La región meridional del Líbano enfrenta una catástrofe ambiental sin precedentes que excede las dimensiones tradicionales del conflicto bélico. Desde hace semanas, extensas áreas boscosas arden en llamas alimentadas deliberadamente por municiones incendiarias, drones equipados con materiales inflamables y proyectiles de fósforo blanco lanzados desde territorio israelí. Los bomberos locales, residentes desplazados y organizaciones conservacionistas han documentado un patrón sistemático de destrucción ecológica que va más allá de los enfrentamientos militares convencionales. La gravedad del fenómeno radica en que transforma el medio ambiente en una herramienta de guerra, con consecuencias que afectarán durante décadas la capacidad de regeneración de ecosistemas enteros y la posibilidad misma del retorno de poblaciones civiles a sus territorios de origen.

El testimonio de quienes luchan contra las llamas

Hussein Fakih, jefe de la defensa civil en la región de Nabatiye, ofrece un panorama desolador de la situación en primera línea. Según sus declaraciones, la mayoría de las operaciones de emergencia ya no responden a las contingencias típicas de una zona de conflicto, sino que se concentran exclusivamente en combatir incendios forestales. En las proximidades de las líneas de enfrentamiento, entre el 30 y el 40 por ciento del territorio ha sido afectado por fuegos que avanzan sin control. Fakih describe una rutina aterradora: pequeños drones descargan materiales incendiarios sobre las zonas boscosas casi a diario, complementados por bombardeos con fósforo blanco y bengalas de iluminación que, lanzadas deliberadamente sobre vegetación seca, generan conflagraciones masivas. Cuando los equipos de emergencia intentan extinguir los focos, nuevos ataques de drones los obligan a retirarse, interrumpiendo los trabajos de contención.

En la zona de Nabatiye específicamente, los bomberos enfrentan una restricción adicional que complica aún más sus labores. El protocolo de coordinación requiere que comuniquen sus movimientos a través del ejército libanés, el cual a su vez debe solicitar autorización a un mecanismo de "desconflicción" que incluye participación de fuerzas militares israelíes. Esta cadena administrativa ha resultado en que, en numerosas ocasiones, los permisos para combatir incendios se otorguen únicamente en dos o tres sectores mientras decenas de focos de fuego continúan propagándose sin intervención posible. La consecuencia es que los equipos de respuesta rápida se ven obligados a presenciar la extensión de las llamas en territorio donde formalmente carecen de autorización para actuar.

Una estrategia de destrucción que escaló tras el cese del fuego

Lo particularmente significativo de esta campaña de incendios es su intensificación después del 17 de junio, fecha en que se implementó un acuerdo que redujo sustancialmente los enfrentamientos directos entre fuerzas de Hezbollah e Israel. Lejos de significar un período de reconstrucción o contención de daños, este intervalo ha visto una aceleración de la destrucción ambiental. Los testimonios de civiles y primera respuesta coinciden en señalar que fue precisamente después del cese del fuego cuando comenzó el lanzamiento diario de municiones incendiarias. Samir Hardan, jefe de la estación de defensa civil en áreas de Jezzine, documenta un caso ilustrativo: el viernes se registró un incendio iniciado por un dron que lanzó munición en bosques cercanos a Kfarchouba. Después de que los bomberos sofocaran las llamas durante la noche y las extinguieran completamente el sábado, un segundo dron reactivó el fuego el domingo. Este patrón de quema, sofocación y reignición sugiere un propósito deliberado más que daño colateral.

Los métodos empleados revelan sofisticación logística y capacidad de reiteración. Además de drones equipados con carga incendiaria, se han documentado catapultas medievales (trebuchetes) utilizadas durante el verano de 2024 para lanzar escombros ardientes sobre la barrera fronteriza. La armada libanesa ha divulgado fotografías de drones equipados con mangueras que esparcen materiales inflamables sobre bosques. En febrero pasado, aviones israelíes lanzaron herbicidas asociados con riesgos oncológicos sobre tierras agrícolas. La combinación de estas tácticas demuestra que la destrucción ambiental no es un efecto secundario accidental sino un componente estructurado de operaciones territoriales.

Ecocidio: la perspectiva conservacionista

Expertos en conservación ambiental han caracterizado estos ataques como "ecocidio", un término que denota la destrucción sistemática de ecosistemas y su capacidad de sustentar vida. Hisham Younes, fundador de la organización conservacionista Green Southerners, enfatiza que no se trata de incidentes aislados sino de un patrón progresivo de erosión ecológica. Los bosques que arden son ecosistemas establecidos desde hace generaciones, dominados por pinos de piedra productivos junto con robles, y cumplen funciones críticas que trascienden el valor comercial. Estas áreas funcionan como pasos migratorios y zonas de descanso para aves migratorias cuyas rutas conectan diferentes continentes. La destrucción de estos espacios interrumpe ciclos biológicos que han permanecido estables durante siglos.

