Ucrania acaba de parirse a sí misma en la pantalla grande. Y lo hizo de la manera más brutal, más real, más desgarradora posible: filmando una película de acción dentro de una guerra en curso, mezclando actores profesionales con soldados de verdad, explosiones simuladas con alertas aéreas genuinas, y una tecnología de combate tan novedosa que los equipos de producción tuvieron que inventar nuevas formas de documentarla. Killhouse llegó esta semana a los cines con una propuesta que suena casi imposible: ser simultáneamente un thriller de entretenimiento de dos horas y media y un documental vivo de cómo se desarrolla la guerra moderna en el siglo XXI.

El comparativo que se escucha en los pasillos de la industria cinematográfica es inevitable: se trata de la respuesta ucraniana a Saving Private Ryan, pero actualizada para una era donde los drones son protagonistas indiscutibles del campo de batalla. No es simplemente una película sobre la guerra. Es una película hecha dentro de la guerra, por personas que viven la guerra, que interrumpían las grabaciones para refugiarse en búnkeres cuando sonaban las alarmas aéreas. El director Liubomyr Levytskyi y su equipo tomaron una decisión que otros cineastas nunca se hubieran atrevido a tomar: filmar en pleno conflicto, sin garantías, con la incertidumbre como coguionista permanente.

La semilla de una historia imposible de ignorar

Todo comenzó con un relato que llegó a oídos de Levytskyi de manera casual, casi como esos chismes que uno escucha en una cena y después no puede sacarse de la cabeza. Un periodista amigo le contó sobre una operación de rescate real que parecía sacada directamente de un guión de cine de acción. Una pareja intentaba recuperar a sus familiares mientras el fuego enemigo caía a su alrededor. El hombre resultó herido de gravedad. Fue entonces cuando intervino una unidad militar ucraniana ubicada estratégicamente en la zona: enviaron un dron equipado con algo tan simple como revolucionario: una hoja de papel con dos palabras escritas: "Sígueme".

La mujer, en medio del pánico, la confusión y el ruido infernal de la batalla, decidió confiar en esa máquina voladora. Esquivó minas antipersona. Se abrió paso entre balas. Los soldados rusos, en un acto de brutalidad que resumía toda la barbarie del conflicto, lanzaron al marido inconsciente a una trinchera. Y sin embargo, sobrevivió. Levytskyi quedó atónito cuando vio el material audiovisual de esa operación. "No podía creer mis ojos. Parecía ficción, pero era absolutamente real," recordaría después. El director comprendió inmediatamente que tenía entre las manos el núcleo de una historia que necesitaba ser contada, expandida, dramatizada, transformada en cine.

Antes de meterse de lleno en la producción de largometraje, Levytskyi realizó un documental de treinta minutos titulado Follow Me, que replicaba en buena medida los eventos reales del rescate. El impacto fue inesperadamente masivo. Las audiencias respondieron con una intensidad que sorprendió incluso al cineasta. "Vi que esta historia tocaba un nervio. Las personas la comprendían en profundidad. Los drones son algo completamente nuevo en el imaginario colectivo, y pensé que había que llevar esto al formato de película de largo aliento," explicó.

Cuando la ficción y la guerra comparten el mismo espacio

Lo que Levytskyi y su equipo realizaron en la región de Kyiv durante 2023 fue un experimento cinematográfico sin precedentes. Tomaron libertades narrativas considerables: incorporaron a una niña de doce años secuestrada por fuerzas rusas como personaje central. Las escenas transcurren en múltiples escenarios: la sala de situaciones de la Casa Blanca, pueblos ocupados del este devastado, una granja ubicada en la zona gris donde la guerra es especialmente impredecible. Hay persecuciones automovilísticas por las calles de Kyiv. Hay tiroteos que parecen sacados de cualquier película de Hollywood, pero que fueron grabados con soldados de verdad, con explosiones pirrotécnicas que simulaban el fuego enemigo, con un nivel de realismo que los espectadores posteriores describirían como casi insoportable.

La periodista norteamericana Audrey MacAlpine, quien interpreta una versión ficcionalizada de sí misma en la pantalla, vivió en carne propia la extraña dicotomía de estar actuando en una película mientras la guerra ocurría literalmente afuera del set. "Tuvimos que detener la grabación varias veces. Las alarmas aéreas sonaban. Nos teníamos que esconder. Era una guerra dentro de la guerra," comentó con la frialdad de quien ha estado cerca de la muerte y aprendió a describirla sin dramatismo. El actor Denis Kapustin, quien fuera parte del elenco, recordó que algunos de sus compañeros dormían directamente en los búnkeres, esperando a que las amenazas aéreas desaparecieran antes de poder volver al trabajo.

