La experiencia de dar a luz debería ser acompañada por protocolos médicos rigurosos que garanticen el bienestar físico y emocional de quien gesta. Sin embargo, evidencia creciente demuestra que existe una brecha sistemática en la administración del alivio del dolor durante el parto, donde mujeres pertenecientes a minorías étnicas reciben un trato significativamente inferior al de sus pares de origen europeo. Este fenómeno, que académicos y especialistas denominan la "brecha de dolor por etnicidad", no es una anécdota aislada sino un patrón documentado que atraviesa sistemas de salud en múltiples países, incluyendo instituciones de primer nivel.
El caso de Julie Hammond, madre de tres hijos residente en Kent, ilustra con crudeza cómo la negligencia médica puede transformar un procedimiento de rutina en un evento traumático. Cuando Hammond requirió una cesárea de emergencia en su segundo embarazo a las 35 semanas de gestación, fue sometida a un bloqueo espinal. Sin embargo, inmediatamente después de la administración, ella comunicó al anestesiólogo que aún podía mover sus piernas y sentía sensibilidad en el abdomen. La respuesta del profesional fue desestimante: le pidió que se relajara y no expresara preocupación. A pesar de que Hammond insistió en que el anestésico no estaba funcionando correctamente, el equipo médico no realizó ajuste alguno en la dosis. Lo que vino después fue una pesadilla consciente: Hammond pudo sentir cada incisión a través de las capas de su piel, grasa y músculo. Sintió cuando los cirujanos manipulaban sus órganos para acceder al bebé, percibió la separación de sus tejidos musculares. Literalmente experimentó cada aspecto del procedimiento quirúrgico sin anestesia efectiva.
El patrón que se repite: negligencia y desestimación
Lo que hace particularmente perturbador el relato de Hammond es que ella misma no identificó inmediatamente el factor étnico en su maltrato. Esto cambió cuando tuvo a su tercer hijo y nuevamente requirió cesárea. En esa ocasión, cuando relató su experiencia previa a la consultora, esta confirmó sin ambigüedades que lo ocurrido dos años atrás no era normal y nunca debió suceder. Fue entonces cuando Hammond comenzó a reflexionar sobre si su condición como mujer de color había influido en que sus quejas fueran ignoradas. Un detalle que complicaba su análisis: el anestesiólogo que la atendió también era un profesional de origen étnico minoritario. Esta observación la llevó a una conclusión más profunda: la discriminación sistémica no opera únicamente a través de actores identificables, sino que se internaliza en sistemas de creencias compartidas, incluso por quienes también son víctimas de ella. Como ella misma expresó, "todos hemos sido enseñados a pensar desde una perspectiva eurocéntrica sobre cómo se manifiesta el dolor".
Otro caso documentado es el de Gabriella Sarpong, profesional de salud pública de 39 años de Ilford, quien experimentó un calvario aún más prolongado. Durante su parto en 2023, tras 16 horas de labor que requirió inducción, Sarpong solicitó una epidural. Lo que ocurrió fue inquietante: mientras el anestesiólogo intentaba administrar el catéter, comenzó a hacerle preguntas sobre si creía que estaba en el lugar correcto. Sarpong, razonablemente perpleja, se preguntaba cómo ella podía evaluar la colocación correcta de un procedimiento invasivo en su propia columna vertebral. Su esposo, observando la escena, mostró una preocupación visible. El catéter falló. A partir de ese momento, Sarpong entró en lo que ella describe como "dolor inmediato". Cuando comunicó al personal que la epidural no funcionaba, su reclamo fue ignorado. Pasaron diez horas completas sin que se tomara acción alguna. El anestesiólogo le informó que tendría que esperar hasta la mañana siguiente para resolver el problema. Sarpong estuvo toda la noche en agonia extrema, sin poder dormir ni descansar, mientras el personal entraba y salía sin intervenir. Las secuelas psicológicas fueron graves: fue diagnosticada con estrés postraumático. En retrospectiva, Sarpong conecta su experiencia con los datos que conoce sobre desenlaces maternos adversos en mujeres negras, y siente que su identidad racial fue determinante en que su sufrimiento no fuera considerado merecedor de atención urgente.
