Hace apenas unos meses que las tensiones en Oriente Medio alcanzaron un punto de quiebre con la escalada militar entre Washington y Teherán, pero ya los analistas más experimentados en asuntos castrenses están elevando las alarmas sobre lo que podría convertirse en un estancamiento prolongado. La perspectiva más sombría coloca la duración del conflicto en al menos otro medio año, sin que exista en el horizonte un mecanismo claro de resolución. Lo que genera inquietud no es solo la prolongación del enfrentamiento, sino el conjunto de fracturas visibles en la estructura de comando norteamericana en momentos en que se requeriría máxima cohesión estratégica.

Quien expresó estas preocupaciones es Leon Panetta, figura con décadas de experiencia en los entramados de poder estadounidenses. Entre 2011 y 2013 encabezó el Departamento de Defensa, y previamente dirigió la Agencia Central de Inteligencia bajo la administración Obama. Su diagnóstico no es menor: el conflicto presenta todas las características de aquellos enfrentamientos que se supone serán breves pero terminan enquistándose en la geografía y en la memoria colectiva. Panetta señaló directamente que existe un paralelismo preocupante con los desastres de Iraq y Afganistán, donde las intenciones iniciales de resolución rápida se disolvieron en ocupaciones que duraron decenios, dejando heridas estratégicas y credibilidad comprometida. El escenario que describe es el de una nación atrapada en una trampa de su propia cosecha, sin alternativas viables que no impliquen un costo político o militar significativo.

Las fisuras en el comando supremo

Más allá del análisis sobre la duración probable del enfrentamiento, Panetta identificó un problema estructural que podría resultar aún más grave a largo plazo: las turbulencias internas en el Pentágono. Recientemente, Dan Driscoll, secretario del ejército, renunció de manera abrupta en medio de reportes sobre fricciones con Pete Hegseth, quien ocupa el cargo de secretario de Defensa. Los conflictos habrían girado en torno a una serie de despidos que generaron malestar en la estructura de mando. Este tipo de tensiones no son meramente administrativas; tienen implicaciones profundas para el liderazgo en momentos de crisis. Panetta expresó su preocupación sobre el mensaje que estas divisiones envían: una sensación generalizada de que nadie ejerce el control efectivo, de que las decisiones no responden a una visión estratégica coherente sino a pugnas internas.

La particularidad de enviar tropas a zonas de combate mientras existe "tremendo caos en el Pentágono y en la estructura de mando" genera, según el análisis de Panetta, una vulnerabilidad perceptual. Los adversarios externos —China, Rusia, Corea del Norte— no necesariamente ven el conjunto de medidas administrativas como reformas constructivas; tienden a interpretarlas como síntomas de debilidad institucional. Esta lectura de la realidad puede llevar a cálculos geopolíticos erróneos por parte de potencias rivales, reduciendo la disuasión que una superpotencia militar normalmente ejerce. El Pentágono respondió a estas críticas insistiendo en que funciona "a toda máquina" bajo el liderazgo de Hegseth, calificando de "completamente infundada" la premisa de que existe desorden. Voceros del Departamento de Defensa argumentaron que los cambios en marcha representan una reforma institucional necesaria y que cada miembro de la organización trabaja diariamente con dedicación para defender la nación.

El dilema de tres caminos sin salida satisfactoria

Panetta delineó el panorama de opciones disponibles para quien toma decisiones en la Casa Blanca, y ninguna de ellas parece conducir a un desenlace favorable. La primera opción sería retirarse y admitir públicamente que se enfrentó a una guerra fallida. Panetta considera que esta alternativa es psicológicamente improbable para quien actualmente ocupa la presidencia, dadas sus formas de procesar los fracasos políticos y comunicacionales. La segunda opción consistiría en mantener el status quo actual: un intercambio periódico de ataques, un juego de acciones y represalias donde ambos bandos intentan evitar una escalada hacia un conflicto más destructivo, pero tampoco negocian ni se retiran. Este escenario, según el análisis, reproduciría exactamente aquello que se buscaba evitar: otra guerra prolongada en el Oriente Medio, con todos sus costos humanos, fiscales y diplomáticos. La tercera opción implicaría una decisión ofensiva: que Estados Unidos tuviera que tomar el control del Estrecho de Ormuz, neutralizando la ventaja que posee Irán en esa zona estratégica.

