La calle Obispo de La Habana Vieja sigue recibiendo visitantes, aunque cada vez menos. En medio de una ofensiva sin precedentes de sanciones internacionales y amenazas militares directas contra Cuba, un grupo reducido pero persistente de turistas continúa llegando a la isla, desafiando tanto las advertencias de sus gobiernos como la crisis económica que castiga al país desde hace semanas. Esta realidad contrasta brutalmente con lo que fue el turismo cubano apenas unos meses atrás: un sector que generaba miles de millones de dólares anuales y que ahora se desmorona bajo el peso de decisiones geopolíticas que van mucho más allá de simples cuestiones comerciales. La llegada de estos viajeros, aún siendo un goteo comparado con los flujos históricos, representa un fenómeno paradójico: la persistencia de la ilusión de normalidad en medio del caos institucional.
Leslie Simon y Marc Bender, dos abogados jubilados del sindicato que viven en Los Ángeles, desembarcaron hace poco en la capital cubana como parte de una travesía de diez días. Ambos portan distintivos que proclaman "¡ICE FUERA!", una clara posición respecto a las políticas migratorias estadounidenses. Mientras bebían Cristal, la cerveza local, expresaron su visión poco complaciente sobre la historia del imperio norteamericano. Bender, de 70 años, fue particularmente directo en sus términos al referirse al pasado estadounidense. Pero cuando hablaron sobre Cuba, el tono cambió radicalmente. Simon, que ronda los 67 años, recordó una visita anterior que los había marcado. Estos dos californianos no son figuras públicas ni activistas de renombre, pero su decisión de viajar en este contexto los convierte en símbolos vivos de una resistencia turística, aunque tranquila, contra las presiones que buscan aislar completamente a la nación insular.
El cerco se estrecha: sanciones, bloqueos y amenazas militares
Los últimos movimientos de la administración norteamericana han escalado la confrontación a niveles desconocidos en décadas. Apenas hace unos días, se ampliaron significativamente las medidas económicas restrictivas dirigidas a empresas extranjeras que mantienen vínculos comerciales con La Habana. Simultáneamente, autoridades estadounidenses han proferido amenazas explícitas de desplegar el portaaviones Abraham Lincoln a apenas cien metros de la costa cubana, un movimiento que evoca los momentos de máxima tensión de la Guerra Fría. La vigilancia aérea se ha intensificado también, con aviones de reconocimiento estadounidenses sobrevolando la isla de manera sostenida durante las últimas dos semanas. Este patrón de comportamiento resulta inquietantemente familiar para observadores de geopolítica internacional: semanas antes, operaciones similares precedieron la captura de Nicolás Maduro en Venezuela el pasado tres de enero, un evento que cambió dramáticamente el panorama regional.
Lo que comenzó como una estrategia de asfixia económica se ha transformado en algo más cercano a un asedio. Washington ha implementado un bloqueo petrolero total contra la isla, cortando una de sus fuentes vitales de energía y recursos. La justificación oficial apunta a debilitar y eventualmente colapsar un régimen que lleva casi siete décadas en el poder. Los funcionarios estadounidenses han dejado traslucir repetidamente que Cuba podría ser el próximo objetivo de intervención directa. Sin embargo, a pesar de este panorama sombrío y amenazante, turistas continúan llegando, como si el acto mismo de viajar fuera un acto de fe o de desafío.
Del boom turístico al colapso: números que cuentan la tragedia
Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, es necesario retroceder hasta los años noventa. Cuando Fidel Castro decidió abrir la economía cubana al turismo internacional, creó un flujo de visitantes que convergería en cifras asombrosas durante los años siguientes. En 2018, casi cinco millones de turistas pisaron suelo cubano, convirtiéndolo en uno de los destinos más codiciados del Caribe. Este sector se transformó en uno de los pilares fundamentales de los ingresos estatales, especialmente crítico para una nación bajo embargo norteamericano durante seis décadas. Pero todo eso pertenece ya a un pasado que se desmorona día tras día.
