La tierra se tragó a más de mil personas en cuestión de horas y dejó un panorama de desolación en los valles de Nepal. Una semana después del colapso de un glaciar en la frontera entre Nepal y Tíbet, que desató una ola devastadora de agua, lodo y rocas, equipos de rescate consiguieron extraer vivos a dos hombres de las catacumbas de un túnel donde habían permanecido durante nueve jornadas consecutivas. El hallazgo representa un destello de esperanza en medio de una tragedia de magnitudes históricas, pero también revela la magnitud del drama que aún se desarrolla en las entrañas de la cordillera. Los dos sobrevivientes fueron sacados del túnel Trishuli 3A, un proyecto de generación hidroeléctrica ubicado en una de las zonas más golpeadas por el desastre natural, a una profundidad de 170 metros bajo tierra.
Del barro emerge la vida: dos rescates en el abismo
Sanjay Shah, quien se desempeñaba como capataz de obra, fue el primero en ser extraído del túnel. Su imagen fue capturada por efectivos del ejército nepalí: cubierto de barro de los pies a la cabeza, pero consciente, fue cargado al hombro de uno de los rescatistas que lo sacaban por la pequeña y oscura boca de la galería subterránea. Poco después se confirmó el rescate de Kabir Maharjan, supervisor del proyecto, quien fue trasladado junto a Shah en operaciones aéreas hacia un hospital en Katmandú. Ambos habían permanecido en el interior de la estructura sin ver luz natural durante nueve días consecutivos, respirando el aire que quedaba atrapado en bolsas de aire dentro de la roca.
El momento exacto del hallazgo de Shah fue documentado por los militares. Cuando los rescatistas lo sacaron a la superficie y lo colocaron en contacto con personal médico, su primer interrogante fue tan desgarrador como revelador de su desorientación temporal: preguntó qué día era. La mente de Shah había perdido la noción del tiempo en la prisión subterránea donde fue atrapado. Su recuperación física mostraba estabilidad, pero Maharjan presentaba un cuadro más complejo. Al momento de su internación en la unidad de cuidados intensivos, se encontraba en estado crítico, con una lesión en la pierna y una coloración amarillenta en la piel que indicaba severas complicaciones hepáticas derivadas de su prolongada permanencia bajo tierra.
Cuando Shah recuperó fuerzas suficientes para dialogar con los oficiales del ejército, narró lo que había sucedido en esos nueve días de oscuridad y angustia. En el momento en que la crecida torrencial embistió contra el túnel, él se encontraba en la sala de control de la central junto a entre 40 y 45 trabajadores. Su testimonio dibuja una escena de pánico controlado: corrió a través del túnel gritando a sus compañeros que escaparan, que salvaran sus propias vidas. Sin embargo, el tiempo jugó en su contra. Mientras ayudaba a otros, la salida se cerró para él. "Después de tal accidente, no podría haber huido solo. Tenía que salvar a todos", relató a los militares después de su rescate. Fue entonces cuando quedó atrapado a 170 metros de profundidad, sin certeza alguna sobre cuánto tiempo permanecería en ese vacío.
En las entrañas de la montaña: la lucha contra la desesperación
La supervivencia de Shah durante nueve días en la oscuridad no fue obra del azar. Para mantener su mente en equilibrio psicológico, el capataz utilizó una estrategia ancestral de su cultura: recitaba mantras una y otra vez, cantos repetitivos que lo ayudaban a preservar la cordura en medio de la angustia. No estaba completamente solo. Dentro del túnel, a través de gritos que reverberaban en las galerías de roca, logró comunicarse con lo que estimaba eran entre tres y cuatro personas más que también habían quedado atrapadas en diferentes secciones de la estructura. Las voces le llegaban distorsionadas, atravesando cientos de metros de túnel, pero eran prueba de que otros respiraban en la oscuridad. Shah sospechaba también que podría haber sobrevivientes en la sala de máquinas, la central de potencia ubicada en las entrañas del proyecto, aunque no tenía certeza sobre quiénes lograron escapar y quiénes quedaron enterrados. Su relato, lejos de ser un testimonio de salvación pura, es el de un hombre que cargaba con la incertidumbre de no saber si sus acciones habían servido para algo.
