Cuando los investigadores llegaron a la propiedad de Gagik Tsarukyan el 8 de junio pasado, no venían a inspeccionar animales exóticos ni a admirar mansiones de mármol. Su misión era más incómoda: formular acusaciones de evasión fiscal contra uno de los empresarios más ricos y controvertidos de Armenia. Sin embargo, lo que sucedía simultáneamente en una montaña a las afueras de Ereván revelaba mucho más sobre las ambiciones sin límites de este personaje: allí se levantaba, pieza tras pieza, lo que se convertiría en la estatua de Jesús más alta del mundo. Mientras la carrera política de Tsarukyan se desmoronaba tras obtener menos del 4% de los votos en las recientes elecciones parlamentarias, su proyecto megalómano avanzaba imparable, transformándose en un símbolo viviente de las tensiones que atraviesan Armenia en la actualidad: entre la modernidad y la tradición, entre el poder empresarial concentrado y los intentos de reformar un sistema político heredado del pasado soviético, entre la celebración de una identidad cristiana ancestral y el rechazo a sus manifestaciones más extravagantes.

Fortuna, poder y una carrera en declive

La trayectoria de Tsarukyan refleja, en muchos sentidos, la historia turbulenta de Armenia desde el colapso de la Unión Soviética. Antiguamente campeón de lucha libre, este empresario construyó su imperio aprovechando las décadas caóticas que siguieron a la independencia, acumulando riquezas vertiginosas a través de negocios en apuestas, bebidas alcohólicas y minería. Durante veinte años, se posicionó como uno de los intermediarios de poder más influyentes del país, beneficiándose de vínculos estrechos con figuras políticas como el expresidente Robert Kocharyan y consolidando un grupo reducido de hombres de negocios conectados políticamente que llegaron a dominar vastos sectores de la economía armenia.

Este modelo de concentración de poder y riqueza, que parecía intocable, comenzó a resquebrajarse con la llegada de Nikol Pashinyan al poder en 2018, tras la denominada Revolución de Terciopelo. El actual primer ministro construyó su plataforma política sobre la promesa explícita de desmantelar el sistema oligárquico que había caracterizado a Armenia durante dos décadas. Pashinyan no dudó en apuntar directamente a Tsarukyan como encarnación viviente del viejo orden corrupto, llegando incluso a revivir episodios sombríos del pasado soviético del empresario, incluyendo una condena por violación en grupo de 1979 que sería anulada tras la independencia del país. En su discurso de victoria del 7 de junio, Pashinyan fue más allá: prometió encarcelar a sus opositores políticos, mencionando específicamente a Tsarukyan, a Kocharyan y al multimillonario Samvel Karapetyan. Al día siguiente, como si fuera un acto simbólico de esa promesa, investigadores llegaban a la finca del empresario con cargos relacionados con impuestos.

Un monumento al ego y la fe reconfigurada

Frente a esta adversidad política y legal, Tsarukyan optó por una estrategia de resistencia inesperada: monumentalizar su propia visión del futuro armenio. En una entrevista concedida en su pueblo natal de Arinj, vestido enteramente de lino blanco con zapatillas a juego, describió con evidente satisfacción su proyecto de erigir una colosal estatua de Jesús Cristo de 101 metros de altura en el monte Hatis, a unos 25 kilómetros al este de Ereván. Una vez completada, esta figura empequeñecería significativamente al icónico Cristo Redentor brasileño y superaría en altura a la Estatua de la Libertad neoyorquina. Desde cualquier punto de la capital armenia, la estatua sería visible, convirtiéndose en un marcador permanente del horizonte urbano.

El empresario justificó su ambición apelando a la historia religiosa de Armenia. La nación caucásica ostenta el título de país cristiano más antiguo del mundo, con su conversión oficial datada en el año 301 de nuestra era, casi una década antes de que el imperio romano adoptara el cristianismo de manera oficial. Para Tsarukyan, esta primacía histórica justificaba no solo la construcción de una estatua gigantesca, sino también su supremacía dimensional. "Somos la nación cristiana más antigua del mundo", afirmó. "Tiene sentido que tengamos la estatua de Jesús más grande del mundo". Más aún, el empresario expresó sus aspiraciones de que el proyecto resonara con una tendencia global emergente: la fusión de fe religiosa con nacionalismo y conservadurismo cultural, la tendencia visible en movimientos políticos que van desde el MAGA estadounidense hasta partidos de extrema derecha europeos. "Por supuesto, Trump está invitado. Esperamos que venga", afirmó Tsarukyan, mencionando que una delegación estadounidense no oficial desde la embajada norteamericana ya había visitado el sitio de la montaña.

