Durante más de una década, un basamento de piedra en el bulevar Taras Shevchenko de Kyiv ha permanecido en un estado que refleja la transición turbulenta de una nación. Descascarado, manchado de pintura blanca y cubierto de grafitis, ese espacio vacío cuenta una historia de ruptura que va mucho más allá de la simple ausencia de una escultura. Donde una vez se erguía la figura de Lenin —símbolo del dominio soviético durante décadas— ahora hay un hueco que los ciudadanos han intentado rellenar simbólicamente con un tridente ucraniano. Esa brecha de poco más de una década representa algo profundo: el momento en que una sociedad decidió que su futuro no podía construirse sobre los cimientos de su pasado imperial. Desde 2013, ese pedestal vacío ha sido testigo mudo de cómo una nación intenta redefinirse a sí misma, y ahora, una propuesta presidencial busca darle nuevo significado al lugar.
La demolición de la estatua de Lenin no fue un acto de conservadores municipales o eruditos académicos debatiendo en salones cerrados. Fue obra de multitudes enfurecidas durante los días tumultuosos de la revolución de Maidán, cuando Ucrania se levantó contra un gobierno alineado con Moscú. Los manifestantes no solo derrumbaron la escultura; la atacaron con martillos, despedazándola en lo que funcionó como catarsis colectiva. Ese momento, ocurrido durante las convulsiones políticas que sacudieron al país en 2013 y 2014, marcó un quiebre simbólico que trascendería mucho más allá de esa plaza específica. Lo que sucedió en Taras Shevchenko Boulevard se replicó en decenas de ciudades: la desmantelación sistemática de la herencia soviética del espacio público ucraniano. El proceso, conocido como "descomunnización", había comenzado tímidamente tras la independencia de 1991, pero aceleró dramáticamente cuando Rusia anexionó Crimea y se intensificó hasta volverse frenético tras la invasión a gran escala de 2022.
Un cambio de guardia simbólico
A mediados de junio pasado, el presidente Volodymyr Zelenskyy pronunció un discurso junto a un busto del caudillo cosaco Ivan Mazepa en el monasterio Pechersk Lavra, un complejo religioso milenario que poco tiempo antes había sufrido bombardeos de drones rusos. Las palabras del mandatario fueron contundentes y cargadas de intención: "Tengo la certeza de que donde Lenin se desplomó, Mazepa permanecerá firme". Con esa declaración, Zelenskyy no solo sugería un cambio arquitectónico en una plaza urbana; proponía un acto de reimaginación histórica que enfrentara directamente la narrativa impuesta durante más de un siglo por Moscú. La propuesta de reemplazar a Lenin con Mazepa transformó rápidamente un asunto de urbanismo en un debate nacional sobre quién es Ucrania y qué valores desea que representen sus espacios públicos. El líder cosaco, quien en el siglo XVII intentó equilibrar los intereses de Moscú y Varsovia antes de girar dramáticamente su lealtad en 1708 cuando el zar Pedro el Grande se negó a defender el territorio ucraniano de invasores suecos, encarna un dilema que ha atormentado a Ucrania durante siglos: cómo mantener la independencia frente a vecinos poderosos.
Nataliia Kryvda, docente de historia cultural en la Universidad Nacional Taras Shevchenko, ofrece una perspectiva académica sobre este fenómeno más amplio. Según su análisis, Ucrania atraviesa un período incompleto de descolonización cultural. La Unión Soviética absorbió deliberadamente las culturas nacionales de sus repúblicas constituyentes, intentando forjar una ciudadanía homogénea bajo la identidad "soviética". Moscú, en su interpretación contemporánea, continúa viendo a Ucrania como parte de un mismo pueblo, una noción que rechaza completamente la historiadora. "Tenemos nuestra propia mentalidad, destino histórico, creencias y sueños. Nuestra identidad es un proceso dinámico", enfatiza Kryvda. Aunque reconoce que Mazepa fue una "personalidad contradictoria" y no un "héroe ideal", la académica ve en su figura algo esencial: un líder que cambió de dirección política en el momento crucial y se convirtió en símbolo de resistencia frente a la imposición externa. El hecho de que Mazepa haya sido calificado por los bolcheviques como traidor y que sus acciones dieran lugar al término peyorativo "mazepistas" para referirse a patriotas ucranianos modernos, demuestra cómo una potencia hegemónica puede distorsionar la Historia para moldear la identidad de sus vecinos sometidos.
