fango de una bahía alemana.
Desde que quedó encallada, voluntarios de los bomberos locales la mantienen hidratada con mangueras. Otros se turnan para arrojarle cubos de agua sobre el lomo. Se habrían aplicado también cientos de kilogramos de pomada de zinc sobre su piel para tratar las heridas abiertas y las ampollas que cubren su cuerpo. La imagen del animal inmóvil, con la piel deteriorada y rodeado de gente que intenta ayudarlo, generó una respuesta emocional masiva: cientos de turistas llegaron desde distintos países europeos para verlo, muchos acampando en autos o casas rodantes en los alrededores. Varios se arrojaron al agua helada para acercarse a metros del cetáceo, antes de ser sacados por la policía acuática.
La ciencia versus el dinero y la fe
La comunidad científica, sin embargo, tiene una lectura radicalmente distinta. Burkard Baschek, director del Museo Oceanográfico de Stralsund y hasta hace poco asesor principal del gobierno estatal en este caso, sostiene que cualquier intento de rescate llegó demasiado tarde. "Ya no tiene sentido intentarlo", explicó, respaldado en informes elaborados por su equipo y confirmados por colegas internacionales. El animal presenta comportamiento letárgico, lo que indica daños orgánicos severos. Además, aún tendría una red de pesca enredada en la boca, imposible de extraer. Baschek fue directo: seguir con el operativo, dijo, es "crueldad animal pura y simple". La postura del museo era que lo más humanitario era dejar morir al animal en paz, evitando el estrés adicional que implica cualquier manipulación.
Quienes financian la operación alternativa piensan exactamente lo contrario. Karin Walter-Mommert, experta en equitación, y Walter Gunz, cofundador de una cadena alemana de electrónica de consumo, pusieron el dinero y asumieron la responsabilidad legal total del operativo. Ambos expresaron su voluntad de salvar al animal sin importar el costo. Pero el grupo que los rodea genera interrogantes adicionales. Según investigaciones periodísticas, el equipo involucrado en el rescate incluye personas vinculadas a corrientes de ultraderecha, metodologías esotéricas, teorías conspirativas y al movimiento Querdenker, conocido por su oposición a las restricciones sanitarias durante la pandemia de COVID-19. Algunos de los participantes llegaron desde Perú y Hawaii sosteniendo que, actuando en conjunto, pueden generar un "aura" colectiva que llegaría hasta el animal y contribuiría a su recuperación. Un veterinario que viajó desde Hawaii publicó en redes sociales, antes de abordar el avión, insultos directos hacia los científicos que recomendaron no intervenir.
Política, amenazas y un ministro bajo custodia policial
El caso derivó, inevitablemente, en un conflicto político. Backhaus, que en un principio había declarado que no había esperanza para el cetáceo, dio un giro y terminó respaldando la iniciativa privada. En septiembre su partido, el Socialdemócrata, enfrenta una elección que promete ser muy disputada contra el partido de ultraderecha AfD. Las imágenes de una ballena muerta pudriéndose en la bahía durante la campaña serían, cuanto menos, inconvenientes. Backhaus negó que su apoyo al rescate tenga motivaciones electorales: "No me voy a dejar chantajear", respondió a quienes lo acusan de actuar estratégicamente. La situación escaló hasta el punto de que el ministro recibió amenazas de parte de ciudadanos que lo responsabilizaban de haber abandonado demasiado pronto al animal, y actualmente cuenta con custodia policial adicional.
Los mismos sectores que amenazaron a Backhaus acusaron a los científicos del museo de querer que la ballena muera para quedarse con su esqueleto y "hacer millones". El museo rechazó categóricamente esa versión. Baschek, por su parte, también recibió amenazas en redes sociales, algunas tan gráficas como "que las gaviotas te despedacen" o "que sufras como la ballena". Tuvo que presentar una denuncia policial. El fenómeno refleja cómo la desinformación y la radicalización en línea pueden desbordarse hacia hechos concretos, incluso cuando el protagonista es un animal marino.
Las consecuencias de este operativo pueden leerse desde varios ángulos. Si la Operación Cushion fracasa y el animal muere durante el traslado, quienes advirtieron sobre el riesgo de la intervención quedarán validados, aunque eso no consolará a nadie. Si, contra todo pronóstico, Timmy llega al Atlántico con vida, se convertirá en un hito sin precedentes en la historia del rescate de cetáceos en Europa, y la iniciativa privada habrá demostrado que puede hacer lo que los estados deciden no hacer. En un plano más amplio, el caso abre preguntas incómodas sobre los límites entre la ciencia, la emoción popular y la política ambiental: ¿quién tiene la autoridad para decidir cuándo es el momento de dejar morir a un animal salvaje? ¿El Estado, los expertos, los ciudadanos o quienes ponen el dinero? Las respuestas, en este caso, llegaron mezcladas, contradictorias y cargadas de tensión. Como suele pasar cuando la naturaleza obliga a los humanos a elegir.



