Un acuerdo que debía detener la guerra no logró detener ni los drones ni las bombas. Desde el 17 de abril, cuando entró en vigor el cese de hostilidades entre Israel y Líbano, los combates no cesaron un solo día. Lo que está en juego no es solo la vida de civiles y soldados en ambos lados de la frontera, sino la viabilidad misma de cualquier salida diplomática en una región donde cada actor tiene sus propias condiciones, sus propios tiempos y sus propios intereses. Lo que cambió, en realidad, es la escala del conflicto: ya no hay una invasión abierta, pero hay una guerra de baja intensidad que acumula muertos, heridos y destrucción con una cadencia casi rutinaria.

Drones que esquivan radares y una frontera que sigue ardiendo

El martes último, Hezbollah lanzó varios drones contra posiciones israelíes en el sur del Líbano. La organización armada afirmó haber herido a varios soldados israelíes, aunque el ejército de Israel no confirmó bajas, limitándose a informar que había disparado misiles interceptores contra las aeronaves entrantes. No fue un episodio aislado: el domingo anterior, un soldado israelí perdió la vida y otros seis resultaron heridos en un ataque similar. Y antes de eso, más ataques. Y antes, más. La secuencia se repite casi a diario.

La clave técnica detrás de esta ofensiva está en el tipo de drones que utiliza Hezbollah: vehículos aéreos pequeños, guiados por fibra óptica. La particularidad de este sistema es que el hilo físico que conecta el dron con el operador elimina prácticamente toda emisión de señales de radio, que son las que los radares convencionales utilizan para detectar amenazas aéreas. En términos simples: los sistemas de defensa israelíes, que en otros contextos han demostrado una eficacia notable, tienen serias dificultades para interceptar estos aparatos antes de que lleguen a su objetivo. Con un alcance de hasta 15 kilómetros, estos drones se han convertido en el arma táctica más inquietante del arsenal de Hezbollah en esta etapa del conflicto.

Mientras tanto, Israel no se quedó de brazos cruzados. El mismo martes en que se registraron los ataques con drones, las fuerzas israelíes ejecutaron una serie de bombardeos aéreos sobre territorio libanés y emitieron órdenes de evacuación para los residentes de 16 aldeas del sur, instándolos a desplazarse hacia el norte. El saldo acumulado desde el inicio de los combates el 2 de marzo es devastador: según el ministerio de salud libanés, al menos 2.534 personas han muerto y otras 7.863 resultaron heridas a causa de los ataques israelíes en Líbano. Solo durante el fin de semana previo al martes, los bombardeos dejaron 18 muertos y 88 heridos. Del lado israelí, el fuego de cohetes de Hezbollah causó la muerte de dos civiles en el mismo período.

Netanyahu, Trump y la geometría imposible de la diplomacia regional

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, reconoció el lunes por la noche que Hezbollah conserva aproximadamente el 10% de los misiles que tenía al inicio de la guerra, aunque aclaró que esa cantidad sigue siendo suficiente para perturbar la vida cotidiana de los habitantes del norte de Israel. "Estamos llevando a cabo ataques ahora, tanto dentro de la zona de seguridad como al norte de ella", afirmó, en un mensaje que combinaba advertencia con justificación. Según trascendió, Netanyahu también le comunicó al presidente estadounidense Donald Trump que Israel necesitaba responder a los ataques de Hezbollah para contener al grupo. La respuesta de Washington fue pedirle a Tel Aviv que su reacción fuera "calculada y limitada", una formulación diplomática que deja amplio margen de interpretación.

El contexto más amplio en el que se inserta este conflicto es el de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, que atraviesan un momento de estancamiento. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, dejó en claro que cualquier acuerdo de paz permanente deberá incluir un entendimiento sobre el programa nuclear iraní, lo cual eleva sustancialmente el umbral de lo que se necesita para llegar a un acuerdo. Por su parte, Teherán ofreció reabrir el estrecho de Ormuz —una arteria por la que transita aproximadamente una quinta parte del suministro global de petróleo— a cambio de que Washington levante el bloqueo que mantiene sobre la zona. Trump, en su red social Truth Social, aseguró que Irán se encuentra en un "estado de colapso" producto de ese bloqueo. La guerra de palabras entre ambas potencias tiene efectos directos sobre el tablero libanés: el cese de hostilidades con Líbano fue, en parte, una condición que Estados Unidos impuso para no entorpecer sus propias negociaciones con Teherán.

