La semana pasada, un video circuló por redes sociales que dejó expuesta una tendencia inquietante que atraviesa el continente americano: la instrumentalización de cadáveres como herramientas de comunicación política. Abelardo De La Espriella, presidente de Colombia desde hace apenas treinta días, caminaba entre filas de bolsas blancas conteniendo lo que él identificaba como restos de veintitrés combatientes de grupos ilegales. La escena, acompañada de una música épica de corte hollywoodense, fue presentada como prueba de que el mandatario cumplía sus promesas electorales. Lo que sucedió después no fue simplemente la reacción esperada de un sector político; fue el disparo de una alarma sobre cómo las democracias latinoamericanas están siendo capturadas por una lógica de espectáculo donde el cadáver deja de ser vestigio de tragedia humana para convertirse en decorado de un relato de poder.
De La Espriella llegó a la presidencia con un discurso de confrontación total contra las organizaciones armadas ilegales. Durante su campaña electoral prometió una "guerra sin cuartel" contra estos grupos, un mensaje que resonó en sectores de la población cansados de la violencia. Sin embargo, lo que distingue su accionar no es únicamente la dureza de sus políticas de seguridad —tema central en la política colombiana desde hace décadas— sino la manera deliberada en que decidió documentar y compartir públicamente una operación militar realizada en la región amazónica. Al subir el video a sus cuentas de redes sociales el jueves pasado, acompañado de un mensaje donde proclamaba estar cumpliendo su promesa de no "jugar amistosamente" con "asesinos, extorsionadores y reclutadores de menores", el presidente le otorgaba una dimensión nueva al acto: ya no era simplemente una operación táctica, sino un acto de comunicación dirigido a su audiencia electoral. El mensaje incluía además la frase "Viva Cristo Rey", combinando así referencias religiosas con la celebración de muertes en combate.
La reacción y el debate sobre lo visible y lo permitido
Los críticos no tardaron en pronunciarse. Iván Cepeda, candidato de izquierda que perdió frente a De La Espriella en los comicios de junio, escribió en redes sociales que el mandatario transitaba entre las bolsas con los cadáveres casi pisándolos, demostrando así una actitud de desprecio. La descripción que Cepeda hizo enfatizaba una contradicción: De La Espriella se proclamaba cristiano mientras demostraba lo que Cepeda caracterizaba como una ausencia total de sensibilidad humanitaria. Daniel Monroy, legislador de tendencia progresista, acuñó el término "necropolítica" para describir lo que estaba ocurriendo: la transformación de la muerte en un espectáculo performativo donde los cuerpos son utilizados como props en una narrativa de poder. Monroy subrayó la extrañeza de la escena: un funcionario caminando entre muertos mientras invocaba el nombre de Dios para justificar lo que caracterizaba como un espectáculo innecesario. Incluso Gustavo Petro, predecesor de De La Espriella en la presidencia y figura de peso en la política colombiana, tuitea que transformar la muerte en trofeo era algo "que solo gente sin alma podía hacer".
La respuesta del presidente a estas críticas fue tan reveladora como la acción original. De La Espriella escribió que perdonar a los terroristas era "asunto de Dios", pero que enviarlos para "reunirse con Él" —si es que ese fuera su destino— era responsabilidad presidencial. Esa respuesta no solo rechazaba la crítica; la invertía, transformando la culpabilidad en virtud. El presidente argumentaba que su dureza era exactamente lo que los electores que lo votaron querían, que no había nada contranatural en su proceder sino simplemente coherencia entre promesas de campaña y acciones de gobierno. Este intercambio de argumentos reveló un abismo en cómo distintos sectores de la sociedad colombiana conceptualizan la seguridad pública, la justicia y los límites de lo que un funcionario público debería hacer públicamente.
