El lunes por la mañana, cuando todavía los primeros rayos de sol apenas tocaban las faldas de la cordillera, comenzó lo que se convertiría en una de las más intensas manifestaciones de fuerza bruta de la naturaleza en los últimos tiempos. El Fuego, el volcán más activo de toda América Central, despertó de su frecuente actividad con una erupción de magnitud considerable que obligaría a cientos de pobladores a abandonar todo aquello que conocían como hogar. La columna de ceniza alcanzaría seis kilómetros de altura, tiñendo de rojo oscuro el cielo matutino, mientras ríos de lava descendían sin control por las vertientes de esta montaña de 3.763 metros de altitud. Desde las autoridades de Conred llegó entonces la orden que nadie quería escuchar: la segunda alerta de mayor severidad en la escala de advertencias del país.

Cuando la tierra no avisa

Los testimonios de quienes vivieron esos momentos de pánico revelan la angustia cotidiana de habitar en las inmediaciones de un coloso geológico impredecible. Alejandro García, de 68 años, narró cómo desde las primeras horas del lunes la actividad se intensificaba minuto a minuto. "Desde temprano estuvo activo. Esa noche fue cuando sonó la alarma de que debíamos marcharnos," recordó el anciano con la frialdad de quien ha visto demasiado. Lo más inquietante no fue solo la fuerza de la erupción en sí, sino la rapidez con que evolucionó. Si bien la tarde de ese lunes mostraba una actividad ya preocupante, fue al caer la noche cuando todo escaló hacia un escenario verdaderamente amenazante. Las masas incandescentes bajaban por las laderas como avalanchas de fuego, sin dar tregua, sin permitir que nadie pensara en volver.

Lidia Ortiz, una mujer de 40 años que se vio obligada a dejar atrás su vivienda junto a toda su familia, expresó una inquietud que refleja el terror cotidiano de estas poblaciones: "Si hubiera chance de mudarse a otra casa, sería mejor, porque siempre tenés miedo ya que el volcán no da aviso". Esta reflexión toca el corazón del dilema que enfrentan miles de personas en Guatemala: construyeron sus vidas, sus comunidades, sus recuerdos en terrenos que la naturaleza decidió compartir con fuerzas que pueden arrasarlo todo en cuestión de horas. El Fuego no sigue calendario ni agenda. Simplemente estalla cuando sus presiones internas lo exigen.

La retirada masiva

Para las primeras horas del martes, las cifras de desplazados comenzaban a tomar forma. Los bomberos locales reportaron haber trasladado al menos 350 residentes de los pueblos El Porvenir y Las Lajitas hacia el municipio de San Juan Alotenango, ubicado hacia el oriente. Estos evacuados fueron concentrados en salones comunitarios donde improvisadamente se dispusieron camas de emergencia. En Escuintla, hacia el sur, docenas de familias adicionales —incluyendo menores de edad— encontraban refugio temporal en instalaciones públicas. Sin embargo, las cifras totales de desplazados seguían siendo inciertas; muchas personas se desplazaban por su cuenta, buscando seguridad entre parientes o conocidos en localidades alejadas del peligro inmediato.

La representante de Conred, Valeria Urizar, transmitió a través de redes sociales un mensaje que sintetizaba la estrategia de respuesta: ante riesgo comprobado o evacuación ordenada, la población debería aplicar el principio de auto-evacuación. En otras palabras, no había tiempo para trámites burocráticos ni coordinaciones complejas. Quien quisiera vivir debería partir. Sonia Vázquez, residente de 50 años, capturó con sus palabras la rutina perversa que caracteriza la vida en estas zonas: "Ya nos habíamos acostumbrado a que el volcán estuviera constantemente activo, pero esta vez fue demasiado". Esta frase revela algo de gran importancia: no era la primera vez. El Fuego ha establecido un patrón de conducta que obliga a sus vecinos a vivir en constante vigilancia.

