A mediados de 2024, mientras los bombardeos continuaban transformando Gaza en escombros, un grupo de trabajadores humanitarios enfrentaba una misión que trasciendía lo inmediato: proteger millones de papeles que contenían la memoria colectiva de un pueblo. Lo que debería haber sido un simple traslado desde Jerusalén Este hasta Ammán —una ruta de apenas algunos kilómetros hacia el sur, cruzando el Mar Muerto, atravesando un puesto fronterizo y continuando hacia la capital jordana— se convirtió en una operación de diez meses de duración, temeraria y clandestina, que movilizó a decenas de empleados de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA) distribuidos en al menos cuatro países diferentes. El desafío no era únicamente logístico: implicaba rescatar bajo bombardeos constantes, burlar controles fronterizos, transportar documentos sin marcar a través de Egipto y coordinar vuelos militares para llevar cajas a la seguridad. La urgencia era palpable. Los archivos de UNRWA —depósitos de identidad, historia y prueba material de una presencia palestina anterior a 1948— estaban a punto de desaparecer.

El valor incalculable de los papeles olvidados

Dentro de contenedores polvorientos distribuidos en la sede de UNRWA en Gaza City y en Jerusalén Este descansaban documentos que ningún gobierno había priorizado preservar: tarjetas de registro originales de refugiados que buscaron protección en Gaza entre 1948 y 1949, certificados de nacimiento, matrimonio y defunción que se remontaban generaciones atrás. Cientos de miles de estos registros existían únicamente en papel, vulnerables al fuego, a inundaciones, a la negligencia y —más preocupante aún— a la destrucción deliberada. Mientras que esfuerzos previos habían permitido escanear una parte de la documentación, la mayoría de estos registros permanecía en su formato original, sin respaldo digital que garantizara su supervivencia más allá del próximo incendio o bombardeo.

La importancia histórica de estos archivos radicaba en su capacidad para permitir que palestinos cuyos ancestros fueron desplazados reconstruyeran sus orígenes familiares en lo que hoy es territorio israelí. Los documentos contenían testimonios de cómo las personas fueron obligadas a huir en 1948, de dónde provenían, dónde estaba ubicada su propiedad y qué fue destruido. Para académicos e investigadores, representaban la única evidencia material de una experiencia que sigue siendo profundamente disputada en los análisis históricos. Un especialista en Oriente Medio señaló que la pérdida habría sido "catastrófica": sin estos registros, cualquier solución justa y duradera al conflicto carecería de la documentación necesaria para demostrar que palestinos vivieron efectivamente en lugares específicos durante siglos.

Desde su fundación en 1949, UNRWA había sido diseñada para proporcionar servicios de salud, alimentos y educación a aproximadamente 750.000 refugiados palestinos, no para fungir como guardiana de archivos estratégicos ni para ejecutar operaciones encubiertas de rescate histórico. Sin embargo, el conflicto desencadenado tras el ataque sorpresivo de Hamas en octubre de 2023 —que causó 1.200 muertes principalmente civiles— alteró completamente el panorama. La documentación de la agencia quedó desperdigada en los países donde UNRWA operaba, expuesta a riesgos sin precedentes.

Días críticos: el rescate inicial bajo fuego

Apenas días después de que las fuerzas israelíes invadieran Gaza, las autoridades ordenaron la evacuación inmediata de las oficinas de UNRWA en Gaza City. El personal internacional se retiró en pocas horas, dejando atrás justamente aquello que necesitaba salvarse. La posibilidad de que fuerzas israelíes ingresaran al edificio y destruyeran deliberadamente los archivos era real, así como lo era el riesgo de que incendios o explosiones durante los combates consumieran generaciones de registros históricos. Paralelamente, existía una amenaza digital igualmente grave: meses atrás, el sistema de registro digital de UNRWA había sufrido un ciberataque que lo obligó a cerrarse temporalmente. Funcionarios de la organización vivían con la angustia de que un nuevo ataque informático pudiera borrar los servidores que contenían las copias digitales ya capturadas. La perspectiva de perder tanto los documentos originales como sus respaldos electrónicos era prácticamente catastrófica.

