En los últimos meses, una crisis silenciosa se ha profundizado en Gaza, una que trasciende las cifras de fallecidos y habla directamente del derecho de las familias a conocer el destino de sus seres queridos. Miles de cuerpos permanecen bajo toneladas de escombros sin poder ser identificados, mientras expertos internacionales advierten que cada día que pasa reduce dramáticamente las posibilidades de establecer la identidad de los restos. Lo que comenzó como una urgencia humanitaria se transforma ahora en una carrera contra el tiempo biológico, donde las condiciones ambientales, la descomposición y la falta de recursos técnicos avanzan más rápido que los esfuerzos de recuperación.

Desde que se implementó el cese del fuego negociado por mediadores estadounidenses en octubre pasado, los palestinos iniciaron labores de excavación sobre lo que se estima es aproximadamente 61 millones de toneladas de escombros. Para dimensionar la magnitud del desastre, basta señalar que esta cantidad es veinte veces superior al volumen total de residuos generados por todos los conflictos armados registrados en el mundo durante los últimos dieciséis años. Debajo de esta montaña de ruinas, especialistas en salud pública de la región calculan que yacen no menos de 10.000 personas, aunque algunos analistas sostienen que la cifra podría alcanzar los 14.000 cadáveres. La mayoría de ellos jamás ha sido localizada ni recuperada.

Herramientas primitivas contra el tiempo biológico

Los equipos de búsqueda y rescate que operan en el terreno enfrentan una limitación crítica que ralentiza exponencialmente sus operaciones. Carecen de maquinaria pesada moderna. En su lugar, dependen de herramientas rudimentarias: palas, picos, carretillas, rastrillos y azadas, además de sus propias manos. A pesar de múltiples solicitudes dirigidas a las autoridades israelíes para permitir el ingreso de excavadoras y equipos de remoción pesada que acelerarían significativamente el proceso de recuperación, las respuestas no han llegado. Esta ausencia de tecnología transforma una tarea urgente en una labor casi arqueológica, donde el progreso depende del esfuerzo físico de personas equipadas como si estuvieran realizando trabajos agrícolas, no operaciones de rescate a gran escala.

Un coordinador internacional de organizaciones humanitarias explicó la realidad de esta limitación: la recuperación lenta de restos humanos deteriora irremediablemente la capacidad de identificación. "Cuanto más tiempo permanezca un cuerpo bajo los escombros, mayor será la degradación de los tejidos. En algunos casos, lo que debería ser un proceso de descomposición que toma meses bajo condiciones normales se acelera de manera inesperada. Hemos documentado situaciones donde personas reportadas desaparecidas hace apenas catorce días ya presentaban evidencia de carroñería animal y habían avanzado significativamente hacia la esqueletización", señaló el director de medicina forense de Gaza. En condiciones ambientales ordinarias, esta transformación requeriría entre seis meses y doce meses. La humedad, la actividad animal, la exposición a elementos climáticos y la presión de toneladas de material sobre los restos aceleran dramáticamente estos procesos naturales.

La ciencia forense contra la degradación: una batalla desigual

Cuando finalmente se recuperan restos humanos, los expertos forenses disponen de un arsenal de métodos para establecer identidades. El análisis de edad, sexo, altura, huellas dactilares, registros dentales, objetos personales y la evaluación de circunstancias del hallazgo (dónde fue encontrado, cuándo, contexto del lugar) conforman un sistema multimodal de identificación. Sin embargo, cada uno de estos componentes se degrada con el paso del tiempo. Los efectos personales se dispersan, se destruyen o desaparecen bajo el peso de los materiales. Las características faciales y físicas reconocibles se pierden cuando avanza la descomposición. La evidencia circunstancial que rodea al hallazgo se difumina. Una profesora especializada en patología forense de una prestigiosa universidad europea lo expresó de manera contundente: "El tiempo es el enemigo más implacable de la identificación. En las etapas tempranas, cuando un cuerpo está relativamente bien preservado, la cara y otros rasgos distintivos aún pueden ser reconocibles. Conforme avanzan las semanas y los meses, muchas de las características que permiten una identificación confiable se pierden irremediablemente".

