Las turberas de Irlanda cuentan historias que se remontan miles de años atrás. Capas superpuestas de materia orgánica descompuesta guardan en sus entrañas el registro vivo de transformaciones climáticas, asentamientos humanos y ciclos ecológicos que pocas otras geografías del planeta preservan con tanta claridad. Sin embargo, lo que una vez fue abundancia ahora enfrenta una encrucijada que la fotografía de Shane Hynan se propone visibilizar sin sermones ni veredictos definitivos. Su proyecto titulado Beofhód —que significa "Debajo" en la lengua irlandesa— plantea una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando un territorio que durante generaciones fue sustento económico y cultural comienza a desvanecerse sin que exista consenso alguno sobre cómo proceder?
Estos ecosistemas ocupan entre 1,2 y 1,5 millones de hectáreas, representando entre el 14% y el 17% del territorio nacional. No se trata de un porcentaje menor: es equivalente a señalar que prácticamente una sexta parte de Irlanda está constituida por estas formaciones de turba. Los humedales elevados de las regiones centrales del país se originan en cuencas bajas con drenaje deficiente o en antiguos lagos, donde la turba se acumula a un ritmo de apenas 1 milímetro anual. Esta lentitud extrema en su formación contrasta dramáticamente con la velocidad con que desaparecen. Los estudiosos de la geografía histórica han reconocido que en ningún otro lugar del mundo la presencia de las turberas se encuentra tan profundamente entrelazada con la memoria colectiva, tanto en sus dimensiones físicas como culturales.
Del combustible económico a la encrucijada ambiental
Durante siglos, la extracción de bloques de turba —conocidos localmente como turba— constituyó el pilar energético de los hogares rurales. Este trabajo proporcionaba ingresos a comunidades enteras y resolvía una necesidad fundamental: la calefacción de viviendas en un clima notoriamente frío y húmedo. Una familia que dependía de este combustible podía invertir alrededor de 800 euros anuales en calefacción, suma que representa apenas la cuarta parte de lo que un hogar promedio en el país desembolsa para satisfacer sus necesidades energéticas totales. La ventaja económica era clara: se trataba de un recurso accesible, controlable en cantidad y calidad, sin las variables impredecibles que acompañan a otras fuentes de energía. Sin embargo, cuando Hynan regresó a su país tras una prolongada residencia en el extranjero, notó cambios profundos en esta realidad. La llegada del fotógrafo a Irlanda lo colocó en la posición incómoda de quien observa desde fuera: las turberas habían mutado, y con ellas, las dinámicas económicas que las envolvían. Vio con alivio que menos trabajadores se dedicaban a la extracción manual. Simultáneamente, vio con preocupación que la actividad económica que sostenía a muchas personas había perdido su viabilidad financiera.
Paralelamente a esta transformación socioeconómica, las turberas fueron sometidas a presiones de diversa índole. Los datos compilados por la Oficina Central de Estadísticas de Irlanda revelaron una cifra alarmante: más del 80% de los humedales de turba originales han desaparecido. Las causas abarcaban desde la extracción industrial de combustible hasta la deforestación planificada, el uso agrícola intensivo y la conversión de terrenos para actividades hortícolas. Irlanda alberga el 8% de las turberas de manta del planeta —aquellas formadas por restos de pastos y juncias ubicadas en las áreas montañosas de la costa occidental—, un porcentaje que subraya la responsabilidad global de esta nación insular en la preservación de estos ecosistemas únicos.
El dilema invisible: almacenes de carbono sin alternativas claras
Lo que la mayoría de los ciudadanos desconoce es que las turberas funcionan como sumideros de carbono de importancia planetaria. Investigaciones procedentes del proyecto FarmPEAT demostraron que una turbera elevada en buen estado de conservación puede almacenar hasta 13 veces más carbono por hectárea que la selva amazónica. La diferencia crucial radica en dónde se guarda ese carbono: mientras que en las selvas tropicales el carbono reside principalmente en la vegetación que vive en la superficie —y que por lo tanto tiene un ciclo de vida limitado—, en las turberas el carbono se acumula en capas subterráneas durante milenios. Esta característica transforma a estos humedales en guardianes silenciosos de la estabilidad climática global. Cada hectárea preservada es, en términos reales, un activo ambiental de proporción colosal. Sin embargo, esta importancia científica no se traduce automáticamente en políticas públicas efectivas ni en reconocimiento social generalizado. Hynan advierte que en dos décadas, una porción significativa de estas formaciones podría haber desaparecido definitivamente.
El fotógrafo rechaza categóricamente la idea de que su obra funcione como instrumento de prescripción moral o condena. Su fotografía no viene a decir a nadie qué debe hacer, sino a formular preguntas sobre la manera en que experimentamos nuestra relación con el entorno natural. Tampoco pretende resolver las contradicciones que emergen cuando se analiza el tema en profundidad: ¿cómo proteger ecosistemas cuya explotación fue económicamente necesaria para comunidades vulnerables? ¿De qué forma reconciliar el derecho histórico a utilizar un recurso con la obligación de preservar su existencia? ¿Quién carga con la responsabilidad de las decisiones del pasado cuando la ciencia presente revela sus costos ambientales? El artista observa que en Irlanda coexisten múltiples voces que compiten por definir el futuro de las turberas, cada una con su propia lógica, sus propios intereses y su propia visión de lo que "debería" ocurrir. En este contexto de disparidades irreconciliables, ciertos actores resultan demonizados mientras que la complejidad estructural del problema permanece sin ser enfrentada directamente.
El proyecto Beofhód, exhibido en el Museo de Fotografía de Irlanda hasta el 5 de julio de 2026, plantea la noción de que las turberas, como las imágenes que las documentan, quedan en suspenso: nunca completamente resueltas, siempre abiertas a interpretación y reinterpretación. Esta indeterminación no es una debilidad sino una fortaleza. Al rechazar ofrecer soluciones prediseñadas, Hynan obliga al espectador a confrontar su propia relación con el territorio, a preguntarse qué significa habitar un lugar cuya identidad está literalmente desapareciendo bajo sus pies, y a considerar las opciones que enfrenta la sociedad irlandesa en materia de interacción con estos ecosistemas únicos.
Los próximos años determinarán si las turberas de Irlanda logran convertirse en símbolos de un cambio hacia prácticas de preservación, o si su transformación continuará bajo lógicas que priorizan beneficios económicos inmediatos sobre garantías ambientales a largo plazo. Las opciones incluyen la restauración activa de humedales degradados, la prohibición de nuevas extracciones, el reconocimiento de derechos comunitarios sobre territorios históricos, o la combinación de estas estrategias. Cada camino trae consigo consecuencias distributivas diferentes: algunos grupos se beneficiarían mientras que otros experimentarían pérdidas. Sin consenso político, sin financiamiento claro, sin mecanismos de compensación para quienes dependen económicamente de estas actividades, el futuro de las turberas permanece envuelto en una incertidumbre que la fotografía documenta pero no puede resolver por sí sola.