El costo de la cercanía geográfica

Guatemala no es ajena a estas manifestaciones geológicas. El país entero se asienta sobre la denominada zona del cinturón de fuego del Pacífico, una región de la corteza terrestre donde se concentra la mayor actividad volcánica y sísmica del planeta. Esto significa que desastres de esta naturaleza no son excepciones sino parte de la geografía política y social del territorio. El Instituto de Vulcanología del país ya había alertado sobre el flujo de material volcánico caliente que descendería por las laderas occidentales y meridionales, identificando estas zonas como de máximo riesgo. Para el martes por la mañana, la institución registraba 23 horas consecutivas de erupción, aunque con intensidad decreciente.

Las repercusiones se extendieron más allá de las comunidades inmediatas. El Ministerio de Educación ordenó la suspensión de clases presenciales en localidades ubicadas dentro de un radio de dos municipios desde el volcán. Las autoridades de tránsito clausuraron las vías que rodean la cordillera volcánica, interrumpiendo la ruta que vincula la costa sur con Antigua, la histórica ciudad colonial que representa un patrimonio mundial reconocido por Unesco y un motor importante del turismo nacional. Paralelamente, desde la capital se pidió cautela con respecto a operaciones aéreas, aunque el aeropuerto internacional de Guatemala City continuó operando sin afectaciones comprobadas.

Historia reciente de desastres

Este episodio se inscribe en una serie recurrente de crisis provocadas por la misma montaña. Durante el año anterior a esta erupción, autoridades ya habían desalojado a más de 500 personas cuando el Fuego expulsó gases y ceniza, trasladándolas a centros de acogida en comunidades próximas al cráter. Un año antes, en 2023, la cifra de evacuados alcanzó aproximadamente 1.200 personas. Pero los antecedentes más dramáticos se remontan a 2018, cuando una erupción devastadora causó 215 muertes confirmadas y un número similar de desaparecidos, tras ser arrasada una localidad entera por torrentes de lava incandescente. Aquella catástrofe transformó para siempre la percepción del riesgo en la región y marcó un antes y después en los protocolos de evacuación.

Lo que se evidencia en esta progresión de eventos es que el Fuego ha consolidado un patrón de comportamiento eruptivo más frecuente e intenso en años recientes. Cada evacuación, cada alerta emitida, cada familia desplazada, se suma a un registro histórico que sugiere ciclos de actividad cada vez más cercanos entre sí. Las comunidades que habitan las faldas de este volcán han aprendido a convivir con la incertidumbre, a empacar sus pertenencias más valiosas sin saber cuándo tendrán que partir, a vivir con la angustia permanente de que la montaña que les proporciona tierra fértil para cultivar es también la que puede arrebatarles todo en minutos.

Perspectivas sobre lo que vendrá

Las consecuencias de estos eventos se despliegan en múltiples dimensiones. En el corto plazo, la capacidad de respuesta de los sistemas de refugio y asistencia social enfrenta pruebas cada vez más exigentes. Las familias desplazadas requieren no solo alojamiento temporal sino también servicios básicos, alimentación, atención médica y, eventualmente, la reconstrucción de sus hogares. En el mediano plazo, surge la pregunta sobre la viabilidad de mantener poblaciones permanentes en zonas declaradas de riesgo extremo. Algunos especialistas sostienen que la solución pasa por políticas de reubicación permanente hacia áreas seguras, con compensación y asistencia estatal. Otros argumentan que la migración forzada desintegra comunidades milenarias y que las inversiones en sistemas de alerta temprana y construcciones resistentes podrían ser alternativas más viables. En el largo plazo, el cambio climático puede intensificar estos ciclos de actividad volcánica, añadiendo complejidad a un panorama ya de por sí frágil. Lo que es seguro es que mientras el Fuego continúe activo, mientras Guatemala siga ubicada donde está en el mapa tectónico del planeta, estas historias de evacuación, pánico y reconstrucción seguirán escribiéndose una y otra vez en los registros de la región.