La esposa de Maharjan, Hirashova, presenció el tortuoso proceso de recuperación de su marido en el hospital. Cuando lo vio extraído del túnel en las fotografías difundidas por el ejército, experimentó una mezcla de emociones tan intensa que lo único que pudo hacer fue llorar. Pero cuando lo visitó en la cama de la unidad de cuidados intensivos, la realidad fue más compleja. Maharjan inicialmente no la reconoció. Su mente estaba fragmentada por la experiencia. Desorientado, preguntaba dónde estaba, qué le había sucedido. No articulaba respuestas coherentes a sus palabras. Sin embargo, con el paso de las horas, la conciencia fue regresando lentamente. Cuando Hirashova le ofreció agua, él aceptó. Luego, cuando le preguntó si la reconocía, asintió con la cabeza. Ese movimiento, esa afirmación silenciosa, fue para ella una victoria monumental. "Casi habíamos perdido toda esperanza", confesó la esposa mientras describía la transformación de su marido en las primeras horas de hospitalización.
La magnitud de una tragedia sin precedentes
El colapso del glaciar en la línea fronteriza entre Nepal y el territorio controlado por China en Tíbet transformó una región de belleza montañosa en un cementerio subterráneo. La ola de agua, rocas y lodo que descendió por los valles de los ríos Bhotekoshi y Trishuli aniquiló casi por completo la infraestructura de generación hidroeléctrica que se extendía a lo largo de esas arterias acuáticas. Proyectos que tomaron años en construirse fueron obliterados en minutos. De acuerdo a la agencia de gestión de desastres de Nepal, al menos 1.287 personas perdieron la vida en los primeros registros confirmados, mientras que más de 5.000 permanecen desaparecidas. Estas cifras catastróficas sitúan al evento entre los desastres naturales más letales que ha registrado el país en las últimas décadas.
Los trabajadores de las plantas hidroeléctricas quedaron atrapados en un contexto de pánico absoluto. Cuando la avalancha de agua y escombros arrasó con los proyectos, muchos obreros se encontraban dentro de los túneles de acceso y las cámaras subterráneas donde funcionan los sistemas de generación. Las entradas de estos conductos fueron selladas por rocas del tamaño de casas y capas de lodo que endurecieron como hormigón. Durante los primeros días posteriores al desastre, los equipos de rescate apenas podían localizar dónde estaban exactamente los túneles bajo el manto de escombros. La física de la catástrofe jugó un papel paradójico: aunque los túneles fueron enterrados bajo toneladas de material, sus cámaras herméticamente cerradas atrapaban aire, lo que teóricamente permitía que los trabajadores atrapados siguieran respirando durante períodos prolongados. Esta fue la base de la esperanza que movilizó operaciones de rescate masivas.
En el túnel del proyecto Trishuli 3A, los equipos especializados tardaron casi seis días en simplemente localizar las aberturas principales de la estructura. Una vez dentro, los rescatistas tuvieron que arrastrarse a través de galerías parcialmente obstruidas, avanzando entre 10 y 15 metros en tramos donde el barro y las rocas dejaban apenas espacio para el cuerpo humano. Amrit Thapa, diputado superintendente de la fuerza policial armada, formaba parte de un equipo de siete personas especializadas en búsqueda y rescate. Su relato de las operaciones dentro del túnel revela el grado de devastación: "Excepto por dos secciones, el túnel entero estaba lleno de escombros". Los rescatistas recorrieron palmo a palmo cada rincón accesible, buscando signos de vida, escuchando gritos o movimientos que indicaran sobrevivientes. Descubrieron un cuerpo sin identificar durante la operación, pero no había más señales de actividad vital. Hacia el viernes al mediodía, las autoridades policiales decidieron suspender la búsqueda después de confirmar que no había más indicios de personas con vida en esa sección.
La magnitud del problema se extiende más allá de Trishuli 3A. Según la Asociación Independiente de Productores de Energía de Nepal, al menos 550 trabajadores permanecen desaparecidos en los proyectos hidroeléctricos a lo largo del río Trishuli. En total, las autoridades locales estiman que aproximadamente 900 trabajadores faltan en 12 plantas hidroeléctricas dispersas en altitudes elevadas de la cordillera himalaya, de los cuales alrededor de 500 se cree que están atrapados dentro de túneles. Hasta el momento de estos rescates, más de 270 personas habían sido extraídas con vida de diversos proyectos, lo que sugiere que las bolsas de aire dentro de las estructuras subterráneas efectivamente funcionaban como refugios de emergencia. Sin embargo, cada hora que transcurre reduce las probabilidades de encontrar más sobrevivientes.
