La cotidianidad en Gaza ha adquirido una dimensión de fragilidad extrema que va mucho más allá de los impactos visibles de la destrucción física. Mientras la comunidad internacional enfoca su atención en la escasez de alimentos y medicamentos, una crisis paralela—casi invisible en su aparente trivialidad pero devastadora en sus consecuencias—está desarticulando los sistemas básicos de funcionamiento: la falta de aceite para motores, piezas de repuesto y combustible. Lo que podría parecer un problema técnico se ha transformado en una amenaza existencial que toca cada aspecto de la vida cotidiana, desde la capacidad de hospitales para realizar cirugías hasta la posibilidad de que una familia acceda a agua potable o pan para comer.

Los números revelan la magnitud de la distorsión económica provocada por esta escasez. Un litro de aceite para motores—elemento fundamental para que cualquier vehículo o máquina permanezca operativo—alcanza hoy un precio de aproximadamente 2.200 shekels, cuando antes del conflicto costaba alrededor de 25 shekels. Se trata de un aumento de casi 9.000 por ciento en pocos meses. Pero el costo económico es apenas la superficie del problema. La calidad del aceite disponible es, en su mayoría, viejo y de dudosa procedencia. Una pequeña pieza de sellado que anteriormente se cotizaba entre 7 y 12 shekels ahora se comercializa por varios cientos. Una junta de culata, componente esencial en cualquier motor, pasó de costar 120 shekels a rondar los 2.000 shekels. Estos incrementos no responden a dinámicas convencionales de mercado sino a una realidad de restricciones casi totales en la importación de estos materiales.

Los hospitales al borde del colapso operativo

En el corazón del desastre se encuentran las instituciones sanitarias. El hospital al-Aqsa de Mártires, ubicado en la zona central de Gaza, enfrentó recientemente una crisis que condensaba toda la gravedad del panorama. Sus generadores eléctricos—infraestructura vital para que los quirófanos funcionen—comenzaron a fallar. El director del centro, Dr. Raed Hussein, describió la situación con crudeza: un generador de respaldo que alimentaba las 400 kilovoltios amperes necesarios para las operaciones matutinas dejó de funcionar. La consecuencia fue inmediata: los quirófanos tuvieron que cerrarse. La capacidad eléctrica disponible ya no podía soportar la carga requerida para realizar intervenciones quirúrgicas.

Lo más preocupante no es el fallo en sí, sino la imposibilidad de reparlo adecuadamente. Hussein explicó que lo que está sucediendo es mantenimiento de "parches", no reparación real. Gaza carece de las piezas necesarias para hacer arreglos permanentes. El sistema de supervivencia de los generadores se ha vuelto casi medieval: se desmantelan generadores dañados para extraer componentes de otros y mantenerlos funcionando de forma temporal. Algunos equipos ya están permanentemente fuera de servicio. Con la llegada de temperaturas más altas en verano, los generadores restantes enfrentarán presiones aún mayores, lo que augura nuevos colapsos. Decenas de pacientes que requieren intervenciones quirúrgicas se encuentran en una situación de limbo médico, esperando que sistemas que apenas subsisten logren mantenerse en pie.

El sistema de emergencias civil enfrenta una realidad paralela. La defensa civil de Gaza advirtió que sus operaciones de bomberos y rescate corren el riesgo de detenerse por completo. Ya está priorizando únicamente emergencias críticas. Las unidades de rescate enfrentan una carencia severa de piezas vehiculares, además de restricciones en el ingreso de equipamiento contra incendios, combustible y aceite lubricante. El resultado: tres vehículos de bomberos y dos ambulancias ya han sufrido roturas y permanecen inoperativos. Cuando una estructura se desmorona—cosa que ocurre frecuentemente en Gaza—o cuando hay accidentes, el tiempo de respuesta se convierte en un lujo que la mayoría no puede permitirse.

El efecto cascada en el transporte y la logística

La ausencia de aceite y piezas ha generado una parálisis del transporte que afecta a millones de personas. Rafiq Hamouda, un mecánico de 52 años que trabaja en el área de al-Mawasi en Deir al-Balah, representa el símbolo de una profesión que se ha vuelto casi ceremonial. Su taller tiene siete vehículos completamente reparados que no pueden circular simplemente porque no hay aceite disponible para hacerlos funcionar. Para sobrevivir, Hamouda ha recurrido a una estrategia de canibalización: ha desmantelado aproximadamente seis vehículos aún funcionales para utilizar sus motores, cajas de cambios y otros componentes y así mantener otros automóviles en operación. La metáfora que usa es desgarradora: "Es como intentar mantener vivo a un paciente con soporte vital".

Las calles de Gaza reflejan esta realidad: enormes cantidades de automóviles permanecen abandonados cerca de hogares o tiendas de campaña, simplemente porque sus dueños ya no pueden costear el aceite para hacerlos funcionar. La muerte de numerosos animales que históricamente se utilizaban para el transporte—víctimas de la guerra y el hambre—ha intensificado aún más la crisis de movilidad. Para familias desplazadas que necesitan acceder a servicios médicos, educativos o de otro tipo, esta realidad representa un obstáculo colosal. Heba Qahman, una madre desplazada de 36 años con cinco hijos que vive en Deir al-Balah, enfrenta una rutina agotadora. Su esposo sufrió fracturas en la pierna hace dos meses tras un accidente de tránsito y requiere seguimiento médico regular. El hospital queda a varios kilómetros de donde viven. Ella debe empujar su silla de ruedas mientras carga a su bebé, un viaje que frecuentemente toma cerca de una hora. Esta es la realidad cotidiana de cientos de miles de personas.