Cuando el protocolo médico se convierte en obstáculo
Un tercer testimonio agrega otra dimensión al problema: Chinasa Ezugha, profesora de artes de 35 años de Londres, dio a luz a su tercer hijo en 2025 y enfrentó un tipo diferente de barrera. Aunque tenía derecho a solicitar analgesia epidural, cuando lo pidió le fue negado de manera tajante. La partera le repetía condescendientemente que "no lo necesitaba" y que "se estaba desempeñando bien sin él". Ezugha estaba experimentando dolor extremo, pero sus demandas fueron caracterizadas como innecesarias. Más allá del rechazo al anestésico, lo que marca profundamente el relato de Ezugha es la falta de contacto humano durante su sufrimiento. Cuando en medio de las contracciones más intensas extendió su mano buscando apoyo físico —un gesto de contacto que científicamente alivia el estrés—, la partera simplemente se quedó de pie, sin responder. La negación de analgesia se combinó con la negación de empatía. Ezugha está presentando una queja formal contra el hospital. Como ella señala, las madres negras ya enfrentan vulnerabilidades documentadas en sistemas de salud; se encuentran lidiando constantemente con estereotipos. Lo que pide es ser escuchada, respetada y tratada con dignidad.
¿Cuál es el mecanismo que explica estos patrones? La investigación académica ofrece pistas inquietantes. Un estudio de 2016 reveló que una cantidad sustancial de estudiantes de medicina y residentes sostenían creencias falsas sobre supuestas diferencias biológicas entre personas negras y blancas. Específicamente, creían que la piel negra era más gruesa que la blanca, o que las terminaciones nerviosas en personas negras eran menos sensibles. Quienes mantenían más de estas falsas creencias tendían sistemáticamente a calificar el dolor reportado por pacientes negros como menos intenso que el reportado por pacientes blancos, incluso cuando los síntomas eran idénticos. Estas creencias no son resabios del pasado lejano; persisten en instituciones educativas contemporáneas. Un hallazgo más reciente, de 2023, mostró algo aún más preocupante: incluso cuando se implementaron protocolos estandarizados específicamente diseñados para reducir disparidades en la administración de analgésicos después del parto —con el objetivo adicional de disminuir el uso de opioides postparto—, estas desigualdades según etnia persistieron sin ser eliminadas. La estandarización por sí sola no es suficiente si los sesgos están incrustados en quiénes implementan el protocolo y cómo lo interpretan.
Desde la dirección de partería del Royal College of Midwives se reconoce que "cualquier indicación de que el dolor de las mujeres no es tomado en serio, o que el acceso a analgesia apropiada varía según etnicidad, es completamente inaceptable". Sin embargo, la misma institución señala que la recolección consistente de datos es esencial. Sin información robusta sobre alivio del dolor, intervenciones y resultados desagregados por etnia, es difícil identificar dónde existen inequidades y hacer que los sistemas sean responsables. La ausencia de datos sistemáticos funciona paradójicamente como mecanismo de invisibilización: sin números, sin registros, el problema puede ser caracterizado como anecdótico, como casos aislados de mala praxis individual, en lugar de lo que realmente es: una falla sistémica.
Las implicancias de esta brecha en dolor son múltiples y alcanzan dimensiones que van más allá del evento inmediato del parto. Experiencias traumáticas durante la maternidad generan secuelas psicológicas duraderas, como ocurrió con Sarpong. Afectan la confianza en instituciones de salud, disuadiendo a mujeres de buscar atención médica en futuros embarazos. Perpetúan desigualdades históricas en resultados maternos adversos: tasas de morbimortalidad materna en mujeres negras en países como Reino Unido y Estados Unidos permanecen significativamente elevadas en comparación con poblaciones blancas. La negligencia en la gestión del dolor es un componente de un fenómeno más amplio. Algunos argumentan que fortalecer mecanismos de vigilancia, estandarización de protocolos y entrenamiento explícito sobre sesgos inconscientes puede cerrar la brecha. Otros sostienen que sin transformaciones estructurales más profundas en quiénes acceden a roles de toma de decisiones en medicina, y sin cambios en cómo se enseña la medicina desde sus cimientos, los números seguirán reproduciéndose. Lo que sí parece claro es que el status quo, donde mujeres de color reportan dolor extremo y sus palabras son desestimadas, no es sostenible desde ninguna perspectiva ética o de política pública.



