A mediados de este año, en una subasta realizada en la ciudad de Christchurch, los compradores internacionales pagaron por la lana neozelandesa los valores más elevados registrados en los últimos quince años. Ese fenómeno, lejos de ser anecdótico, marca un punto de inflexión en una industria que parecía condenada al ocaso. Después de décadas viendo cómo sus márgenes se licuaban, cómo sus rebaños se achicaban inexorablemente y cómo el mundo prefería fibras sintéticas más baratas, los productores ganaderos de Nueva Zelanda están presenciando una revitalización de su histórico sector. Lo que cambió no es misterioso: mientras el precio del petróleo se disparó a nivel mundial y la conciencia ambiental comenzó a permear las decisiones de consumo de grandes corporaciones, la lana volvió a ser atractiva. No por nostalgia, sino por pura economía.

De imperio a ruina: cómo un país se olvidó de su raíz ganadera

Para entender la magnitud de lo que está sucediendo, es necesario retroceder en el tiempo. Durante casi cien años, Nueva Zelanda fue prácticamente sinónimo de producción lanar. En su apogeo, durante los años ochenta del siglo pasado, el país albergaba más de setenta millones de ovejas. Esa cifra abrumadora representaba una proporción de aproximadamente veintidós animales por cada habitante humano. Los campos verdes del país se transformaban en un mar de lana, y esa industria financiaba gran parte de la economía nacional. Sin embargo, la década de 1980 trajo consigo un giro en la política económica que coincidió, de manera perjudicial, con la masificación de las fibras sintéticas en el mercado global. Los precios de la lana se hundieron. Lo que antes generaba riqueza se convirtió en una carga cada vez más pesada.

El proceso de declive fue gradual pero implacable. A medida que los costos de esquila aumentaban y los ingresos por venta de lana se reducían, los ganaderos comenzaron a evaluar alternativas. Muchos optaron por convertir sus tierras en plantaciones forestales o por dedicarse a la ganadería lechera, rubros que prometían mejores retornos financieros. El resultado es palpable hoy: Nueva Zelanda pasó de tener más de setenta millones de ovejas a poco más de veintitrés millones. La proporción se invirtió: ahora hay aproximadamente 4,5 ovejas por cada habitante. Es decir, un país que fue construido sobre la base de la lana había prácticamente abandonado su identidad histórica. Las historias familiares de productores como John Hargreaves reflejan esta transformación: su familia manejaba tres mil ovejas hembras en los años sesenta, pero ese número se contrajo a apenas un poco más de mil setecientas en años recientes. No por falta de capacidad o experiencia, sino porque simplemente no era rentable.

Los síntomas de una recuperación inesperada

Los primeros indicios de cambio comenzaron a materializarse hace aproximadamente seis años, cuando Hargreaves y otros productores notaron algo inusual: sus balances de fin de temporada dejaron de arrojar números rojos. Por primera vez en un largo período, la lana que sacaban de sus campos permitía cubrir los costos de esquila y, además, generaba algún margen de ganancia. No era una fortuna, pero representaba un respiro. Lo que sucedía en los mercados internacionales explicaba este giro. El encarecimiento global de materias primas como el petróleo y sus derivados elevó sensiblemente los costos de producción de fibras sintéticas. Nylon y poliéster, esos materiales que habían desplazado a la lana décadas atrás, se volvieron menos competitivos desde el punto de vista de los precios.

Simultáneamente, emergió un factor que no estaba presente en los años noventa ni dos mil: la presión de consumidores y marcas por productos más sustentables. Grandes corporaciones globales, muchas de ellas obsesionadas con fortalecer su imagen ambiental, comenzaron a explorar alternativas naturales. La lana, al ser una fibra renovable y biodegradable, ganó atractivo en ese contexto. Los responsables de compras en importantes casas de moda y empresas de ropa deportiva viraron sus miradas hacia el Pacífico Sur. En junio pasado, la firma francesa Chanel, referente del lujo mundial, selló un acuerdo de inversión con la estancia Lammermoor ubicada en la región de Central Otago, asumiendo una participación accionaria y comprometiéndose a respaldar la producción de lana premium. Ese mismo mes, Patagonia, el gigante estadounidense especializado en indumentaria para actividades al aire libre, visitó Nueva Zelanda con el propósito específico de explorar posibles asociaciones en torno a la lana. Días antes, en mayo, la manufactura turca Kalida Hali, productora de alfombras de prestigio internacional, concretó un acuerdo comercial con Wools of New Zealand, la organización que representa los intereses del sector.