Vale recordar que la historia del conflicto entre Israel y Líbano es larga y sangrienta. La primera invasión israelí al sur libanés data de 1978, seguida por la invasión de 1982 que dejó marcas profundas en la región, incluyendo la masacre de Sabra y Chatila. Desde entonces, los dos países nunca establecieron relaciones diplomáticas formales y mantuvieron décadas de hostilidades intermitentes. El precedente más reciente de un acuerdo fallido es el cese de hostilidades de 2024, durante el cual Israel realizó más de 15.000 ataques sobre suelo libanés, mostrando cuán elástica puede ser la cláusula de "autodefensa" que ambos acuerdos contemplan. La historia parece repetirse con una precisión perturbadora.

La fractura interna en Líbano y el rechazo de Hezbollah a cualquier negociación

Mientras el gobierno libanés negocia en Washington, Hezbollah hace lo que considera necesario en el terreno, ignorando completamente los compromisos que las autoridades del Estado puedan asumir en su nombre. El jefe de la organización, Naim Qassem, calificó el lunes las conversaciones directas entre el gobierno libanés e Israel como un "grave pecado" que hundirá al país en la "inestabilidad". Fue más lejos aún al afirmar que esas negociaciones "no existen" para Hezbollah y que el grupo no entregará sus armas bajo ninguna circunstancia, desafiando así tanto a Israel como a la propia administración del Estado libanés. Esta postura no es nueva: Hezbollah ha resistido históricamente cualquier intento de desarmarlo, argumentando que es la única garantía de defensa frente a Israel.

La respuesta del presidente libanés, Joseph Aoun, no tardó en llegar. Horas después de las declaraciones de Qassem, Aoun dijo que "la verdadera traición la cometen quienes arrastran a su país a la guerra para servir intereses extranjeros", en una alusión directa al papel que Hezbollah desempeña como brazo regional del proyecto estratégico de Irán. La tensión entre el Estado libanés y el grupo armado no es nueva, pero rara vez se había expresado con tanta crudeza desde las más altas esferas del poder. Desde Washington, Rubio sugirió que Estados Unidos podría ayudar a Líbano a crear unidades especializadas dentro del ejército regular que confronten directamente a Hezbollah, una idea que genera enorme preocupación en un país que vivió una devastadora guerra civil entre 1975 y 1990 y que tiene una composición confesional extremadamente sensible.

Israel, por su parte, mantiene activa una "zona amarilla" en el sur libanés donde sus tropas operan regularmente y que abarca al menos 55 aldeas. En ese territorio, los soldados israelíes han continuado demoliendo viviendas, una práctica que genera rechazo internacional pero que Tel Aviv justifica en términos de seguridad. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, acusó al gobierno libanés de "escudarse" detrás de Hezbollah y de no actuar con suficiente firmeza contra el grupo, trasladando así la responsabilidad al Estado que, paradójicamente, tiene escasa capacidad real de controlar a la organización armada que opera dentro de sus fronteras.

Las consecuencias de este equilibrio inestable se proyectan en múltiples direcciones. Si las negociaciones entre Estados Unidos e Irán logran avanzar, podría abrirse una ventana para reducir el respaldo iraní a Hezbollah y, con ello, aliviar la presión sobre el sur libanés. Pero si esas conversaciones fracasan definitivamente, el riesgo de una escalada significativa aumenta de manera considerable. Para Líbano, el desafío es doble: sostener la legitimidad estatal frente a Hezbollah sin desencadenar una crisis interna, y negociar con Israel sin perder apoyo popular en un contexto donde la memoria de décadas de agresiones israelíes sigue muy viva. Para Israel, la pregunta es hasta dónde puede extender su operación en el sur libanés antes de que la presión internacional —incluida la de su aliado estadounidense— se vuelva insostenible. Y para la región en su conjunto, el interrogante más urgente es si existe alguna arquitectura diplomática capaz de convertir este frágil y violado cese de hostilidades en algo que se parezca, aunque sea remotamente, a una paz duradera.