En los últimos meses, decenas de millones de personas en toda Asia experimentan una regresión forzada hacia formas ancestrales de cocinar. Lo que parecía un capítulo cerrado de la historia —la dependencia de combustibles biomasa como leña y carbón para preparar alimentos— ha reaparecido con ferocidad en megalópolis modernas, transformando cocinas precarias en cámaras de humo tóxico. El desencadenante de esta marcha atrás no reside en una catástrofe natural ni en políticas regresivas deliberadas, sino en las convulsiones geopolíticas de Medio Oriente que han alterado drásticamente el flujo global de gas licuado de petróleo, un combustible que durante la última década había llegado a simbolizar acceso a energía limpia para cientos de millones. La consecuencia inmediata es tangible: familias que hace pocas semanas encendían una hornalla con un simple gesto ahora dedican horas enteras a recolectar ramas del terreno, inhalando humo que genera enfermedades respiratorias, cardíacas y, en casos extremos, cáncer de pulmón.

El quiebre de una cadena de suministro global

Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es necesario rastrear las arterias del comercio energético asiático. India, la nación más poblada del planeta con más de 1.400 millones de habitantes, depende de importaciones foráneas para cubrir aproximadamente 60% de sus necesidades de gas licuado. De ese volumen, alrededor de 90% transita históricamente por el estrecho de Ormuz, el pasaje acuático entre Irán y Omán que funciona como cuello de botella crítico del suministro energético mundial. Cuando los bloqueos navales y tensiones en esa región se intensificaron, el efecto dominó fue casi inmediato: los envíos de cilindros de gas destinados a hogares indios comenzaron a escasear, los precios en mercados informales se dispararon exponencialmente, y la curva de consumo nacional colapsó. Los registros oficiales de abril registraron una caída de 2,2 millones de toneladas en consumo de gas doméstico, la contracción más pronunciada en años. El gobierno indio, en declaraciones públicas recientes, reconoció una realidad alarmante: sus reservas de gas licuado alcanzan apenas para 45 días de consumo, un plazo que genera inquietud en círculos de política energética y en hogares que dependen del combustible para subsistir.

En las Filipinas, la dependencia resulta aún más pronunciada. Ese archipiélago insular obtiene 90% de sus necesidades de gas licuado del mismo corredor comercial bloqueado, lo que convirtió la crisis en una pesadilla práctica para decenas de millones de filipinos. El consumo de gas doméstico se desplomó 30% en comparación con el mismo período del año anterior, una cifra que refleja el masivo desplazamiento hacia alternativas más baratas pero infinitamente más peligrosas para la salud pública. Los precios de un pequeño cilindro de gas se triplicaron, alcanzando aproximadamente 600 pesos filipinos (cerca de 10 dólares estadounidenses) por envase, una cifra que resulta prohibitiva para familias que sobreviven con ingresos diarios de entre 400 a 500 rupias en India o con salarios mínimos en Manila.

Cocinas precarias y el retorno a la contaminación mortal

En una vivienda de emergencia en Delhi, en el sur de la capital india, una mujer de 35 años llamada Afshana Khatoon invierte ahora seis horas diarias buscando ramitas y leña caída en parques urbanos y espacios verdes. El proceso es agotador: acarrea los palos recogidos en su cabeza, suda bajo temperaturas que superan los 40 grados Celsius, y retorna a su choza apenas con tiempo para preparar comida antes del anochecer. Hace apenas semanas, cocinaba para sus cuatro hijos en una pequeña hornalla de gas sin inconveniente alguno. Hoy, el cilindro de 5 kilogramos permanece vacío en una esquina, símbolo de una transición económica que su familia no puede sostener. "Mi marido gana entre 400 y 500 rupias diarias. No podemos gastar 1.000 rupias semanales solamente en gas", expresa Khatoon, resumiendo en una frase la ecuación imposible que enfrentan millones: elegir entre alimentarse o calefaccionar el hogar.

