Hay momentos en la política en que los adversarios dejan de mirarse de reojo y deciden enfrentarse al enemigo común. Eso fue exactamente lo que ocurrió en Israel este domingo, cuando dos ex primeros ministros de ideologías distintas —uno de derecha, el otro de centro— anunciaron la fusión de sus partidos para competir juntos contra Benjamin Netanyahu en las elecciones previstas para antes de fin de octubre. El hecho importa no solo por lo que significa para el tablero político israelí, sino porque marca un punto de inflexión en la historia reciente de un país que lleva más de dos años sumido en una guerra que ha desgastado a su gobierno, a sus fuerzas armadas y a su sociedad. Lo que cambia es simple y contundente: Netanyahu ya no enfrenta rivales dispersos, sino una estructura unificada que, según las encuestas, podría ser la más votada del Knesset.

La alianza que nadie esperaba... aunque ya había pasado antes

Naftali Bennett, de 54 años, ex comandante de operaciones especiales del ejército convertido en millonario tecnológico, y Yair Lapid, de 62, ex conductor de televisión que escribe canciones pop y novelas de thriller y que representa a la clase media secular israelí, se presentaron juntos ante la prensa para anunciar la unión de sus respectivas fuerzas políticas: Bennett 2026 y Yesh Atid (Hay Futuro). El nuevo partido se llamará Juntos, y Bennett será su líder. "Después de 30 años, es hora de separarnos de Netanyahu y abrir un nuevo capítulo para Israel", dijo Bennett en la conferencia de prensa conjunta. Lapid, por su parte, fue más emotivo: "Estamos aquí juntos por el bien de nuestros hijos. El Estado de Israel debe cambiar de rumbo". No son palabras vacías: ambos ya gobernaron juntos entre 2021 y 2023, cuando lograron desplazar a Netanyahu de la jefatura del gobierno tras doce años consecutivos en el poder. Esa experiencia duró apenas año y medio, pero demostró que la fórmula era posible.

La historia reciente entre estos dos políticos es larga y compleja. Ya en 2013, Bennett y Lapid habían coordinado su ingreso al gobierno de Netanyahu, condicionando su participación en la coalición y dejando afuera a los aliados ultraortodoxos del primer ministro, un golpe que Netanyahu jamás olvidó. Luego, en las elecciones de 2021, volvieron a actuar juntos y lograron lo que parecía imposible: armar una coalición de gobierno que incluyó, por primera vez en la historia de Israel, a un partido proveniente de la minoría árabe del país —palestinos de origen con ciudadanía israelí—, la Lista Árabe Unida, liderada por Mansour Abbas. Ese gobierno fue histórico, pero frágil: con una mayoría mínima y profundamente dividido en temas como el conflicto israelí-palestino, no logró superar los 18 meses. Netanyahu aprovechó el colapso para volver con más fuerza en noviembre de 2022 y armar lo que se describió como el gobierno más derechista en la historia del Estado de Israel.

El mapa electoral y el tercer jugador que podría inclinar la balanza

El movimiento de este domingo no se limitó a la fusión de dos partidos. Bennett también extendió una invitación pública a Gadi Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel y actual líder del partido Yashar, para que se sume a la nueva coalición. Eisenkot no confirmó formalmente su incorporación, pero su respuesta fue elocuente: llamó a Bennett y Lapid "socios", dijo que el objetivo de ganar las elecciones "es compartido" y prometió actuar "con responsabilidad y sabiduría" para lograr "el cambio que Israel necesita". En la práctica, el lunes ya estaba coordinando movimientos con Bennett. Una encuesta reciente reveló los números que explican por qué este acuerdo sacude al sistema: el partido de Bennett empataría con el Likud de Netanyahu en 24 escaños cada uno, mientras que Yesh Atid de Lapid sumaría 7 y Yashar de Eisenkot 12. Si los tres bloques se consolidan, la alianza superaría en representación parlamentaria al partido gobernante. Eso, en el sistema de coaliciones israelí, es un dato que lo cambia todo.