Un fenómeno continental: cuando la violencia se viraliza
Lo que hace especialmente preocupante el video de De La Espriella no es que sea un caso aislado, sino que refleja una tendencia más amplia que está ganando terreno en toda América. La región está experimentando una oleada de políticos de derecha que han descubierto que los videos de operativos militares, redadas policiales y confrontaciones con criminales funcionan como contenido altamente efectivo en redes sociales. Nayib Bukele, presidente de El Salvador, pionero de esta estrategia, ha publicado videos pulidos y visualmente impactantes de su megacárcel, transformando lo que podría ser un tema de preocupación por derechos humanos en una pieza de entretenimiento político. Donald Trump, aunque no es latinoamericano, ha proporcionado un modelo internacional de este tipo de comunicación, publicando repetidamente imágenes de barcos presuntamente vinculados al tráfico de drogas siendo destruidos en el Caribe y el Pacífico.
En Brasil, donde se acercan elecciones presidenciales programadas para octubre, esta tendencia ha adquirido tonalidades aún más extremas. Múltiples candidatos están prometiendo crackdowns letales contra los traficantes que controlan las favelas de Río de Janeiro. Renan Santos, uno de estos candidatos, expresó públicamente que iba a "teñir el suelo de rojo con la sangre de estos miserables", prometiendo una "masacre" si llegaba a ocupar la presidencia. Flávio Bolsonaro, principal retador del incumbente Luiz Inácio Lula da Silva, ha prometido una guerra contra lo que denomina "narcoterrorismo", aunque investigaciones periodísticas han señalado conexiones entre él, sus allegados y estructuras del crimen organizado. Su lema ha sido particularmente explícito: "Los criminales serán sacados de circulación, ya sea parados o acostados", una amenaza apenas velada de ejecuciones sumarias. Felipe Curi, ex jefe de policía candidato a diputado en Río, ha llevado esta estrategia visual un paso más allá: utiliza videos generados con inteligencia artificial donde aparece disparando contra hombres armados en las favelas, superponiendo su imagen sobre fotografías de cadáveres de ciento veintidós personas asesinadas durante las redadas policiales más letales de la historia reciente de la ciudad.
Este fenómeno no es meramente comunicacional; representa un cambio en cómo ciertos sectores políticos entienden la función del ejercicio del poder público. En lugar de utilizar las redes sociales para explicar políticas, legislación o iniciativas de largo plazo, estos funcionarios están utilizando plataformas digitales para transmitir un mensaje de violencia ejecutada, casi como si fuera un espectáculo de entretenimiento. El hecho de que esto ocurra simultáneamente en múltiples países sugiere una contagio ideológico donde la efectividad electoral de una estrategia en un territorio inspira su replicación en otros. Los algoritmos de las plataformas digitales, diseñados para priorizar contenido que genera engagement, potencian este fenómeno al darle mayor visibilidad a videos violentos o polémicos que generan reacciones intensas de los usuarios.
Implicancias sistémicas y futuro incierto
Las consecuencias potenciales de esta normalización de la violencia como contenido político son múltiples y preocupantes desde distintas perspectivas. Por un lado, desde la óptica de la institucionalidad democrática, el fenómeno sugiere una erosión de las normas que históricamente han limitado el comportamiento de funcionarios públicos. Cuando un presidente camina entre cadáveres y lo documenta para redes sociales, está estableciendo un nuevo estándar de lo que se considera aceptable en el ejercicio del poder ejecutivo. Por otro, desde la perspectiva de la seguridad pública, estos videos pueden estar generando efectos contraproducentes al transformar problemas complejos de inseguridad en narrativas simplistas de confrontación binaria. En tercer lugar, desde el ángulo de los derechos humanos, la circulación de imágenes de cadáveres como herramienta política plantea interrogantes sobre la dignidad de los muertos y la responsabilidad de los estados en preservarla incluso en contextos de conflicto armado. Finalmente, desde una perspectiva electoral y de comportamiento político, estos videos están claramente teniendo un efecto movilizador en sectores de la población que valoran las promesas de mano dura, lo que sugiere que este tipo de comunicación seguirá siendo utilizada mientras continúe siendo electoralmente efectiva. El futuro inmediato probablemente incluya más de este tipo de contenido, una escalada visual donde cada funcionario intenta superar al anterior en dramatismo y crudeza, transformando así el ejercicio del poder estatal en una competencia por quién puede proyectar mayor ferocidad.