A miles de kilómetros de distancia, en un callejón de Manila, Josephine Songalia, una mujer de 25 años, realiza una operación casi idéntica. Enciende un brasero de carbón con paciencia, soplando hasta que emerge una llama irregular y ahumada. El carbón cuesta apenas 10 pesos filipinos, una décima parte del precio del gas, lo que lo convierte en la única opción viable para una madre que debe cocinar para tres hijos y un esposo. Sin embargo, mientras prepara arroz y agua caliente, ordena a sus hijos que se mantengan alejados de la zona de cocción. El humo que emerge es tóxico, denso, potencialmente cancerígeno. "Me preocupa que el humo dañe mis pulmones y me enferme, pero alejo esos pensamientos porque tengo que hacer esto para que mis hijos coman", admite Songalia con una resignación que expresa la brutalidad de las opciones disponibles. En su barrio, Aroma en Tondo, uno de los sectores más empobrecidos de la capital filipina, muchas familias han comenzado a saltar comidas. Por las mañanas, sus hijos preguntan si hay desayuno. La respuesta frecuente es un café sin alimentos que los acompañe.

En Delhi, una mujer de 75 años llamada Shanti lucha contra problemas respiratorios crónicos diagnosticados hace años. Su médico le indicó explícitamente evitar la exposición al humo. Durante dos meses, sin embargo, ha estado cocinando sobre fuego de leña porque no puede costear gas. Cada inhalación representa un riesgo calculado, una apuesta contra su propia supervivencia. "Un doctor me dijo que me aleje del humo", comenta entre ataques de tos. "Pero ¿qué opción tengo? Mi salud empeora pero necesito comer." Su testimonio condensa la paradoja contemporánea: en ciudades de millones de habitantes, con tecnología y conectividad globales, poblaciones enteras enfrentan dilemas que pertenecen a épocas preindustriales.

El costo invisible en salud pública y contaminación

La Organización Mundial de la Salud ha documentado que la contaminación ambiental combinada con la contaminación doméstica está asociada a 6,7 millones de muertes prematuras anuales a nivel mundial. Los combustibles sólidos como madera y carbón emiten un espectro peligroso de contaminantes que generan enfermedades pulmonares obstructivas crónicas, cáncer de pulmón, accidentes cerebrovasculares y patologías cardíacas. Las partículas finas producidas por la quema de biomasa penetran profundamente en los tejidos pulmonares y el torrente sanguíneo, causando inflamación sistémica. Las mujeres y los niños resultan especialmente vulnerables, ya que son quienes tradicionalmente se encargan de cocinar y recolectar combustible.

Nueva Delhi ya ocupa un lugar entre las ciudades más contaminadas del planeta. Durante la última década, las políticas gubernamentales habían priorizado la transición hacia combustibles limpios como el gas licuado y gas natural comprimido, logrando disminuir las emisiones urbanas de manera significativa. Esa trayectoria de progreso ambiental se revierte ahora aceleradamente. Las autoridades de Delhi han relajado temporalmente las restricciones sobre el uso de carbón y leña, legitimando la vuelta a prácticas que la ciudad había intentado eliminar. Académicos especializados en cambio climático señalan que cuando los precios de combustibles limpios se elevan, las poblaciones más pobres retroceden invariablemente hacia biomasa, generando un ciclo de contaminación que afecta desproporcionadamente a quienes menos contribuyeron al problema. Un investigador ambiental destacado señala que "la quema de biomasa es una fuente importante de contaminación por partículas finas, y en áreas urbanas densas el impacto se agrava debido a la proximidad entre viviendas y la mala ventilación de estos espacios".

La ironía es caustica: la industria de producción de carbón barato, principalmente realizada en zonas costeras y ribereñas del sudeste asiático, es un proceso sumamente contaminante. Genera columnas de ceniza y humo que envenenan el aire regional, causa devastación ambiental en los terrenos donde se ejecuta, y paradójicamente se vuelve accesible únicamente porque externaliza sus costos ecológicos hacia comunidades y ecosistemas. Profesionales en ciencias ambientales de universidades filipinas advierten que la proliferación de contaminación aérea doméstica ya está ocurriendo, con consecuencias que se manifestarán en registros de mortalidad en años venideros.

El fracaso de una década de transición energética

El gobierno indio había distribuido durante la última década más de 100 millones de cilindros de gas subsidiados, un programa masivo de inclusión energética que representó un hito en acceso a combustibles limpios para sectores históricamente marginados. Esa cifra simbolizaba progreso: millones de familias que dejaban de inhalar humo doméstico, mujeres liberadas de pasar horas recolectando leña, niños con menos probabilidades de desarrollar enfermedades respiratorias. Sin embargo, la crisis actual expone una fisura fundamental en ese modelo. La distribución de cilindros no garantizaba asequibilidad sostenida. Cuando los precios se disparan, el acceso formal se convierte en una ilusión. Las familias enfrentan una decisión brutal: consumir alimentos en cantidad suficiente o mantener activo el cilindro de gas. Para millones, la respuesta ha sido evidente.