Kapustin reflexionó sobre lo que la película intenta comunicar respecto a la naturaleza de la guerra contemporánea: "El film es totalmente meta y posmoderno. Captura la complejidad multinivel del conflicto actual. Es una carrera por la superioridad tecnológica." Después de terminar sus escenas, el actor hizo algo que parece salido de una película de ficción, pero que fue completamente real: se unió como operador de drones a la 3ª Brigada de Asalto, la unidad militar en la que su personaje ficticio servía. Ahora vuela drones de verdad en una guerra de verdad. Su experiencia como actor de cine le permite entender que aunque gran parte del conflicto se libra a distancia, en ciudades como Vovchansk, en el este destruido, sigue habiendo combates de puerta en puerta, de edificio en edificio, donde la proximidad mortal es inevitable.

Tecnología, inteligencia y un mensaje político imposible de ignorar

Lo que distingue a Killhouse de cualquier otra producción cinematográfica sobre conflictos bélicos es su aproximación sin filtro a la tecnología de combate ucraniana. Las agencias de inteligencia del país —tanto la Seguridad del Estado de Ucrania (SBU) como la Dirección de Inteligencia de Defensa (DIU)— no solo dieron permiso para filmar, sino que participaron activamente en la producción. Proporcionaron vehículos Humvee estadounidenses, MaxxPro blindados, e incluso un helicóptero Black Hawk para ciertas secuencias aéreas. El filme exhibe drones ucraniano-hechos de última generación, incluyendo un modelo de reconocimiento lanzado por catapulta conocido como Shark.

Pero hay algo aún más revolucionario en términos cinematográficos: es la primera película de largometraje en la historia del cine que incorpora material de video grabado directamente por drones de combate en operaciones reales. No son simulaciones. No son recreaciones. Es material capturado en vivo durante enfrentamientos genuinos. Los productores ya están preparando una versión en idioma inglés para distribuidores estadounidenses y están considerando crear una adaptación de cuatro episodios para plataformas de streaming como Netflix, reconociendo que la historia tiene potencial de alcance global.

Todo esto fue logrado con un presupuesto de 1.1 millones de dólares, sin subsidios estatales, demostrando que Ucrania posee no solo la voluntad de contar sus historias, sino la capacidad de hacerlo con una sofisticación técnica que rivalizaría con cualquier producción occidental. El film plantea una pregunta moral que estructura toda la narrativa, la misma que Saving Private Ryan formuló décadas atrás: ¿vale la pena sacrificar muchas vidas para salvar una sola vida, en este caso la de una niña raptada? La unidad mediática del ejército ucraniano ofrece una respuesta implícita en su lectura oficial del filme: "Los soldados ucranianos no solo luchan por retener territorio. Cruzan las zonas grises para traer civiles a casa."

El público ucraniano ha recibido la película con una calidez que va más allá del entretenimiento. Hay algo catártico en ver a figuras públicas conocidas —como el exjefe de inteligencia militar Kyrylo Budanov, quien aparece en una escena cameo— compartiendo pantalla con actores profesionales. Hay algo profundamente significativo en una cinematografía que se atreve a mezclar la ficción con la realidad sin pedir disculpas. Mariia Hlazunova, del Centro Dovzhenko (el archivo fílmico nacional ucraniano), lo sintetizó así tras presenciar el filme: "Es ficción mezclada con hechos. El film es súper patriótico, como debería serlo. Tiene algunos momentos cursis. En general, hace un trabajo extraordinario."

Una declaración de resistencia envuelta en tecnología y narrativa

Levytskyi, en declaraciones que resonaron con una potencia poética, sugirió que Vladimir Putin cometió un cálculo estratégico fundamentalmente errado cuando decidió lanzar la invasión a gran escala en 2022. Creyó que podría abrumar a Kyiv en días. Que Ucrania se desmoronaría rápidamente bajo la presión militar. Más de cuatro años después, esa premisa resultó ser de una ingenuidad asombrosa. La guerra continúa. Los ucranianos siguen resistiendo. Y ahora producen películas sobre su propia resistencia mientras el fuego sigue cayendo.

"El enemigo tiene mucho miedo cuando los ucranianos están unidos. Es un hecho," pronunció Levytskyi, transformando su observación en casi un manifiesto. Killhouse no es simplemente entretenimiento. Es un acto de defensa cultural, una aseveración de que mientras haya cámaras y creatividad, mientras haya historias que contar sobre la resistencia humana y la solidaridad, la guerra no habrá ganado completamente. Es cine hecho en el corazón de la devastación, que habla no de derrota sino de supervivencia, de ingenio, de la capacidad de transformar incluso la experiencia más traumática en arte que inspira.