Younes plantea una perspectiva integral sobre las implicancias de la destrucción ambiental sistemática: no se limita al daño inmediato de árboles o fauna, sino que genera efectos cascada que socavan la capacidad de los ecosistemas para recuperarse, regenerarse y mantener la vida. Cuando estos efectos ambientales se entrelazan con la pérdida de medios de vida y la incapacidad de poblaciones civiles para retornar a sus hogares, la degradación del entorno se convierte en un mecanismo de transformación territorial profunda. La destrucción verde se fusiona con la desaparición de comunidades, creando un escenario donde la reconfiguración del paisaje refleja cambios políticos y sociales más amplios.

Memoria, patrimonio y pérdida irreversible

Para los residentes de pueblos fronterizos como Yaroun, la dimensión de estas destrucciones trasciende lo ambiental. El alcalde Hafez Ghasham describe un doble proceso de demolición: primero, máquinas de construcción arrasaron casi la totalidad de las viviendas (890 de 900 casas fueron derribadas), obligando a los pobladores a permanecer en el exilio y a acceder a imágenes satelitales de sus propias casas destruidas. Luego, cuando creían que lo peor había pasado, incendios consumieron los olivares ancestrales que sobrevivieron. Estos árboles no eran únicamente recursos productivos sino depósitos vivos de memoria familiar: muchos fueron heredados de abuelos y padres, encarnando la continuidad de generaciones enteras. Los residentes desplazados de Yaroun enfrentan ahora la perspectiva de retornar a un territorio donde no sólo se perdieron estructuras físicas sino también los vínculos verdes que los conectaban con su historia.

El alcalde de Yaroun articula una preocupación existencial que va más allá de cifras de hectáreas quemadas: sus conciudadanos temen que la intención subyacente sea transformar el territorio de tal manera que resulte inhabitable, borrando toda evidencia de ocupación humana previa. Si el tiempo transcurre sin que se restauren las condiciones ambientales, si los bosques no regeneran y los olivares no reaparecen, eventualmente el paisaje mismo olvidará que hubo un pueblo en ese lugar. La geografía se convierte en una forma de olvido forzado. Residentes de pueblos cristianos fronterizos como Rmeich y Aïn Ebel, entre los pocos que no fueron completamente evacuados, han documentado fotográficamente cómo los incendios avanzan desde estructuras demolidas hacia los márgenes vegetales, consumiendo lo que quedaba de espacios verdes comunitarios.

Contexto histórico y precedentes

La utilización de fuego como arma no es innovación reciente en la región. Desde que escalaron los enfrentamientos el 8 de octubre de 2023 —cuando Hezbollah lanzó proyectiles en solidaridad con operaciones de Hamas— se han registrado múltiples instancias de ataques contra la infraestructura ecológica del sur libanés. Fuerzas militares justificaron históricamente estos ataques argumentando que Hezbollah utilizaba las zonas boscosas como cobertura para combatientes y como red de túneles. Sin embargo, ecólogos y organizaciones de derechos humanos sostienen que la magnitud y sistematicidad de la destrucción ambiental actual excede considerablemente lo que podría justificarse como medida contra posiciones militares específicas. Los bosques atacados incluyen extensiones que carecen de valor militar estratégico evidente pero que poseen importancia capital para la sostenibilidad de poblaciones civiles que dependen de agricultura, apicultura y ganadería forestal.

Los expertos en salud pública y conservación ambiental advirtieron con particular énfasis tras el lanzamiento de herbicidas en febrero respecto de consecuencias sanitarias diferidas. Los compuestos químicos utilizados presentan vínculos establecidos con enfermedades oncológicas, lo que significa que la población civil expondrá sus cuerpos a riesgos de salud durante años posteriores a los conflictos armados. Esta temporalidad extendida del daño —donde los efectos se despliegan lentamente en tiempo de paz— amplifica la dimensión de la catástrofe más allá de lo que pueden registrar estadísticas inmediatas de destrucción.

Implicancias futuras y escenarios posibles

Las consecuencias de la destrucción ambiental sistemática que experimenta el sur del Líbano se desplegarán en múltiples direcciones según cómo evolucionen los próximos meses. Si los incendios continuaran sin intervención que logre contenerlos, la degradación de suelos, la pérdida de biodiversidad y la interrupción de ciclos hidrológicos podrían generar condiciones ecológicas radicalmente distintas durante décadas. Algunos analistas sugieren que esta transformación territorial acelerada podría dificultar drásticamente el retorno de poblaciones desplazadas, redefiniendo la geografía política de la región. Otros perspectivas, que enfatizan la resiliencia de ecosistemas mediterráneos, consideran que con políticas de reforestación e intervención ambiental coordinada, la región podría recuperarse, aunque en escalas temporales de generaciones. Lo que resulta innegable es que la reconstrucción física de edificios y viviendas será completamente insuficiente si no se acompaña de una estrategia ambiental comparativamente ambiciosa. Las poblaciones desplazadas no simplemente necesitan estructuras habitacionales sino la restauración de los paisajes que conformaban sus formas de vida, sus sistemas productivos y sus identidades territoriales. Sin esa restauración ambiental, cualquier regreso será a un territorio esencialmente distinto del que abandonaron.