Este último punto reviste importancia estructural en la economía global. El Estrecho de Ormuz actúa como cuello de botella del comercio internacional; aproximadamente un tercio del petróleo que se comercia a nivel mundial transita por esas aguas. Si una potencia hostil posee la capacidad de cerrar o interrumpir ese paso, detenta una palanca de influencia extraordinaria. Panetta argumentó que sin una resolución que incluya la reapertura garantizada de esta ruta comercial, cualquier pretensión de victoria es ilusoria. El presidente tendría que tomar una decisión concreta sobre si está dispuesto a ejecutar las acciones militares necesarias para asegurar la navegación o si, por el contrario, continuará sosteniendo una narrativa de victoria en circunstancias que objetivamente constituyen un estancamiento.

Agregó Panetta un elemento de crítica sobre el manejo de la comunicación. Ha habido afirmaciones públicas reiteradas sobre que un acuerdo para terminar el conflicto era inminente, declaraciones que no se materializaron. Igualmente, se ha sostenido que el Estrecho de Ormuz está abierto cuando la realidad es más matizada. Esta erosión de credibilidad genera consecuencias prácticas: las amenazas pierden potencia cuando quienes las profieren han demostrado una distancia entre lo que afirman y lo que sucede en el terreno. Cuando un liderazgo pierde la credibilidad, sus advertencias son ignoradas incluso cuando podrían ser genuinas.

El costo humano y la confianza institucional

Un aspecto del que Panetta también se hizo cargo fue la situación de los efectivos militares desplegados. El portaaviones USS Abraham Lincoln completó recientemente un despliegue de más de 260 días sin realizar una escala en puerto. Un período de esa extensión en zona de operaciones genera deterioro en las condiciones de vida, agota la salud mental de la tropa y cuestiona si existe un plan coherente de rotación. Las fuerzas armadas, en cualquier democracia, dependen de un contrato implícito con los ciudadanos: se espera que quienes portan armas en nombre del Estado sean cuidados institucionalmente, que sus sacrificios sean respetados y que no sean expuestos a riesgos indefinidos sin justificación estratégica clara. Cuando ese contrato se quiebra, cuando los soldados perciben que están siendo usados sin un objetivo coherente, la confianza en las estructuras de mando se resquebraja.

Las encuestas que Panetta citó reflejan que una mayoría de ciudadanos estadounidenses considera el conflicto con Irán un error y se opone a su continuidad. Esta brecha entre la posición de quienes toman decisiones y la opinión pública es otro síntoma de crisis estratégica. Cuando existe un desalineamiento tan significativo, se plantean preguntas sobre la legitimidad del curso de acción y sobre los costos que la sociedad está dispuesta a tolerar. El vicepresidente, cuestionado sobre si esperaba que el conflicto terminara antes de las elecciones intermedias de noviembre, rehuyó dar una respuesta directa, argumentando que la pregunta debería dirigirse a Irán. Esta evasiva refleja la incertidumbre que reina en los niveles superiores de decisión.

La conclusión que surge de estos elementos —estancamiento militar probable, divisiones institucionales visibles, erosión de credibilidad, desgaste de tropas, descontento ciudadano, e incertidumbre en los liderazgos— apunta a un escenario donde el conflicto no solo durará más tiempo del deseable, sino que lo hará sin una dirección clara ni una estrategia que genere consenso. Los próximos meses determinarán si es posible encontrar una salida que satisfaga los intereses de seguridad estadounidenses sin profundizar el daño ya causado, o si por el contrario, el statu quo de confrontación periódica se consolida como la nueva normalidad, con todas las implicancias que ello conlleva para la estabilidad regional, el orden económico global y la cohesión de las instituciones militares estadounidenses.