La oposición de las instituciones tradicionales

Sin embargo, la ambición de Tsarukyan no ha encontrado unanimidad en su propia tierra. La Iglesia Apostólica Armenia, la institución religiosa más antigua del país y guardiana de siglos de tradición cristiana armenio, ha expresado su oposición frontal al proyecto. Los líderes eclesiásticos argumentan que la escala masiva de la estatua y su estilo no guardan coherencia con las tradiciones religiosas y arquitectónicas armenias. Históricamente, sostienen, la fe cristiana en Armenia se ha expresado a través de estructuras más íntimas: monasterios, iglesias y khachkares, esas cruces de piedra intrincadamente talladas que son únicas en Armenia y han dotado al paisaje de significado espiritual durante más de mil años. Una colosal estatua modelada según monumentos de otros lugares del mundo, argumentan los jerarcas, representa una ruptura con esa lógica ancestral.

Los ambientalistas también han alzado sus voces con preocupación. Advierten que la construcción a gran escala podría provocar daños duraderos en el ecosistema natural del monte Hatis, alterando la geografía y la biodiversidad de una región que mantiene aún cierto carácter salvaje. Ante estos cuestionamientos, Tsarukyan ha adoptado una estrategia defensiva que mezcla la negación con la demostración de buena fe. Rechaza las objeciones del clero argumentando que mantiene relaciones cordiales con la Iglesia Apostólica Armenia y apunta a ocho templos que asegura haber financiado en distintas partes del país. Respecto a las críticas ambientalistas, simplemente las descarta, insistiendo en que los beneficios económicos y turísticos del proyecto superan cualquier preocupación sobre el terreno. Más aún, Tsarukyan proyecta que la estatua atraería a 10 millones de turistas anuales una vez completada, posicionando a Armenia en el mapa del turismo mundial de manera sin precedentes.

Logística desproporcionada y proyectos futuros

La construcción del monumento, que ha avanzado de manera intermitente desde 2022, presenta desafíos técnicos casi tan ambiciosos como el proyecto mismo. En sus primeras fases, Tsarukyan contempló trasportar secciones de la estatua mediante helicópteros, una solución que eventualmente fue descartada en favor de un enfoque más convencional: acarrear las enormes piezas montaña arriba mediante camiones y ensamblarlas en el sitio. Actualmente, en un patio de construcción en las afueras de Ereván, la figura blanca de Jesús se alza sobre pilas de piedra, grúas y edificios de taller, proyectando una imagen casi surrealista en el paisaje árido. Los transeúntes se detienen para fotografiar la colosal silueta, generando debates improvisados sobre sus méritos: algunos celebran lo que ven como un símbolo que posicionará a Armenia en la conciencia mundial; otros cuestionan la pertinencia de semejante escala y expresión.

Para Tsarukyan, la estatua de Jesús representa apenas el primer acto de un proyecto más amplio de transformación territorial. Simultáneamente, se encuentra en construcción una segunda atracción bíblica de proporciones similares: un Arca de Noé gigantesca con dimensiones de 134 metros de largo, 24 de ancho y 18 de alto. Esta estructura albergaría un museo en su planta baja, un hotel en el primer piso y un café en el segundo. Tsarukyan describe estos emprendimientos como "sagrados", la manera mediante la cual inscribirá su nombre en la historia, dejando un legado visible para el mundo tanto durante su vida como después de ella. Sin embargo, esta narrativa de permanencia y trascendencia contrasta fuertemente con la incertidumbre legal que lo rodea. Cuando se le preguntó sobre las acusaciones fiscales y las amenazas de encarcelamiento, Tsarukyan respondió con una pregunta retórica: "¿Cómo puede un hombre tener miedo? ¿Por qué tener miedo? ¿Por qué me encarcelarían?". Rechazó categóricamente los informes de que había intentado huir del país antes de que se formularan los cargos, asegurando que solo había planeado un viaje breve a los Emiratos Árabes Unidos que fue interrumpido.

Reflexiones sobre el legado y las contradicciones de un proyecto sin precedentes

Lo que está sucediendo en Armenia en torno a la estatua de Jesús más grande del mundo permite observar múltiples capas de contradicción y complejidad. Por un lado, existe una pregunta legítima sobre cómo una democracia en transición maneja el poder concentrado de oligarcas cuya riqueza proviene de sistemas anteriores. La promesa de Pashinyan de reformar el sistema oligárquico resonó con amplios sectores de la población, y su victoria electoral refleja eso. Por otro lado, la cuestión de si perseguir penalmente a opositores políticos mediante cargos que parecen oportunamente sincronizados con su derrota electoral representa un uso problemático del aparato judicial es una preocupación legítima. El monumento mismo plantea interrogantes sobre la identidad cultural: ¿debe Armenia reinventar su herencia cristiana mediante símbolos colosales importados de lógicas occidentales, o mantener sus tradiciones arquitectónicas y espirituales ancestrales? Los beneficios económicos potenciales del turismo deben sopesarse contra los costos ambientales y culturales. La visión de Tsarukyan, si se ejecuta completamente, transformaría el paisaje armenio de manera irreversible, creando un monumento que podría atraer visitantes internacionales o podría resultar un blanco de crítica por décadas. Mientras tanto, la estatua permanece en construcción, esperando el momento en que sus piezas asciendan la montaña, un símbolo tanto de ambición sin límites como de las tensiones profundas que atraviesan a Armenia en su camino hacia qué tipo de nación quiere ser.