Activistas climáticos subrayan que el cilindro de gas se ha transformado en un "símbolo de una transición que ya no pueden costear". Ese simbolismo resulta devastador. Durante años, gobiernos, organizaciones ambientales y agencias internacionales promovieron la transición desde biomasa hacia combustibles fósiles procesados como etapa intermedia hacia energías renovables. La premisa era que poblaciones más pobres podrían beneficiarse de una mejora inmediata en calidad del aire doméstico mientras la infraestructura renovable se desarrollaba. Esa secuencia lógica colapsa cuando factores geopolíticos externos —conflictos en regiones productoras, bloqueos navales, volatilidad de precios— interrumpen el suministro. El resultado es regresión, no progreso diferido.

Respuestas gubernamentales y sus límites

Los gobiernos afectados han implementado medidas de alivio inmediato, aunque con alcance limitado. El ejecutivo indio ha instado públicamente a la población a adoptar medidas de austeridad, incluyendo restricciones en consumo de combustibles y gasolina. En las Filipinas, las autoridades suspendieron temporalmente los impuestos especiales sobre el gas licuado y parafina durante tres meses, buscando reducir precios minoristas. Ambas acciones reconocen implícitamente la magnitud de la crisis, pero su efectividad es cuestionable. Las medidas de austeridad, cuando se dirigen a poblaciones que ya viven en el umbral de la subsistencia, generan resentimiento y presionan aún más sobre economías domésticas. Los subsidios temporales ofrecen respiro limitado: cuando expiran los incentivos fiscales, los precios tienden a recuperar su nivel anterior.

Académicos y especialistas en política energética señalan que la verdadera solución requeriría diversificación de fuentes de suministro, acuerdos comerciales alternativos que eviten dependencia de corredores geográficos vulnerables, e inversión masiva en infraestructura renovable que llegue hasta viviendas precarias. Esas transformaciones requieren años de planificación, inversión de capital significativa y cooperación regional. La crisis presente, en cambio, exige respuestas inmediatas. El vacío entre demanda urgente y capacidad de oferta se llena con combustibles tradicionales.

Consecuencias multiplicadas y horizontes inciertos

Las implicancias de esta crisis trascienden el ámbito energético doméstico. Los aumentos de precios de alimentos que acompañan la volatilidad energética generan presión inflacionaria que erosiona poder adquisitivo en economías ya frágiles. Cuando familias priorizan combustible sobre alimentos —o cuando aumentos en costos de transporte encarecen la comida— la desnutrición infantil tiende a incrementarse, con consecuencias cognoscitivas y de desarrollo que se extienden décadas. La contaminación doméstica generará exceso de mortalidad y morbilidad que probablemente superará ampliamente las cifras actuales de muertes por conflictos geopolíticos directos. Los sistemas de salud pública, ya saturados, enfrentarán demanda creciente por tratamiento de enfermedades respiratorias y cardíacas. Simultáneamente, la reversión en uso de biomasa impulsará deforestación acelerada en regiones circundantes, destruyendo ecosistemas y acelerando cambio climático regional. Analistas de política ambiental anticipan que años de avances en reducción de emisiones domésticas serán anulados en cuestión de meses. Perspectivas optimistas sugieren que presiones internacionales o cambios geopolíticos podrían restaurar flujos de suministro antes de que daños a la salud pública resulten irreversibles. Perspectivas pesimistas advierten que una prolongación de la crisis originará una "nueva normalidad" de contaminación doméstica que, aun cuando se resuelva la escasez, tardará años en revertirse debido a cambios en patrones de consumo y disponibilidad de infraestructura. Lo que es seguro es que millones de personas en Asia continuarán soplando braseros de carbón, inhalando humo tóxico, y preguntándose cómo una globalización que prometía prosperidad se tradujo, nuevamente, en la elección entre respirar aire envenenado o permitir que sus hijos duerman con hambre.