Agua, alimentos y la descomposición de sistemas esenciales

La escasez de aceite y repuestos también está asfixiando el sector de agua y saneamiento. Las plantas desalinizadoras de agua de mar, cruciales en una región donde el agua dulce es limitada, están viendo drásticamente reducida su capacidad operativa. Mientras que en marzo producían aproximadamente 20.000 metros cúbicos diarios, actualmente generan alrededor de 16.000 metros cúbicos. Esta reducción es consecuencia directa de restricciones en suministros energéticos, químicos y piezas de repuesto. En un contexto de temperaturas crecientes, donde la necesidad de agua para higiene personal aumenta significativamente—especialmente en el caso de menores—esta disminución agrava problemas sanitarios preexistentes.

Walaa Sarsour, una mujer de 46 años de Beit Lahiya, describe las implicaciones prácticas: el agua llega a su comunidad aproximadamente una vez cada dos días y en cantidades limitadas. Antes de la crisis, el acceso era más regular. Esto ha obligado a los residentes a reducir drásticamente el uso de agua para higiene personal, lavado de ropa y limpieza del hogar. En un contexto donde enfermedades transmitidas por agua y falta de saneamiento son amenazas crecientes, esta realidad es epidemiológicamente explosiva.

Las panaderías, esenciales para alimentar a la población, también están en crisis. Abdel Nasser Al-Ajrami, jefe de la Asociación de Dueños de Panaderías de Gaza, informó que algunos generadores que alimentaban estos establecimientos han dejado de funcionar completamente, mientras que otras panaderías han reducido significativamente su producción. Algunos negocios que fabricaban repostería, pan fino y otros productos han cesado operaciones debido a la falta de aceite y su costo prohibitivo. La interrupción de las operaciones de panaderías tiene consecuencias directas: familias sin acceso a pan tienen que recurrir a opciones alternativas. Gas—que ya es escaso debido a restricciones israelíes que existen desde octubre de 2023—o leña son las únicas alternativas. Pero la leña ha alcanzado precios de casi 3 dólares por kilogramo y su disponibilidad es cada vez menor. Muchas familias ahora queman plástico y nylon como combustible para cocinar.

Qahman describe así la realidad: la crisis de gas es una de las más duras que han enfrentado. Ahora dependen de fuegos abiertos para cocinar, algo extremadamente difícil dados la escasez de agua y las condiciones de vida brutales. Porque no pueden costear leña regularmente, tienen que buscar alternativas, incluyendo recoger basura combustible de las calles. Un encendedor simple ahora cuesta más de 30 shekels. Una tapa de inodoro puede alcanzar los 2.000 shekels. Sarsour resume: han intentado encontrar alternativas para todo lo que se ha vuelto indisponible o raro. Han tenido que abandonar necesidades no esenciales y enfocarse únicamente en prioridades básicas.

Las capas múltiples de una crisis compuesta

Es importante contextualizar esta crisis dentro de la magnitud global del conflicto. La guerra ha causado aproximadamente 70.000 muertes palestinas, desplazó a más de 1,5 millones de personas y destruyó más del 80 por ciento de edificios y viviendas en toda Gaza. Israel controla actualmente el 60 por ciento del territorio y lo divide a lo largo de su "línea amarilla", lo que significa que muchos residentes ya no pueden acceder a sus hogares, pertenencias, negocios o muebles personales. Esta restricción de movimiento ha profundizado aún más la crisis humanitaria. Un informe reciente del UNICEF—agencia de las Naciones Unidas para la infancia—documentó específicamente cómo el sector de agua y saneamiento de Gaza ha sido afectado por la escasez de repuestos y aceite de motor, subrayando la naturaleza interconectada de estas crisis.

Lo que emerge de este panorama es una realidad donde las crisis no existen en silos sino que se refuerzan mutuamente. La falta de aceite impide reparar generadores. Generadores no reparados significan hospitales que no pueden operar quirófanos. La ausencia de repuestos vehiculares paraliza ambulancias. Ambulancias paralizadas significan que personas heridas no llegan a tiempo a centros médicos. Plantas desalinizadoras sin mantenimiento generan menos agua. Menos agua contribuye a la propagación de enfermedades. Panaderías sin combustible no producen pan. Sin pan, familias queman plástico para cocinar. El sistema de supervivencia básica se desmorona no por un punto de fallo único sino por una multiplicidad de puntos de fracaso que se retroalimentan.

Proyecciones e implicaciones futuras

Las perspectivas sobre lo que sucederá próximamente varían según diferentes actores y observadores. Algunos sostienen que la apertura de corredores humanitarios y la facilitación de importaciones de repuestos podría revertir parcialmente estas dinámicas. Otros argumentan que la escala de la destrucción es tal que incluso con mejoras en el acceso, el sistema tardará años en recuperarse. Hay quienes enfatizan que estas crisis técnicas—la escasez de aceite, piezas, combustible—son síntomas de un problema estructural más profundo vinculado a políticas de restricción más amplias. Desde perspectivas de salud pública, expertos advierten que si estos sistemas continúan deteriorándose, Gaza podría enfrentar brotes de enfermedades transmitidas por agua y desnutrición generalizada que podrían resultar más mortales que los impactos inmediatos del conflicto. Otros subrayan que la resilencia de la población ha permitido improvisaciones creativas, aunque a costa de calidad de vida y seguridad. Lo cierto es que cada día que pasa, la capacidad de los sistemas para responder a nuevas emergencias disminuye, ampliando la ventana de vulnerabilidad para millones de personas.