No es una disputa diplomática ni un conflicto entre estados. Es algo más profundo y más incómodo: un debate dentro del propio judaísmo sobre qué significa ser judío cuando el Estado que encarna parte de esa identidad toma decisiones que, según voces autorizadas dentro de la comunidad religiosa, contradicen los valores que ese mismo Estado debería representar. El Judaísmo Progresista del Reino Unido, movimiento que agrupa aproximadamente a un tercio de las sinagogas británicas, acaba de publicar un libro que reúne 40 ensayos de clérigos y líderes comunitarios judíos, y sus máximas figuras no esquivan el conflicto: advierten que la trayectoria política actual de Israel puede constituir una amenaza existencial no para los judíos como pueblo, sino para el judaísmo como sistema de valores.

Una amenaza que viene de adentro

La advertencia la formulan la rabina Charley Baginsky y el rabino Josh Levy, co-líderes del movimiento recientemente rebautizado como Progressive Judaism. Ambos son figuras centrales de la vida religiosa judía en el Reino Unido y, en lugar de evitar la controversia, la pusieron en el centro de su agenda editorial. El libro se titula Progressive Judaism, Zionism and the State of Israel y fue coeditado junto al Dr. Ed Kessler. Su lanzamiento no es un gesto académico sino una intervención deliberada en el debate sobre identidad judía, sionismo y responsabilidad política.

"Hemos hablado muchas veces sobre cómo la dirección que está tomando Israel representa una amenaza existencial, no para los judíos en sí, sino para el judaísmo", explicó Baginsky. La pregunta que la inquieta es concreta: ¿qué ocurre cuando las decisiones de un gobierno llevan a Israel por un camino incompatible con los valores judíos? Esa tensión no es nueva en la historia del pensamiento judío, pero adquiere una urgencia particular en el contexto actual, con figuras de la extrema derecha israelí como Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir ocupando lugares centrales en el gobierno de Benjamín Netanyahu. Para Baginsky y Levy, ese sionismo religioso de tinte ultranacionalista no representa al judaísmo que ellos practican ni al que quieren defender.

Levy fue explícito al respecto: "Lo que hace el gobierno de Israel nos refleja como judíos y refleja nuestra concepción del judaísmo. Por lo tanto, involucrarnos críticamente con eso es una obligación judía". Esta afirmación tiene un peso particular en el contexto de la comunidad judía diasporática, donde durante décadas predominó la idea de que cuestionar públicamente a Israel equivalía a una forma de deslealtad. El movimiento progresista británico está desafiando esa ecuación de frente.

Diversidad de voces como fortaleza, no como debilidad

El libro no es un manifiesto unificado. Incluye perspectivas políticas, testimonios personales y reflexiones teológicas. Incluso da espacio a voces que no se identifican como sionistas, aunque el movimiento en su conjunto sí lo es: Progressive Judaism se define como comprometido con la existencia de un Estado judío, pluralista y democrático en Israel. Esa apertura interna es, según Levy, justamente el punto. "Algo que vemos en la comunidad judía mundial es la idea de que la diversidad de voces debilita. Pero lo que subyace a este libro es exactamente lo contrario: sostener diferencias nos hace más fuertes".

Baginsky subrayó que la misión del movimiento es habitar esa complejidad sin resignarse a simplificaciones. "Decir que sos sionista, que critcás al gobierno israelí y que también hablás del antisemitismo significa que hay muy pocos espacios donde no te van a criticar". La incomodidad, en ese sentido, es parte del trabajo. Y ambos fueron enfáticos en que las directrices que surjan de la revisión en curso sobre la relación del movimiento con Israel y el sionismo no buscarán imponer una posición política a los feligreses. "Así como no hay una posición teológica obligatoria para ser parte de nuestras comunidades, tampoco hay una postura política sobre Israel que debas adoptar", aclaró Levy.

Esta concepción del judaísmo como espacio de pluralidad tiene raíces históricas profundas. El Talmud, compilado entre los siglos III y VI de la era común, está estructurado precisamente en torno al desacuerdo: registra las opiniones minoritarias junto a las mayoritarias, considerando que ambas tienen valor. La tradición del debate rabínico no es una anomalía sino un rasgo constitutivo del pensamiento judío. En ese sentido, lo que propone Progressive Judaism no es una ruptura con la tradición sino, paradójicamente, una reivindicación de ella frente a posturas que pretenden imponer una única lectura legítima del sionismo.

El momento del abucheo y lo que vino después

El camino no estuvo exento de turbulencias. El año pasado, durante un acto de solidaridad con los rehenes israelíes en manos de Hamas en Gaza, tanto Baginsky como Levy fueron abucheados y expulsados del escenario después de llamar a poner fin a la guerra y de apoyar la creación de un Estado palestino. Fue un momento que evidenció con crudeza hasta qué punto estas posiciones generan rechazo dentro de sectores de la propia comunidad judía británica.

"Ese momento fue doloroso. Pasó hace casi un año y todavía lo siento en las entrañas", reconoció Baginsky. Sin embargo, esa experiencia no modificó su postura: continuó reclamando justicia y paz para todos en Oriente Medio. Levy, por su parte, prefirió poner el foco en lo que ocurrió después del incidente: "Hubo una oleada de respuestas desde toda la comunidad judía, y también desde otras comunidades de fe, que quisieron expresar su apoyo". Ese respaldo silencioso, que no copa las primeras filas de los actos públicos pero existe, es también parte del mapa.

Baginsky fue clara sobre su propio sionismo: "Mi sionismo también implica reconocer la autodeterminación palestina". Y Levy diferenció esa visión de lo que denominó un "sionismo propietario": "Es un sionismo distinto, articulado desde nuestra vida religiosa. Es textual, es profundo y es rico". La disputa, entonces, no es solo con el gobierno israelí sino también con quienes, desde posiciones de poder en Israel, se han apropiado del lenguaje religioso para justificar políticas de ocupación y expansión territorial.

Qué puede pasar a partir de aquí

Las consecuencias de este debate son difíciles de anticipar y admiten lecturas muy distintas. Para una parte de la comunidad judía global, la postura de Progressive Judaism puede representar una señal de madurez política y coherencia ética: una comunidad religiosa que no renuncia a la autocrítica ni a la complejidad. Para otra parte, puede leerse como una concesión inaceptable en un momento en que Israel enfrenta presiones externas e internas de magnitud histórica. Lo cierto es que el movimiento tiene peso institucional real: representa a un tercio de las sinagogas del Reino Unido, lo que implica una base de fieles nada despreciable. Si la revisión en curso sobre la relación con Israel y el sionismo produce lineamientos concretos, su impacto podría extenderse más allá de las fronteras británicas e influir en el debate dentro de comunidades judías progresistas de otros países. Al mismo tiempo, la publicación del libro y la visibilidad que está ganando este enfoque pueden profundizar las fracturas ya existentes dentro del judaísmo organizado, tanto en el Reino Unido como en la diáspora en general. El interrogante de fondo —qué valores definen al judaísmo contemporáneo y quién tiene autoridad para definirlos— no tiene una respuesta sencilla, y este libro no pretende darla. Pretende, en cambio, que la pregunta no quede sepultada bajo el miedo a la controversia.