Mientras el presidente estadounidense Donald Trump insistía en que su país tiene "todas las cartas" en la mano frente a Irán, el canciller alemán Friedrich Merz lanzó una lectura radicalmente distinta ante estudiantes en la ciudad de Marsberg: Estados Unidos está siendo humillado. La declaración no es un detalle menor. Viene de uno de los líderes más influyentes de la alianza atlántica, en un momento en que la brecha entre Washington y sus socios de la OTAN se ensancha con cada ronda de conversaciones frustradas. Lo que está en juego no es solo el futuro del programa nuclear iraní, sino el mapa de poder en Oriente Medio, el precio global del petróleo y la credibilidad diplomática de la principal potencia occidental.
Una mesa de negociación que nadie sabe cómo abandonar
El cuadro diplomático que se despliega en estos días es tan complejo como frágil. Las conversaciones indirectas entre delegaciones estadounidenses e iraníes, celebradas en Islamabad con mediación pakistaní, no produjeron ningún avance concreto. La segunda ronda, encabezada por el vicepresidente JD Vance, terminó sin resultados. Días después, Trump decidió cancelar directamente el envío de negociadores a una nueva reunión en la capital pakistaní. Desde Teherán, en cambio, no hubo señales de urgencia ni de frustración. Merz lo describió con precisión quirúrgica: los iraníes son hábiles no para negociar, sino para no negociar, logrando que los americanos viajen, esperen y se vayan con las manos vacías. Esa asimetría en la gestión del tiempo y la presión dice mucho sobre quién controla el ritmo de este conflicto.
Históricamente, Irán ha demostrado una capacidad notable para sostener posiciones bajo presión extrema. Desde la revolución de 1979, el régimen de los ayatolás sobrevivió a una guerra de ocho años con Irak —que dejó más de medio millón de muertos—, décadas de sanciones internacionales y múltiples campañas de máxima presión económica. La resiliencia no es una narrativa propagandística: es una constante estructural que los estrategas de Washington han subestimado en reiteradas ocasiones. El analista Ali Vaez, del International Crisis Group, fue directo: Irán está en lo que percibe como una batalla existencial, y su liderazgo no titubea en trasladar el sufrimiento económico a su propia población antes que ceder en posiciones consideradas estratégicas.
El estrecho de Ormuz como arma y como oferta
En ese contexto, Teherán presentó una propuesta que sorprendió a varios actores regionales: un acuerdo de cese del fuego centrado exclusivamente en reabrir el estrecho de Ormuz, dejando para negociaciones posteriores los temas nucleares, los misiles balísticos y las sanciones. La iniciativa, transmitida a Washington a través de los mediadores pakistaníes, incluye además un elemento que generó rechazo inmediato en la comunidad internacional: bajo un proyecto de ley que prepara el parlamento iraní, los buques que transiten el estrecho deberían pagar a Teherán por los "servicios" de navegación, algo que antes de la guerra era completamente gratuito. La Organización Marítima Internacional de la ONU (OMI) rechazó de plano esta idea. Su secretario general, Arsenio Domínguez, fue categórico: no existe ninguna base legal para imponer tasas, aranceles o cobros de ningún tipo sobre los estrechos de navegación internacional.
Pese a ese rechazo, la propuesta en sí misma revela un movimiento táctico significativo. Hasta hace poco, Irán utilizaba el bloqueo del flujo de petróleo y gas del Golfo como palanca para obtener garantías de seguridad amplias. Ahora, con su economía bajo una presión brutal —el Fondo Monetario Internacional proyecta una contracción del 6,1% del PBI iraní en 2025, con una inflación interanual cercana al 70% y precios de alimentos básicos y salud subiendo aún más rápido—, Teherán parece buscar una salida parcial que alivie el cerco sin entregar sus activos estratégicos nucleares. Trump, a su vez, aplicó un contrabloqueo sobre los puertos iraníes, lo que agravó la crisis al impedir el retorno de los buques tanque vacíos que funcionan como almacenamiento flotante. Irán está quedando sin capacidad de guardar su propia producción energética, y reducir la extracción tendría efectos de largo plazo devastadores para su sector de hidrocarburos.
