Un fin de semana bastó para que Mali quedara expuesto en toda su fragilidad. No fue un episodio aislado ni un ataque menor: fue una ofensiva coordinada, de múltiples frentes, que dejó al descubierto las grietas profundas de un país gobernado por una junta militar que apostó todo a la alianza con Rusia y perdió terreno en cuestión de horas. La muerte del ministro de Defensa, la retirada de las fuerzas mercenarias respaldadas por el Kremlin y la caída simbólica de ciudades clave no son solo noticias militares. Son señales de una reconfiguración política y de seguridad que podría alterar el equilibrio de toda la región del Sahel. Lo que cambió este fin de semana no es solo el mapa del conflicto: es la percepción de que el régimen de Bamako tenía el control.

Una ofensiva diseñada para golpear el corazón del poder

Los ataques del fin de semana fueron ejecutados por dos fuerzas con historias y objetivos distintos, pero que esta vez actuaron en forma coordinada: el grupo Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), vinculado a Al Qaeda, y el Frente de Liberación del Azawad (FLA), movimiento separatista de raíz tuareg. La alianza táctica entre ambos resulta llamativa porque, durante años, fueron adversarios en el complejo tablero saheliano. Que hayan convergido en una operación simultánea sobre varios puntos estratégicos del país habla de una capacidad de planificación que las autoridades malienses claramente no anticiparon.

Los blancos elegidos no fueron aleatorios. Kati, ciudad guarnición ubicada a pocos kilómetros de Bamako y considerada el bastión más sólido de la junta, fue atacada con coches bomba y drones armados. El aeropuerto internacional Modibo Keita tuvo que cerrar temporalmente. También fueron afectadas Gao, en el este, y las localidades centrales de Mopti y Sévaré. El ministro de Defensa, Sadio Camara, murió luego de que un atacante suicida estrelló un vehículo cargado de explosivos contra su residencia en Kati. En el enfrentamiento posterior, Camara recibió heridas de las que no se recuperó. Junto a él, también habría muerto el jefe de inteligencia militar, Modibo Koné. Dos figuras centrales del aparato de poder eliminadas en una misma jornada.

Camara no era un funcionario más. Junto a Koné, fue uno de los protagonistas del golpe de Estado que derrocó al presidente civil Ibrahim Boubacar Keïta en 2020. Después, ambos fueron parte del entramado que consolidó al capitán Assimi Goïta como líder de la junta tras un segundo golpe en mayo de 2021. Camara además tuvo un rol clave en la transición desde el Grupo Wagner —liderado por Yevgeny Prigozhin hasta su muerte en agosto de 2023— hacia la nueva estructura denominada Africa Corps, el brazo paramilitar que el Kremlin reorganizó para seguir operando en África sin el peso simbólico del escándalo Wagner. Su eliminación no es solo una pérdida operativa: es un golpe a la columna vertebral del régimen.

Rusia abandona Kidal: el símbolo que nadie puede ignorar

Pocas ciudades tienen en Mali la carga simbólica de Kidal. Ubicada a unos 400 kilómetros al sur de la frontera con Argelia, fue durante décadas el corazón político y cultural de la resistencia tuareg. Su control fue siempre disputado, y su valor como símbolo es mayor que su peso demográfico. Por eso, la confirmación de que las unidades de Africa Corps se retiraron de la ciudad junto al ejército maliense representa algo más que un movimiento táctico. Es la materialización de un fracaso que venía gestándose hace meses.

El propio Africa Corps lo admitió públicamente a través de un mensaje en Telegram: sus unidades que operaban en Kidal se retiraron "de conformidad con una decisión conjunta" con las autoridades malienses. El portavoz del FLA, Mohamed El Maouloud Ramadan, afirmó que la salida fue producto de un acuerdo para una retirada pacífica. Independientemente de cómo se la presente, la imagen es contundente: videos difundidos en redes sociales mostraban a combatientes yihadistas riendo y descansando en la residencia del gobernador de Kidal. El analista Ulf Laessing, responsable del programa Sahel de la Fundación Konrad Adenauer y radicado en Bamako, fue directo al evaluar la situación: para Rusia, dijo, esto fue "un desastre". Moscú no pudo evitar la caída de una ciudad que era símbolo y ahora debe retirarse de un territorio que el Kremlin consideraba parte de su zona de influencia estratégica en el continente. Además, un helicóptero Mi-8AMTSh perteneciente a Africa Corps fue derribado cerca de Gao con un misil tierra-aire, con todos sus ocupantes a bordo.