Estos movimientos corporativos no son meramente simbólicos. Reflejan una reconfiguración de las cadenas de suministro globales y una apuesta concreta en el material que Nueva Zelanda produce. En la subasta nacional de lana organizada por PGG Wrightson durante el mes de junio, los precios alcanzaron máximos de quince años: las fleeces de oveja cruza se transaron entre 6,47 y 6,80 dólares neozelandeses por kilogramo, mientras que los vellones de superior calidad y coloración premium llegaron a rondar los ocho dólares por kilogramo. Se trata de cifras que varios años atrás hubieran parecido ficción para productores acostumbrados a márgenes miserables.

Volatilidad, cautela y perspectivas a futuro

Sin embargo, la euforia debe ser matizada. La industria está consciente de que los mercados son volátiles y que las alzas vertiginosas pueden revertirse con igual rapidez. En la subasta más reciente, celebrada en Christchurch a finales de julio, los precios experimentaron una corrección a la baja. Los analistas atribuyeron esta caída, en parte, a que compradores internacionales ya habían cubierto sus necesidades de compra tras adquirir grandes cantidades en subastas previas. Dave Burridge, ejecutivo responsable de la gestión de las subastas nacionales de lana en PGG Wrightson, reconoce esta realidad: existe una inquietud moderada pero legítima entre los actores de la industria respecto a si los precios subieron de manera inusitada y sin precedentes, y si es probable que experimenten un ajuste hacia la baja en algún momento. No obstante, Burridge mantiene una postura optimista sobre las perspectivas de largo plazo. Los precios actuales siguen siendo dos dólares superiores a los registrados hace un año, lo cual indica una tendencia alcista de mediano plazo pese a los vaivenes coyunturales.

Richard Dawkins, responsable de las carteras de lana y carne en la Federación de Agricultores de Nueva Zelanda, articula una posición que podría calificarse como "optimismo prudente". Sostiene que los precios robustos de la lana han elevado el ánimo entre los productores y que existe cautela, pero también esperanza, respecto al porvenir del sector. Un factor adicional que podría potenciar la demanda es la apertura del mercado indio. Nueva Zelanda es el segundo destino de las exportaciones de lana neozelandesa, y un acuerdo comercial reciente entre ambas naciones eliminará los aranceles sobre esta fibra, lo que podría expandir significativamente las ventas hacia ese país de mil trescientos millones de habitantes. Simultáneamente, Dawkins subraya la necesidad de que Nueva Zelanda, como nación, recupere su conexión cultural con la lana. Durante décadas, el país pidió al mundo que comprara su producto mientras simultáneamente lo marginaba en su propia identidad. Una nación que fue edificada sobre la base de la lana, que prospero gracias al comercio lanero y cuyos paisajes fueron modelados por los rebaños ovinos, había permitido que esa narrativa desapareciera del imaginario colectivo. Recuperar esa memoria, tanto en el mercado doméstico como en la promoción internacional, es considerado fundamental para anclar la recuperación en bases más sólidas.

La resurrección de la industria lanar neozelandesa presenta múltiples lecturas e implicancias. Desde una perspectiva meramente económica, representa una oportunidad concreta para que miles de productores diversifiquen sus ingresos y releven presión sobre sus márgenes. Desde un ángulo ambiental, sugiere que los mecanismos de mercado pueden favorecer productos más sustentables cuando los incentivos se alinean adecuadamente. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de los precios actuales, la volatilidad intrínseca de los mercados de commodities, y si la demanda global por lana es suficientemente robusta como para justificar una reinversión masiva en rebaños ovinos. Algunos productores ya están considerando aumentar sus stocks de ovejas, mientras que otros prefieren avanzar cautelosamente, temerosos de repetir ciclos alcistas seguidos de derrumbes. La próxima década definirá si esta revitalización es un ciclo temporal o el inicio de una nueva era para uno de los sectores económicos más emblemáticos de Nueva Zelanda.