Sin embargo, el camino no está libre de obstáculos. La propia naturaleza del sistema político israelí, basado en coaliciones frágiles y electorados volátiles, puede jugar en contra. Analistas señalan que la unión de Bennett con Lapid podría espantar a votantes desencantados del Likud que ven en Bennett una alternativa de derecha pero rechazan al Lapid centrista. En ese sentido, la coalición gana amplitud ideológica pero puede perder en homogeneidad. Algunos analistas compararon la operación con la coalición que en Hungría logró desplazar a Viktor Orbán del poder, aunque con resultados mixtos: en ese caso, la unión terminó siendo insuficiente. Bennett fue cuidadoso en marcar diferencias respecto de su experiencia anterior: descartó explícitamente armar coalición con partidos árabes y dejó en claro que no cederá territorios a "los enemigos", en una alusión directa al objetivo palestino de establecer un Estado independiente en los territorios ocupados.

Netanyahu entre la enfermedad, la guerra y el desgaste político

El anuncio de la alianza opositora coincidió con otra noticia que sacudió la escena política israelí: Netanyahu reveló que recientemente le extirparon un tumor maligno de próstata. La declaración fue vaga en detalles y levantó preguntas inmediatas: ¿por qué se informó ahora? ¿Cuál es el estado real de su salud? La revelación abre un frente nuevo en la campaña, porque el estado de salud del candidato se convierte inevitablemente en un tema electoral. Netanyahu es el primer ministro con más años en el cargo en la historia de Israel —superando incluso a David Ben Gurión— y desde las elecciones de 2022 arrastra además un juicio por corrupción que se desarrolla en paralelo a su gestión de gobierno. El ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023 al sur de Israel, que dejó más de 1.200 muertos en pocas horas y derivó en una guerra que se extendió a múltiples frentes —Gaza, Líbano con Hezbollah, y tensiones con Irán—, erosionó seriamente su imagen como garante de la seguridad nacional, que había sido históricamente su mayor activo político.

Lapid y Bennett coinciden en una crítica central al gobierno: que no fue capaz de convertir los logros militares en victorias estratégicas frente a Irán y sus brazos armados en la región. Las bajas de los últimos dos años representan el mayor número de muertos en combate en décadas para las fuerzas israelíes, y el ejército ha alertado sobre un estiramiento peligroso de sus capacidades operativas. A esto se suma un debate interno que tiene a la sociedad israelí partida al medio: la exención del servicio militar obligatorio para las comunidades ultraortodoxas, sectores con alta dependencia de subsidios estatales y baja inserción laboral, aliados históricos de Netanyahu en el Knesset. Lapid y Bennett hicieron de este tema una bandera de campaña, capitalizando el malestar de una clase media que siente que carga desproporcionadamente con el peso fiscal y el sacrificio militar.

Netanyahu, lejos de quedarse quieto, respondió este domingo con una táctica que le resulta familiar: publicó en su cuenta de Telegram una fotografía de 2021 donde se ve a Bennett y Lapid junto a Mansour Abbas, el líder árabe-israelí. "Lo hicieron una vez, lo harán de nuevo", escribió, insinuando que la nueva coalición volverá a incluir a partidos árabes, algo que parte de su electorado rechaza visceralmente. La respuesta de Bennett fue directa: descartó esa posibilidad. El cruce ilustra la lógica de esta campaña: Netanyahu intentará definir a sus rivales por sus alianzas pasadas; Bennett y Lapid intentarán definirlo a él por los fracasos de la guerra y los compromisos con sus socios religiosos.

Las consecuencias de este realineamiento político son difíciles de prever con certeza. Si la coalición opositora logra mantenerse cohesionada hasta las elecciones, Netanyahu enfrentará el desafío más serio de su carrera. Si se fractura —como ya ocurrió antes—, el primer ministro podría repetir la hazaña de 2022 y sobrevivir políticamente a lo que muchos creían sería su final. Para Israel en su conjunto, el resultado definirá no solo quién gobierna, sino cómo se administrará el fin del conflicto en Gaza, cómo se manejará la relación con Washington, y si habrá alguna revisión de los acuerdos con los sectores ultraortodoxos que condicionan la política interior desde hace décadas. Hay quienes ven en esta alianza una oportunidad de reencauzar al país; otros advierten que una coalición heterogénea puede ser tan inestable como las anteriores. Los meses que siguen dirán quién tiene razón.