La presencia rusa en Mali se consolidó luego de que la junta decidiera darle la espalda a los aliados occidentales. Francia, que mantenía una presencia militar significativa en la región a través de la Operación Barkhane, fue expulsada. Las fuerzas de la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Mali (MINUSMA) también fueron forzadas a retirarse en 2023. El vacío fue ocupado por Wagner primero, y por Africa Corps después. Los resultados concretos de esa asociación fueron magros: el año pasado, el JNIM mantuvo durante meses un bloqueo de camiones de combustible provenientes de Costa de Marfil y Senegal, dejando sin suministros básicos a la capital hasta que se llegó a un acuerdo. La junta presentó ese pacto como una victoria, pero la vulnerabilidad quedó expuesta.

Un Sahel que hierve: el contexto regional que amplifica la crisis

Mali no es una isla. Lo que ocurre en su territorio impacta directamente sobre un arco de inestabilidad que abarca también a Burkina Faso y Níger, los otros dos países que en 2025 formalizaron su alejamiento de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO/ECOWAS) para conformar la Alianza de Estados del Sahel (AES). El presidente militar burkinés, Ibrahim Traoré, actual presidente de la AES, salió a decir que los ataques fueron "respaldados por enemigos de la lucha de liberación del Sahel", aunque sin aportar ningún elemento que sustente esa afirmación. Desde Abuja, la ECOWAS emitió un llamado a la unidad de todos los estados y fuerzas de seguridad de la región para hacer frente coordinado a la insurgencia, aunque Mali ya no forma parte del bloque.

Hay otro actor que empieza a asomar en el tablero: Costa de Marfil. Hay reportes de que una aeronave marfileña realizó vuelos de vigilancia en la zona fronteriza. El gobierno de Bamako mira con desconfianza a Abiyán, a quien considera —junto a Nigeria— como un aliado de París en la región. Costa de Marfil estaría buscando coordinar con Estados Unidos operaciones transfronterizas hacia Mali y Burkina Faso. La dimensión geopolítica del conflicto, entonces, no se agota en el enfrentamiento entre la junta y los grupos armados: involucra a potencias regionales y extraregionales con intereses divergentes.

El secretario general de la ONU, António Guterres, expresó su preocupación por la escalada de violencia y puso el foco en una cifra que no puede perderse de vista: aproximadamente 5 millones de personas en Mali se encuentran en situación de necesidad humanitaria. Un país que ya venía deteriorándose en términos de acceso a servicios básicos, desplazamiento interno y crisis alimentaria ahora enfrenta una nueva sacudida que agravará aún más las condiciones de vida de su población civil. Mali es uno de los países más pobres del mundo según el Índice de Desarrollo Humano, y los ciclos de inestabilidad política y conflicto armado que se suceden desde al menos 2012 —cuando una rebelión tuareg y un golpe militar abrieron la caja de Pandora— no han hecho más que profundizar esa precariedad.

Lo que viene para Mali abre varios escenarios posibles y ninguno resulta sencillo. Si la junta de Goïta logra estabilizar la situación militar y reafirmar el control sobre las ciudades estratégicas, podría intentar relanzar su narrativa de soberanía y resistencia frente a presiones externas. Pero si la retirada de Kidal y la muerte de sus principales cuadros militares precipitan fracturas internas dentro del propio régimen, el escenario puede deteriorarse con rapidez. La alianza con Rusia, que era presentada como el eje de la estrategia de seguridad, acaba de mostrar sus límites más crudos. La pregunta que sobrevuela Bamako es si existe alguna alternativa viable, y quiénes estarían dispuestos a ofrecerla. Para los millones de malienses atrapados entre la violencia, las sanciones y la crisis humanitaria, las respuestas a esas preguntas no son abstractas: son urgentes.