Las operaciones de rescate también se concentran en la planta hidroeléctrica Rasuwagadhi, donde las autoridades nepalíes expresaron confianza en que 46 trabajadores atrapados en una cámara subterránea aún están vivos. Esta esperanza se basa en la teoría de que el aire atrapado en espacios cerrados permite la supervivencia durante períodos extendidos, aunque cada rescate exitoso también comprueba cuán precario es ese equilibrio entre la vida y la muerte bajo tierra. El trabajo de desescombro continúa de forma constante, con equipos y soldados trabajando sin descanso para retirar toneladas de material que bloquea los accesos a estas cámaras mortecinas.
El costo humano de la energía en altura
La construcción de infraestructura hidroeléctrica en el Himalaya representa uno de los mayores desafíos de ingeniería en el planeta. Las plantas requieren trabajadores que permanezcan durante extensas jornadas en túneles a miles de metros de altura, en condiciones de aislamiento y bajo presión constante. Esta catástrofe plantea interrogantes incómodos sobre los protocolos de seguridad, la regulación de estas operaciones y la preparación ante eventos geológicos extremos. El colapso del glaciar no fue un evento completamente impredecible: en los últimos años, el retroceso acelerado de los glaciares en el Himalaya debido al cambio climático ha sido documentado por organismos científicos internacionales. Sin embargo, la velocidad y magnitud del desastre superó las previsiones y los sistemas de alerta temprana disponibles en la región.
La emergencia también revela dinámicas sobre la mano de obra en grandes proyectos de infraestructura en Asia del Sur. Cientos de trabajadores, muchos de ellos migrantes internos o de países vecinos, aceptan empleos en estas plantas porque ofrecen salarios relativamente altos en comparación con otras opciones disponibles. Permanecen durante meses en túneles oscuros, alejados de sus familias, realizando trabajos de mantenimiento y operación. El desastre los atrapó en el lugar exacto donde se suponía que debían estar trabajando. Shah, el capataz rescatado, manifestó después que su responsabilidad era salvar vidas. Esa declaración encapsula tanto el heroísmo como la tragedia: en un contexto donde los sistemas de seguridad fallaron catastróficamente, quedó en manos de individuos como él intentar mitigar el daño.
Los hospitales de Katmandú ahora reciben a los sobrevivientes con un panorama clínico complejo. Shah fue declarado estable, pero Maharjan requería cuidados intensivos debido a múltiples complicaciones derivadas de su encarcelamiento subterráneo. La desnutrición, la deshidratación severa, las infecciones, los daños en órganos internos por permanecer en condiciones hipóxicas y la angustia psicológica son consecuencias que los médicos deben gestionar en paralelo. Cada sobreviviente rescatado es un estudio de caso sobre los límites de la resistencia humana. Maharjan no reconocía a su propia esposa cuando fue ingresado; Shah perdió la noción del tiempo. Estas son heridas menos visibles que las fracturas o laceraciones, pero potencialmente más duraderas.
La conclusión de las operaciones de rescate en Trishuli 3A, con la suspensión de la búsqueda tras nueve días de esfuerzo intenso, marca un punto de quiebre. Los recursos desplegados fueron enormes: cientos de soldados, equipos especializados, helicópteros para evacuaciones médicas. Pero la montaña impuso sus límites. Por cada Shah o Maharjan que logró sobrevivir en las entrañas de roca, decenas de trabajadores no tuvieron la misma fortuna. Sus cuerpos permanecen donde cayeron, en espacios que tal vez nunca sean completamente explorados, sepultados bajo escombros que tomaría meses o años retirar completamente. El rescate de dos hombres vivos, celebrado como un triunfo de la determinación humana, es también un recordatorio de la escala de pérdida que la catástrofe impuso en toda la región. Las implicancias de este desastre se extenderán durante años: investigaciones sobre regulación de proyectos, debates sobre cambio climático, transformaciones en protocolos de seguridad, y familias que nunca cerrarán el duelo por desaparecidos. Nepal enfrenta ahora la tarea simultánea de continuar rescatando sobrevivientes de otros proyectos, identificar y recuperar miles de cuerpos, y replantear la forma en que desarrolla su infraestructura energética en un ambiente geológico cada vez más inestable.