Recuperar voces propias en un contexto de guerra
Mientras Kyiv debate sobre qué estatuas remover y dónde instalar nuevas, otros procesos paralelos ocurren en el país. Hace poco, trabajadores municipales retiraron un monumento dedicado a Mijaíl Bulgákov, el escritor ruso del siglo XX cuya obra maestra "La Guardia Blanca" retrató la Kyiv revolucionaria de 1918-1919. La escultura, erigida en 2007 en la calle Andriyivsky Descent —una de las más pintorescas de la capital—, fue votada para su remoción por el concejo municipal. Liudmyla Habianuri, directora del museo de Bulgákov ubicado en la casa donde vivió el novelista, no se opuso a la medida, describiéndola incluso como necesaria. Sin embargo, su explicación resulta más matizada que un simple acto de censura histórica. Habianuri reconoce que Bulgákov escribió negativamente sobre las fuerzas nacionalistas ucranianas en su novela, pero enfatiza que el autor fue principalmente un satírico que criticaba a prácticamente todos: comunistas, sacerdotes, burócratas. El dilema que plantea es antropológico y existencial: ¿cómo una nación bajo ataque militar puede mantener una relación equilibrada con su patrimonio cultural cuando ese patrimonio está escrito en el idioma del agresor y desde una perspectiva que no defiende sus valores?
Habianuri formula una observación psicológica inquietante sobre lo que está ocurriendo en Ucrania bajo las presiones de la guerra actual. Los ciudadanos se formulan la pregunta más dolorosa posible: "¿Quién soy?". Cuando alguien ha crecido hablando ruso, viendo películas rusas, consumiendo cultura rusa, y de repente ve que los rusos están matando a su gente, surge una contradicción irreconciliable que obliga a replantearse la identidad de raíz. Este fenómeno ha generado lo que Habianuri denomina un período de "simplificación", donde la complejidad nuancera desaparece: las cosas son blancas o negras, a favor o en contra. En este contexto binario, Bulgákov —como ruso que no escribió desde la perspectiva de los defensores de Ucrania— no puede recibir una calificación positiva, independientemente de sus méritos literarios o su actitud crítica ante el régimen soviético. Alim Aliev, escritor y activista tártaro de Crimea, ve en estos movimientos algo diferente: una recuperación tardía de la voz propia. "Estamos reclamando nuestras propias voces y nombres", señala. Como ejemplo de esta reclamación identitaria, menciona que la imagen del poeta y disidente ucraniano Vasyl Stus aparecerá en un nuevo billete de 2.000 Hryvnia a partir de septiembre. Stus, quien estudió en Donetsk —la ciudad del Donbás actualmente ocupada por fuerzas rusas— y fue símbolo del renacimiento nacional ucraniano antes de morir en 1985 en un campo de prisioneros soviético, representa precisamente el tipo de figura que Ucrania desea colocar en el centro de su narrativa nacional.
La cuestión de las estatuas de escritores rusos ha generado un movimiento más amplio de revisión. Monumentos dedicados a Aleksandr Pushkin, el coloso de la literatura rusa del siglo XIX, han sido retirados de distintas ciudades ucranianas. Aliev argumenta que la perspectiva de Pushkin sobre Crimea era fundamentalmente imperial. Su poema narrativo "La Fuente de Bakhchisaray" exotiza a los tártaros de Crimea y los describe desde una óptica colonial que negaba su agencia histórica. Para Aliev, remover estas estatuas no constituye un acto de censura cultural arbitraria, sino un ejercicio de descolonización: rechazar la imposición de una mirada externa sobre la propia historia. Sin embargo, la directora del museo Bulgákov plantea una objeción interesante respecto a la ubicación específica del nuevo monumento de Mazepa. Aunque reconoce que el caudillo cosaco fue un "personaje único" cuya figura inspiró un célebre poema del escritor británico Lord Byron, cuestiona si el basamento de Taras Shevchenko es el sitio apropiado. Su argumento tiene raíces históricas: durante la Segunda Guerra Mundial, los ocupantes nazis utilizaron ese lugar para ahorcamientos. "Entiendo que es un golpe directo contra Rusia, pero no es el lugar correcto para un héroe", sostiene.