Moscú entra al tablero con promesas vagas pero relevantes
En ese escenario de asfixia económica, el canciller iraní Abbas Araghchi viajó a Moscú para reunirse con Vladimir Putin y una delegación rusa de alto nivel. El objetivo central fue mitigar el impacto del bloqueo y explorar rutas comerciales alternativas. Putin prometió que Rusia hará "todo lo que sirva a los intereses iraníes y de la región para que la paz llegue cuanto antes", según la cobertura de los medios oficiales rusos. El analista Nikita Smagin, especializado en relaciones ruso-iraníes, apuntó que las conversaciones giraron en torno a apoyo militar, económico y logístico, con el Mar Caspio y la conexión terrestre con Rusia como posibles corredores alternativos si el bloqueo sobre Ormuz se extiende. Sin embargo, esa ruta tiene limitaciones estructurales severas: Israel ya bombardeó el puerto iraní de Bandar Anzali, sobre el Caspio, en marzo pasado, y en ningún escenario previo esa vía estuvo cerca de reemplazar al estrecho de Ormuz, que concentraba más del 90% del comercio exterior iraní antes del conflicto.
Araghchi, por su parte, aprovechó el viaje para lanzar un mensaje de posicionamiento: afirmó que "el mundo ha comprendido el verdadero poder de Irán" y que la República Islámica se ha mostrado como "un sistema sólido, estable y poderoso". El tono triunfalista contrasta con los números económicos, pero refleja una lógica de comunicación interna e internacional que el régimen ha sostenido con coherencia a lo largo de décadas. En Teherán, la narrativa de resistencia tiene un valor político que no se mide solo en indicadores macroeconómicos.
Las presiones internas de Trump y el calendario que no perdona
Vaez señaló algo que suele quedar fuera del análisis: Trump también enfrenta sus propias vulnerabilidades políticas en esta partida. El precio de la nafta en el mercado interno estadounidense, la inflación general que erosiona el apoyo popular, la cumbre prevista con el presidente chino Xi Jinping en Pekín a mediados de mayo —para la cual resolver la crisis de Ormuz sería una señal de fortaleza— y la preocupación concreta de que la escasez global de combustible de aviación pueda afectar el desarrollo del Mundial de Fútbol que se celebrará en América del Norte durante junio y julio. Ese campeonato tiene un valor simbólico y económico enorme para la administración Trump, que impulsó activamente su realización en territorio continental.
Si Washington decidiera aceptar la propuesta iraní de "Ormuz primero", Trump podría argumentar una victoria relativa apuntando al daño que los bombardeos estadounidenses e israelíes infligieron al programa nuclear y a las capacidades militares iraníes desde el ataque de febrero. Pero esa narrativa tiene un problema de fondo: Irán conservaría intacto su stockpile de 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido, suficiente en términos teóricos para fabricar alrededor de una docena de cabezas nucleares. Ariane Tabatabai, vicepresidenta de investigación en seguridad y defensa del Chicago Council on Global Affairs y exasesora del Pentágono, advirtió además que Irán podría reconstituir parte considerable de su capacidad militar con relativa rapidez, dado que su doctrina castrense se basa en sistemas que pueden adquirirse, mantenerse y operarse con costos relativamente bajos.
En paralelo, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu abrió otro frente de tensión al advertir sobre posibles nuevas acciones militares en el Líbano, señalando que Hezbollah —el grupo respaldado por Teherán— todavía posee cohetes de 122 milímetros y drones que representan una amenaza vigente. La declaración agrega una variable más a un tablero ya saturado de presiones cruzadas.
Las semanas que vienen serán determinantes. Si las negociaciones indirectas se retoman y prosperan en torno a Ormuz, el mundo podría ver un alivio parcial de la crisis energética global, aunque las cuestiones nucleares quedarían pendientes en un horizonte incierto. Si el bloqueo mutuo se prolonga, las consecuencias económicas seguirán acumulándose tanto en Irán como en los mercados internacionales, con un impacto directo sobre países que dependen del tránsito del estrecho para su abastecimiento. Y si la situación escala militarmente —ya sea por la acción israelí en el Líbano o por una nueva provocación en el Golfo— el margen para una salida negociada se estrecharía de manera dramática. Cada uno de estos escenarios arrastra consecuencias que van mucho más allá de los actores directos del conflicto, tocando cadenas de suministro, precios de energía y equilibrios de poder que se sienten desde Buenos Aires hasta Tokio.



