Cuando el sol todavía no había terminado de salir sobre el Sahel, Mali despertó convertido en un campo de batalla. El sábado pasado, una ofensiva coordinada golpeó simultáneamente a Bamako, la capital, y a otras cuatro ciudades del centro y norte del país, en lo que los especialistas ya califican como el ataque más ambicioso y destructivo que ha sufrido el país en varios años. La magnitud del operativo no solo expone la fragilidad del gobierno militar que conduce al país desde el golpe de Estado, sino que también revela algo todavía más alarmante: la alianza táctica entre grupos yihadistas vinculados a Al-Qaeda y milicias separatistas tuareg, dos fuerzas que históricamente han tenido objetivos distintos pero que ahora parecen marchar juntas hacia un mismo horizonte de caos.
Una alianza que ya destruyó Mali una vez
El grupo JNIM —Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin, la franquicia saheliana de Al-Qaeda— reivindicó la autoría de los ataques a través de su canal oficial en la plataforma Az-Zallaqa. Pero lo que más llamó la atención de analistas y diplomáticos no fue la acción en sí, sino el nombre que apareció junto al de JNIM en ese comunicado: el Frente de Liberación de Azawad, la organización armada que representa las aspiraciones independentistas de la comunidad tuareg en el norte de Mali. Esta combinación no es nueva en la historia del país: en 2012, una coalición similar entre yihadistas y rebeldes tuareg logró tomar el control de todo el norte de Mali, desencadenando una crisis de seguridad regional que todavía no se ha resuelto y que obligó a Francia a intervenir militarmente con la operación Serval. Que ambas fuerzas vuelvan a actuar en tándem es, para muchos, una señal de que el ciclo de violencia está lejos de cerrarse.
El experto Ulf Laessing, director del programa para el Sahel en la Fundación Konrad Adenauer, fue uno de los primeros en dimensionar la gravedad de la situación. Según su análisis, la coordinación entre yihadistas y tuareg es el elemento verdaderamente inquietante de esta jornada. "Cuando estas dos fuerzas se unieron en 2012, el norte de Mali cayó en cuestión de semanas", advirtió, dejando en claro que el paralelismo histórico no es caprichoso sino estructural. La región vuelve a estar en un punto de inflexión.
Bamako bajo fuego: el aeropuerto y la base militar, en el centro del ataque
En la capital, los combates se concentraron en torno al aeropuerto internacional Modibo Keïta, ubicado a unos 15 kilómetros del centro de la ciudad y contiguo a una base aérea de las Fuerzas Armadas malienses. El sonido de disparos de armas automáticas y artillería pesada se prolongó durante horas, mientras helicópteros militares sobrevolaban los barrios aledaños. La embajada de Estados Unidos en Bamako emitió una alerta de seguridad para sus ciudadanos, instándolos a permanecer en sus domicilios y a no acercarse a las zonas comprometidas. El ejército maliano reconoció los ataques en un comunicado oficial, aunque minimizó su impacto al afirmar que la situación quedó "bajo control" en pocas horas.
También fue blanco la localidad de Kati, a escasos kilómetros de Bamako, donde se encuentra la principal base militar del país y donde reside el propio líder de la junta, el general Assimi Goita. La residencia del ministro de Defensa, Sadio Camara, sufrió daños severos a causa de una explosión durante el asalto. Videos que circularon en redes sociales mostraron convoyes de insurgentes desplazándose en camionetas y motocicletas por las calles desiertas de Kati, mientras los vecinos los observaban desde sus ventanas con visible temor. La imagen resultó simbólicamente devastadora: los mismos hombres que el gobierno dijo haber contenido, actuando con relativa libertad en el corazón del poder militar maliense.
En el norte, la situación fue igualmente grave. La ciudad de Kidal —que había sido recuperada por las fuerzas gubernamentales y mercenarios rusos del grupo Wagner recién en 2023, tras haber sido históricamente un bastión separatista— volvió a estar en disputa. Un portavoz del movimiento Azawad aseguró que sus combatientes tomaron el control de varias zonas de Kidal y de algunos sectores de Gao, la ciudad más grande del norte maliense. En Gao, un residente describió explosiones tan potentes que hacían vibrar las puertas y ventanas de su casa desde las primeras horas de la madrugada. También se reportaron enfrentamientos en Sévaré y Mopti, en el centro del país, completando un cuadro de violencia de alcance verdaderamente nacional.
La apuesta rusa y el fracaso de la estrategia de seguridad
Este episodio llega en un momento particularmente delicado para la junta que gobierna Mali desde el golpe de 2021. Tras romper relaciones con Francia y expulsar a las tropas internacionales que operaban en el marco de la misión de la ONU —conocida como MINUSMA, clausurada en 2023—, Bamako apostó por un nuevo socio estratégico: Rusia. Los mercenarios del grupo Wagner —hoy reorganizados bajo distintas denominaciones tras la muerte de Yevgeny Prigozhin— fueron presentados como la solución definitiva a la insurgencia. La reconquista de Kidal en 2023 fue exhibida como prueba de esa eficacia. Sin embargo, los hechos del último sábado demuelen ese relato con contundencia. No solo los yihadistas siguen operando con plena capacidad ofensiva, sino que además lograron atacar simultáneamente puntos neurálgicos del Estado en todo el territorio nacional.
Mali no está solo en esta situación. Sus vecinos Burkina Faso y Níger atraviesan crisis similares: juntas militares que desplazaron a gobiernos civiles, rupturas con Occidente, acercamiento a Moscú y escalada sostenida de la violencia yihadista. Los tres países forman hoy la llamada Alianza de Estados del Sahel, una confederación política que se presenta como alternativa al orden regional liderado por Francia, pero que no ha logrado revertir el deterioro de la seguridad. Según analistas especializados en la región, el número de ataques de grupos armados en el Sahel alcanzó niveles récord en los últimos años, con miles de civiles muertos y millones de desplazados. El propio ejército maliense ha sido acusado repetidamente de ejecutar a civiles sospechados de colaborar con los insurgentes, lo que agrava el ciclo de desconfianza y reclutamiento de las milicias.
Lo que ocurrió en Mali el último sábado no es un hecho aislado ni una anécdota de la conflictividad africana. Es la manifestación más reciente y más brutal de un problema estructural que lleva más de una década sin solución: la fragilidad del Estado en el Sahel, la pobreza crónica que alimenta el reclutamiento yihadista, y la incapacidad de los gobiernos militares de construir legitimidad política más allá de la fuerza. Para el lector argentino, el caso maliano debería ser una advertencia sobre los límites de los gobiernos que concentran el poder en nombre de la seguridad y terminan por ofrecer ni una cosa ni la otra. La alianza entre JNIM y el Frente de Liberación de Azawad no es solo una noticia africana: es el síntoma de que cuando el Estado falla, los actores más violentos llenan el vacío. Y ese principio no tiene fronteras.



