Un episodio de fricción diplomática entre Washington y la monarquía saudí sacudió la estrategia estadounidense en Oriente Medio cuando, apenas días después de su anuncio con bombo y platillo, Trump decidió suspender una operación militar destinada a garantizar el paso seguro de petroleros a través de una de las rutas comerciales más vitales del planeta. La decisión no fue espontánea ni obedecía a los motivos que el mandatario estadounidense comunicaría públicamente, sino que respondía a un rechazo categórico de Arabia Saudí a permitir el uso de sus instalaciones aéreas y su espacio aéreo para una iniciativa que se había presentado como el sucesor natural de campañas anteriores contra objetivos en Irán.

La trama detrás del abandono del plan revela dinámicas de poder complejas dentro del mundo árabe del Golfo y cuestiona la capacidad estadounidense para ejercer influencia sobre sus aliados tradicionales en la región. El operativo, bautizado como Proyecto Libertad, fue concebido como una respuesta a las crecientes amenazas a la navegación comercial en el Estrecho de Ormuz, una zona por la que transita aproximadamente un tercio del petróleo marino mundial. Sin embargo, cuando los funcionarios estadounidenses pidieron formalmente a Riad que autorizara el uso de la base aérea Príncipe Sultán para orquestar las operaciones de escolta, la respuesta fue un no rotundo. Ni siquiera una conversación directa entre el príncipe heredero Mohammed bin Salman y Trump logró doblegar esa posición, según reportes que la monarquía saudí nunca desmintió explícitamente.

La brecha dentro del Golfo: Riad versus Emiratos

Lo que emerge de este enfrentamiento es una verdad incómoda: Arabia Saudí prioriza la estabilidad regional sobre una confrontación militar abierta con Irán, una posición que contrasta de manera abrupta con la actitud más belicista de su vecino, los Emiratos Árabes Unidos. Esta divergencia de criterios ha profundizado un cisma que ya era visible en otros órdenes: los Emiratos abandonaron recientemente la Organización de Países Exportadores de Petróleo, la estructura que Riad ha dominado durante décadas, y ahora evalúan alejarse también de la Liga Árabe. La frustración emiratí es palpable. Mientras que Riad intenta moderar las tensiones, Abu Dabi ha adoptado una postura más agresiva, incluso intentando pasar desapercibida en el radar iraní al desactivar los sistemas de rastreo de sus buques petroleros.

Para entender esta bifurcación, es necesario considerar dónde ha caído principalmente el peso de la venganza de Teherán. Los Emiratos han sido el principal blanco de ataques iraníes durante la escalada de violencia, mientras que Riad ha mantenido una distancia relativa. Esta realidad ha generado resentimiento en Abu Dabi, que percibe una falta de solidaridad dentro del frente árabe del Golfo. A su vez, Arabia Saudí teme que una operación como el Proyecto Libertad, con términos de enfrentamiento poco claros, podría desembocar en una confrontación naval directa con Irán que rompería el acuerdo de cese de hostilidades que ha estado vigente de manera parcial desde abril. Las autoridades saudíes son conscientes de que Teherán ha dejado explícitamente en claro que consideraría como violación del alto el fuego cualquier escolta militar estadounidense de embarcaciones o ataques contra el tráfico marítimo iraní.

El riesgo de una escalada descontrolada

La preocupación saudí no es menor. Si se rompiera la frágil tregua, la región se enfrentaría no solo a una posible confrontación naval en el Estrecho, sino también al reanudamiento de los ataques con drones y misiles que Irán ha lanzado contra instalaciones estadounidenses en el Golfo e infraestructuras energéticas regionales. Los daños causados por esas ofensivas probablemente superan lo que los reportes públicos han reconocido hasta ahora. Para una economía como la saudí, tan dependiente de su capacidad exportadora de crudo, este escenario es francamente aterrador. Riad también manifestó inquietud respecto de que el Proyecto Libertad pudiera arrastrar a los hutíes de Yemen a una participación más directa en el conflicto. La monarquía ha invertido recursos significativos en mantener a ese grupo armado fuera del enfrentamiento, y tiene razones sólidas: si los hutíes cerraran la ruta del Mar Rojo mediante intervenciones activas, el suministro global de petróleo se vería comprometido aún más gravemente. De hecho, Riad negoció en privado un acuerdo con Irán que resguarda su tubería hacia Yanbu, permitiéndole exportar hasta el 50 por ciento de su producción a través del Mar Rojo, un colchón de seguridad que no desea perder.

El rechazo saudí a las pretensiones estadounidenses también espeja una desconfianza más profunda respecto del manejo general del conflicto por parte de Washington. Un diplomático saudí expresó sin ambages que resultaba obvio hace ya bastante tiempo que Estados Unidos se había metido en un enfrentamiento del cual no tenía ni la intención ni la capacidad para escalar o para retirarse de manera ordenada. La monarquía no quedó impresionada con el nivel de protección que Estados Unidos había proporcionado contra los ataques iraníes, ni tampoco con la coherencia estratégica de las decisiones de la Casa Blanca. Desde la perspectiva de Riad, Washington lucía como un actor que improvisaba sobre la marcha, sin una brújula clara.

Cuando Trump anunció la suspensión del operativo, después de haber invertido dos días completos en promocionar su importancia estratégica, no hizo mención alguna a la negativa saudí ni al cierre del espacio aéreo. En cambio, afirmó que la operación se detenía temporalmente por mutuo acuerdo porque se había logrado un avance significativo hacia un acuerdo con Irán, facilitado parcialmente por la intervención de China. El giro sorpresivo dejó en evidencia a los máximos funcionarios estadounidenses que, apenas horas antes, habían estado proclamando que el Proyecto Libertad finalmente garantizaría la libertad de navegación para los cientos de buques varados en el Estrecho. El secretario de Estado, el secretario de Defensa y el presidente del Estado Mayor Conjunto habían construido un relato cohesivo alrededor de la iniciativa, que de pronto quedó desmoronado. Las propias palabras de Trump, sin embargo, jamás reconocieron el papel que Riad jugó al forzar esa marcha atrás.

Las consecuencias de una región fracturada

La intervención saudí, que ha reducido significativamente las opciones estadounidenses para romper el bloqueo de puertos iraníes, probablemente agudice aún más el deterioro en las relaciones entre Riad y los Emiratos. Los dos rivales regionales ya contienen tensiones acumuladas en Yemen, Somalia y Sudán, donde sus intereses compiten directamente. La creciente cercanía entre Abu Dabi e Israel es otro foco de fricción. Riad debe transitar con cautela en este terreno, consciente de su población mayoritaria y sus compromisos internacionales. De hecho, junto con Francia, ha liderado esfuerzos para revivir el concepto de una solución de dos estados en el que se reconozca internacionalmente un estado palestino. Si Estados Unidos termina llegando a un acuerdo con Irán en términos que los Emiratos e Israel juzguen como insuficientes respecto de los objetivos críticos de los críticos de Teherán, la brecha entre Riad y Abu Dabi se ampliará aún más, fragmentando la capacidad de acción coordinada en la región. También existe la preocupación saudí de que los lazos emiratíes con Israel podrían extenderse hasta la presencia de un pequeño número de tropas israelíes en territorio emiratí, una realidad que complicaría aún más la posición de una Riad que intenta mantener su credibilidad dentro del mundo árabe mientras negocia con Washington y se protege de Teherán.