Las cifras recientes cuentan una historia de derrumbe económico acelerado. En marzo de este año, apenas treinta y cinco mil visitantes ingresaron a Cuba, un número que incluye principalmente a cubanos emigrados que retornan para ver a sus familias. Cuando se analiza únicamente el turismo de ocio, descontando a los viajeros que vuelven por razones familiares, los números se contraen aún más: expertos en análisis turístico estiman que entre veinte y veinticinco mil turistas de placer visitaron la isla en ese mes. Para poner esto en perspectiva, esa misma época del año anterior registró entre ciento setenta y ciento ochenta mil visitantes de ocio. El porcentaje de caída es casi vertical. Jim Hepple, especialista en análisis turístico de una firma consultora radicada en Aruba, ofrece estas estimaciones tras analizar las tendencias disponibles. Las cifras dan cuenta de algo más profundo que una simple reducción de viajeros: representan el colapso de un modelo económico entero.
Los efectos cascada han sido devastadores para quienes dependían del turismo. Aproximadamente trescientas mil personas obtenían su sustento, directa o indirectamente, del sector turístico cubano. Muchas de esas personas ahora enfrentan la realidad brutal de la desocupación. Un antiguo barman de hotel, despedido hace apenas unos meses, fue encontrado cortando leña cerca del santuario dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Su pregunta, simple pero devastadora, resume la situación: "¿Qué como en el desayuno? ¿Qué como al mediodía?" Las líneas aéreas han sido incapaces de reabastecerse de combustible, provocando que operadores turísticos de Canadá, España y Rusia se retirasen. Muchos vuelos comerciales regulares desaparecieron en febrero, dejando escenas de personal hotelero despidiéndose entre lágrimas de sus últimos clientes.
Perspectivas encontradas: entre el optimismo ingenuo y la prudencia escéptica
A pesar de que embajadas de múltiples países desaconsejan viajar a Cuba, salvo en caso de necesidades esenciales, hay voces dentro de la industria turística que mantienen un mensaje esperanzador. Un grupo de alemanes visitaba recientemente un mercado en el barrio de Vedado, siendo mostrados mangos, mameys y papayas locales. Nicole, ejecutiva de una empresa social con base en Tréveris, explicó que había reservado su viaje mucho tiempo atrás y que, tras trabajar duro durante todo el año, merecía tomarse estas vacaciones. Su optimismo contrasta con la realidad circundante, aunque reconoce que hay mucho por ver en la isla. Otros actores del sector turístico, como especialistas en guías de viaje, mantienen una postura similar. Invitan a los viajeros a venir ahora, argumentando que negocios locales y pequeños hoteles particulares están ansiosos por recibir clientes. El consejo es pragmático: planificar con cuidado y ajustar expectativas a la realidad presente.
Pero no todos comparten ese optimismo. Alissa Scheer, una influenciadora alemana que ofrece tours sobre la vida nocturna habanera, mostró reticencia cuando se le preguntó si seguía animando a visitantes a viajar. Ella recordó cómo en sus primeras estadías podía surgir una noche entera de diversión a partir de un encuentro casual con amigos. Esa espontaneidad, ese factor mágico que caracterizaba la experiencia cubana, persiste pero de manera sustancialmente reducida. La diferencia es tangible: mientras que antes la diversión brotaba de manera natural, ahora hay que buscarla, planificarla, anticiparla. Scheer reconoce que las oportunidades aún existen, pero están teñidas de una melancolía que no existía antes.
Simon y Bender, los jubilados californianos, parecen ubicarse en el extremo del optimismo despreocupado. Su viaje fue organizado por Young Pioneer, una compañía de turismo que descubrieron en línea. Bender bromeó diciendo que inicialmente pensó que era una operadora norcoreana, lo cual le pareció interesante antes de darse cuenta de que simplemente ofrecía tours a distintos destinos. Planean viajar hacia el interior rural de la isla y luego retornar a La Habana para participar en las celebraciones del Primero de Mayo. Cuando se les preguntó si temían que Trump ordenara una acción militar mientras estaban en territorio cubano, Bender respondió con la serenidad de quien ha vivido décadas enfrentando decepciones políticas: "Si nos golpea, nos golpea." Su historial viajero lo respalda: honeymoonearon en Nicaragua en 1990 como observadores electorales, presenciando cómo los sandinistas, el movimiento revolucionario que represente sus ideales, fueron derrotados en las urnas.