La complejidad de la memoria colectiva
Lo que está sucediendo en Kyiv en torno a sus monumentos refleja una paradoja que enfrentan muchas naciones cuando sus fronteras, su soberanía o su identidad se ven amenazadas: la necesidad de construir una narrativa nacional cohesiva choca con el imperativo de reconocer la complejidad histórica. El basamento vacío de Taras Shevchenko Boulevard durante más de diez años funcionó como un espacio de espera, una pausa que permitía a la sociedad ucraniana reflexionar sobre qué desea que ese lugar simbolice. La propuesta de Mazepa no es, en ese sentido, una ocurrencia repentina, sino el resultado de un proceso de maduración colectiva. Ivan Mazepa, quien gobernó como hetmán —jefe supremo— de la Ucrania cosaca, fue un mecenas de las artes y financió la renovación barroca de la Catedral de la Dormición en el monasterio Pechersk Lavra. Ese mismo edificio sufrió daños hace poco cuando un dron ruso se estrelló contra su techo en junio, provocando un incendio que ennegrecimiento los iconos externos de santos. La ironía no es casual: la figura que se propone honrar es también quien financió el templo que hoy es atacado por el país que pretendía mantener a Ucrania bajo su órbita ideológica.
La decisión municipal de remover la estatua de Bulgákov y devolverla cuidadosamente a la familia del escultor fallecido, Mykola Rapay, ilustra que no se trata de destrucción vandálica sino de un proceso institucional deliberado. La hija del escultor, Kateryna, exigió garantías de que la obra permanecería "fuera del espacio público", asumiendo el rol de custodio de una creación que, aunque es técnicamente propiedad de su familia, representa algo que trasciende la propiedad privada: un testimonio de cómo la cultura rusosoviética se incrustó en el tejido urbano ucraniano. Las perspectivas sobre estos cambios varían significativamente según quién las exprese. Una visitante ucraniana, Olena Polishchuk, quien emigró al Reino Unido tras la invasión rusa de 2022 y viajó a Kyiv para visitar el monasterio Pechersk Lavra, expresó su apoyo a la conmemoración de Mazepa como "un hombre famoso" y "una parte importante de nuestra historia". Sin embargo, esta unanimidad aparente oculta tensiones más profundas respecto a cómo una sociedad, mientras sufre un conflicto armado existencial, debe gestionar su relación con su propio patrimonio cultural heredado.
Los procesos de descomunitarización y reestructuración identitaria que Ucrania está atravesando generarán consecuencias complejas en múltiples dimensiones. Desde una perspectiva de consolidación nacional, estos cambios pueden fortalecer una identidad ucraniana diferenciada que resista la asimilación o subordinación futura a potencias externas. El mensaje simbólico de reemplazar a Lenin con Mazepa comunica claramente que Ucrania ve su futuro ligado a figuras que se rebelaron contra la dominación externa, no a iconos de sistemas imperiales. Sin embargo, desde otra óptica, estos procesos corren el riesgo de simplificar la complejidad histórica en una narrativa maniqueísta donde el pasado se divide entre lo "ucraniano" y lo "extranjero", potencialmente borrando matices culturales valiosos. La cuestión de si es posible mantener una relación crítica y matizada con la cultura rusa mientras se rechaza la agresión política rusa permanece abierta. Igualmente incierto es si la instalación de nuevos monumentos, sin un diálogo público exhaustivo sobre qué representan realmente, logrará el objetivo de forjar cohesión identitaria o simplemente reemplazará un conjunto de símbolos problemáticos con otro que podría, eventualmente, enfrentar sus propias contradicciones.