Un obstáculo adicional y preocupante involucra el material genético. Las pruebas de ADN representan una herramienta fundamental para la identificación cuando otros métodos resultan insuficientes. Sin embargo, el material genético también se degrada con el transcurso del tiempo, aumentando el riesgo de alteración y haciendo progresivamente más compleja la coincidencia genética. Gaza carece de hospitales equipados con laboratorios de análisis de ADN, y las autoridades israelíes no autorizan el ingreso de materiales de análisis genético hacia el territorio. Una coincidencia de ADN que habría sido rápida y altamente confiable hace algunas semanas puede volverse enormemente compleja después de meses de degradación celular. Esta restricción convierte la identificación en una tarea prácticamente imposible para miles de casos.

Existe además preocupación entre testigos y organizaciones humanitarias respecto a operaciones con maquinaria pesada israelí en zonas bajo control militar. Se ha reportado que tractores y excavadoras podrían estar desplazando cuerpos aún enterrados bajo escombros, lo que dificulta que las familias localicen y recuperen a sus seres queridos. Coordinadores internacionales han enfatizado que en cualquier conflicto armado en cualquier parte del mundo, la maquinaria pesada debe operarse con extremo cuidado para no perturbar restos humanos, tanto para mantener la dignidad de los fallecidos como para preservar información crucial que podría permitir su identificación.

El cementerio de los sin nombre y el costo emocional de la incertidumbre

Con el objetivo de preservar restos no identificados para futuras identificaciones, se estableció un cementerio en Deir al-Balah donde se entierran cuerpos recuperados de los escombros y de sitios de entierro temporal. Cada tumba recibe un número y se documenta meticulosamente con la esperanza de que algún día los restos puedan ser identificados y devueltos a sus familias. El número de cadáveres enterrados en este cementerio ha superado ya los 650. Según el director del departamento de cementerios de Gaza, algunos de estos cuerpos llevan más de dos años bajo tierra, enterrados desde los inicios del conflicto.

Pero la imposibilidad de identificar a los muertos no es meramente una cuestión de dignidad o protocolo administrativo. Psicólogos y especialistas en salud mental describen el duelo no resuelto de los familiares de fallecidos sin identificar como una "pérdida ambigua", un estado emocional que genera o agrava depresión, trauma y confusión de identidad. Esta condición es especialmente prevalente en Gaza, donde decenas de miles de familias viven en una incertidumbre paralizante. Un residente de 52 años cuyo hermano de 40 desapareció durante los primeros eventos de octubre de 2023 relató su experiencia: después de ver videos en redes sociales ese día, su hermano salió de casa para ver qué sucedía. Desde entonces, nada. "No hemos tenido información alguna", explicó. "Aún albergamos la esperanza de que esté vivo porque no hay confirmación de su muerte o detención". La incertidumbre ha devastado a la familia: la esposa del desaparecido sufre crisis psicológicas recurrentes; después de dos años sin saber si está vivo o muerto, la familia ya no puede dormir ni alimentarse con normalidad.

Otro caso ilustra las consecuencias legales y administrativas de esta tragedia. Un joven de 24 años perdió a su padre de 49 años y a su hermano de 26 en diciembre pasado cuando un proyectil de artillería impactó su hogar. Posteriormente le informaron que ambos habían sido enterrados en un hospital de la región. Cuando regresó después de una operación militar, el sitio había sido removido y no pudo localizar los cuerpos. Sin certificados de defunción oficiales, los hijos huérfanos de su hermano no pueden acceder a asistencia estatal para menores porque no existe prueba oficial de la muerte del padre. La ausencia de identificación y documentación oficial perpetúa el sufrimiento más allá de la pérdida emocional, bloqueando acceso a derechos y beneficios básicos.

La envergadura del desafío es colosal. Miles de familias siguen buscando respuestas que probablemente nunca lleguen. Cada día que transcurre sin que se logre una identificación es un día donde la biología avanza, donde el tiempo consume evidencia, donde la ciencia forense pierde terreno. Los derechos fundamentales de estos familiares a conocer el destino de sus seres queridos se erosionan en paralelo con los restos enterrados bajo la ruina, creando una crisis humanitaria que trasciende lo visible y se instala en la incertidumbre perpetua de miles de personas que aguardan respuestas que el tiempo podría hacer imposibles de obtener.