Las capas de una crisis que trasciende el turismo
Lo que está sucediendo en Cuba no es simplemente una crisis turística, aunque los números turísticos sean los más visibles. Es el resultado de decisiones geopolíticas de largo alcance que buscan reconfigurarse el mapa de poder en América Latina. El bloqueo petrolero representa una forma moderna de guerra económica: sin acceso a combustible, una nación pierde su capacidad de mantener servicios básicos, transportación, generación de energía. El efecto multiplicador es brutal. Las aerolíneas no pueden operar sin combustible, lo que destruye el turismo. Sin turismo, cientos de miles pierden empleos. Sin empleos, el consumo cae. Sin consumo, la recaudación impositiva se desmorona. Sin recaudación, los gobiernos no pueden sostener servicios de salud, educación, infraestructura. Esto no es consecuencia accidental de sanciones económicas: es exactamente el mecanismo mediante el cual dichas sanciones funcionan.
El hecho de que algunos turistas como Simon, Bender y los alemanes continúen visitando la isla habla menos sobre la resiliencia del turismo cubano que sobre algo más profundo: la persistencia de la imaginación humana frente a la realidad política. Estos viajeros no son ignorantes del contexto; al menos algunos de ellos son deliberadamente desafiantes respecto a él. Viajan no a pesar de la crisis, sino, en cierto sentido, porque existe. Su presencia es un pequeño acto de resistencia contra el aislamiento que busca imponerse, aunque ese aislamiento sea cada vez más completo. La pregunta que surge es cuánto tiempo podrán mantener este goteo de visitantes conforme la situación se deteriora aún más.
La evolución de Cuba desde 2018 hasta hoy traza una parábola inquietante. De ser un destino masivo con casi cinco millones de arrieros anuales, la isla ha caído a una fracción infinitesimal de esa cifra en cuestión de meses. Pero este no es un evento aislado o producto de fuerzas de mercado espontáneas: es el resultado directo de políticas deliberadas diseñadas para generar presión económica insostenible sobre una población civil. Los trabajadores del turismo, los hoteleros pequeños, los operadores de taxis privados, los restauranteros: todos aquellos que habían encontrado un nicho económico en las últimas décadas ahora enfrentan el desempleo y la incertidumbre. El antiguo barman preguntándose qué comer, los hoteles vacíos, las aerolíneas cancelando rutas: estos son los rostros reales de una estrategia geopolítica plasmada en números de desempleo.
Las implicancias de lo que sucede en Cuba se extienden más allá de la isla. Si una estrategia de asfixia económica combinada con amenaza militar directa logra sus objetivos, establecería un precedente para cómo potencias mayores pueden reconfigurar gobiernos en su área de influencia. Venezuela ya fue objeto de operación similar, con resultados que desencadenaron una migración masiva regional. El despliegue del portaaviones, la vigilancia aérea, las sanciones escalonadas: cada paso sigue un patrón conocido. Para gobiernos en América Latina que no alinean con Washington, el mensaje es claro: la disidencia tiene un costo económico y potencialmente militar. Para poblaciones civiles, el costo es simplemente supervivencia.
Mientras tanto, Leslie Simon y Marc Bender se preparan para sus excursiones rurales, Nicole mantiene su fe en Dios, Alissa Scheer documenta una versión cada vez más desvanecida de la vida nocturna habanera, y un exbarman corta leña preguntándose qué comerá mañana. El turismo cubano, que fue un símbolo de la capacidad del país para adaptarse y generar recursos, ahora es un símbolo de algo completamente opuesto: la vulnerabilidad de economías pequeñas frente a la presión de potencias mayores. Los próximos meses determinarán si el goteo de visitantes continúa o si se detiene por completo, momento en el cual Cuba quedará verdaderamente aislada del mundo exterior.



