El mundo perdió a un intelectual público cuya influencia rebasó por mucho los límites de la gastronomía. Carlo Petrini, el periodista italiano que hace casi cuatro décadas decidió enfrentar el avance de la comida rápida con un gesto tan simple como elocuente —repartir platos de pasta en las calles mientras gritaba consignas—, murió el viernes en su localidad natal de Bra, en la región del Piamonte, al norte de Italia. Tenía 76 años y desde hacía un tiempo convivía con un diagnóstico de cáncer de próstata. Su desaparición marca el cierre de una era en la que un hombre logró transformar la relación de millones de personas con la comida, cuestionando no solo qué comemos sino cómo lo producimos, quién se beneficia de ello y qué significa para nuestras comunidades y el planeta. Lo que comenzó como un acto de protesta local se convirtió en una revuelta global contra un modelo de consumo que parecía inevitable.

De la protesta callejera a un movimiento internacional

Cualquiera que haya seguido el curso de los últimos 40 años en materia de alimentación sabe que el punto de quiebre fue ese año de 1986. Italia estaba a punto de recibir su primer McDonald's, y la ubicación elegida no era cualquiera: cerca de la Escalinata de España, en el corazón de Roma, una de las ciudades con mayor tradición gastronómica del continente. Para Petrini y sus compañeros, aquello representaba algo más que la llegada de una cadena internacional. Era la amenaza de una homogeneización cultural, el síntoma visible de un sistema que priorizaba la velocidad y la ganancia por sobre la calidad, la tradición y la dignidad del trabajo artesanal. Así que actuaron. Mientras los trabajadores de McDonald's preparaban su apertura, Petrini y sus aliados salieron a las calles con un mensaje que resonaría durante décadas: no queremos comida rápida, queremos comida lenta.

El restaurante de comida rápida abrió sus puertas de todas formas. Hoy, Italia alberga aproximadamente 800 sucursales de esa cadena. Sin embargo, aquel "no" que gritaron en 1986 no fue un fracaso. Petrini entendió algo crucial: la resistencia no vendría de intentar detener lo inevitable, sino de crear una alternativa tan atractiva, tan llena de sentido y de valores, que pudiera competir en el terreno de las ideas y las prácticas cotidianas. Así nació Slow Food, que comenzó como una pequeña iniciativa local y se expandió hasta convertirse en un movimiento presente en más de 160 países. No se trataba de volver al pasado, sino de reinventar el presente con la sabiduría del pasado.

Un visionario que leyó el mundo a través de la comida

Lo que distinguía a Petrini de otros críticos del sistema alimentario industrial era su capacidad para entender que la comida no es solo un asunto técnico o nutricional. Es un espacio donde convergen la economía, la política, la ecología, la identidad cultural y la justicia social. Su lema —"buena, limpia y justa"— sintetizaba esa visión integral. Buena, porque debería ser deliciosa y nutritiva. Limpia, porque debería producirse de forma sustentable, respetando el medio ambiente. Justa, porque quienes la cultivan, la procesan y la venden merecen ganarse la vida dignamente. Esta tríada simple pero revolucionaria funcionó como brújula para millones de personas en todo el planeta.

Durante su gestión como presidente de Slow Food hasta 2022, Petrini no se limitó a promover ideas abstractas. Fundó la Universidad de Ciencias Gastronómicas en Pollenzo, cerca de Bra, una institución que transformó la forma en que se enseña sobre la gastronomía, insertándola dentro de contextos históricos, ecológicos y sociales. Su influencia trascendió círculos académicos o activistas. En 2004, la revista Time lo reconoció como "héroe europeo". Años después, en 2008, fue el único italiano incluido en una lista de 50 personas que podrían salvar el mundo, según una publicación británica de prestigio. Estas distinciones no eran meras palmaditas en la espalda: representaban el reconocimiento de que este hombre había logrado algo extraordinario: colocar la comida, la tierra y la sustentabilidad en el centro del debate público global.

De Roma a Buckingham: un mensaje que atravesó fronteras

Una de las anécdotas que mejor ilustra el alcance de su obra es su conexión con la realeza británica. El Rey Carlos III, conocido por ser un defensor de larga data de la agricultura orgánica y la sostenibilidad ambiental, era amigo personal de Petrini. En febrero del año pasado, Carlos y la Reina Camila organizaron una velada en Highgrove para celebrar la cocina italiana lenta, con la presencia del actor y entusiasta culinario Stanley Tucci, entre otros invitados. Durante una visita de estado a Italia, el monarca y su esposa probaron productos de agricultores vinculados al movimiento. Estas gestos, que podrían parecer anecdóticos, hablan de algo profundo: la capacidad de Petrini para construir puentes entre mundos aparentemente distantes, desde activistas en pueblos rurales hasta figuras de la política y la cultura global. Su legado penetró en la alta cocina, en movimientos de justicia alimentaria, en políticas de sustentabilidad, en educación, en la forma en que miles de restaurantes ahora se promocionan.

La declaración del presidente italiano, Sergio Mattarella, resumió el impacto de su pérdida: "La muerte de Carlo Petrini deja un gran vacío, no solo en el mundo de la ciencia gastronómica, sino en la sociedad en su conjunto, no apenas en Italia". El ministro de Agricultura, Francesco Lollobrigida, agregó que "no todos dejan huella de su paso, pero Carlo Petrini sí". El vicepresidente Antonio Tajani lo describió como "un gran embajador" de las tradiciones italianas. Estos testimonios no fueron simples elogios póstumos, sino reconocimientos de que un periodista que comenzó repartiendo pasta en las calles había logrado influir en la forma en que gobiernos, empresas e individuos pensaban y actuaban respecto a la alimentación.

Qué queda después del adiós

Con la muerte de Carlo Petrini, el movimiento Slow Food se encuentra en un punto de transición. La organización continuará bajo nuevas liderazgos, pero sin la voz fundadora que le dio forma durante cuatro décadas. Algunos analistas señalan que su desaparición podría acelerar procesos de institucionalización que ya estaban en curso, transformando lo que comenzó como una insurgencia cultural en estructuras más formales y, potencialmente, más alejadas del activismo de base. Otros sostienen que la madurez del movimiento permite que prospere precisamente porque las ideas de Petrini ya están enraizadas en millones de personas y comunidades alrededor del mundo. Lo cierto es que el desafío ahora reside en mantener viva la urgencia de sus cuestionamientos en un momento en que los problemas de desigualdad alimentaria, degradación ambiental y pérdida de saberes tradicionales se han agravado considerablemente. La pregunta que su ausencia deja en el aire es si las nuevas generaciones de activistas, agricultores y pensadores lograrán no solo preservar su legado, sino reinventarlo para enfrentar crises que él mismo ayudó a visibilizar pero que continúan evolucionando.