Frente a esta situación límite, un pequeño equipo de empleados de UNRWA tomó una decisión que rayaba en lo temerario: rentaron camionetas pickup y regresaron al complejo de la agencia en Gaza City, en medio de bombardeos e intenso fuego de artillería que durante meses causaría más de 70.000 muertes, en su mayoría civiles. Realizaron tres viajes para trasladar los documentos hacia el sur, hasta un almacén de alimentos ubicado en Rafah, sobre la frontera con Egipto. Cada trayecto era un acto de fe, un desafío a la muerte cada vez que cruzaban zonas de combate activo. El objetivo era colocar los archivos en un sitio desde el cual pudieran ser extraídos antes de que Israel implementara un bloqueo casi total sobre Gaza, sofocando cualquier posibilidad de salida.

La diplomacia silenciosa y el truco del papeleo anónimo

Pero la ubicación en Rafah presentaba un obstáculo diplomático de gran magnitud: Egipto se negaba a permitir que los archivos salieran de Gaza sin consultar antes a Israel. Los funcionarios de UNRWA comprendían perfectamente que revelar la existencia y el valor de estos documentos a las autoridades israelíes generaría una respuesta inmediata: Israel los incautaría o directamente prohibiría su salida. La organización tenía un precedente histórico que avalaba esta preocupación: en 1982, cuando Israel invadió el Líbano, su ejército se apropió de los archivos de la Organización para la Liberación de Palestina que estaban almacenados en oficinas en Beirut. No podían permitir que sucediera lo mismo.

La solución fue ingeniosamente simple y peligrosa a la vez: empleados de UNRWA que contaban con pasaportes internacionales fueron asignados para extraer los archivos sin ser detectados. Se encargaron de transportar documentos en cantidades industriales, caminando entre controles fronterizos con instrucciones de declarar, si eran interrogados, que simplemente llevaban "papeleo administrativo". Montañas literales de registros históricos fueron distribuidas entre múltiples portadores, multiplicando los puntos de entrada y reduciendo el riesgo de que un único control aduanal interceptara toda la carga. Durante los seis meses siguientes, los documentos fueron organizados en Egipto y luego transportados por una organización benéfica jordana que utilizaba aviones militares del reino —los mismos que regresaban después de entregar ayuda humanitaria a Gaza— como vehículos para trasladar los archivos hacia Ammán. La coordinación requería precisión milimétrica: la última remesa fue despachada apenas dos semanas antes de que tanques israelíes tomaran Rafah en mayo de 2024, bloqueando definitivamente cualquier ruta de escape.

La segunda batalla: Jerusalén Este en la mira

Sin embargo, la operación estaba lejos de haber concluido. En el complejo de UNRWA ubicado en Jerusalén Este reposaba otro conjunto igualmente significativo de documentos que también requería rescate urgente. Desde las primeras semanas del conflicto, Israel había intensificado acusaciones contra la agencia de supuesta colaboración con Hamas e iniciado una campaña sistemática de obstrucción y acoso. Para principios de 2024, el complejo de Jerusalén Este se había convertido en objetivo de protestas y una serie de ataques incendiarios que causaron daños extensos a la infraestructura. Las movidas para expulsar a UNRWA avanzaban aceleradamente en el ámbito legislativo y administrativo. Los funcionarios de la agencia contaban con meses de advertencias sobre la posibilidad de perder acceso a sus propias oficinas. Los intentos por persuadir a misiones diplomáticas amigas para que almacenaran los archivos fracasaron. Con el tiempo agotándose de manera casi literal, estos documentos fueron removidos discretamente por empleados de UNRWA y transferidos en secreto durante varios meses, hasta que finalmente llegaron a las oficinas de la agencia en Jordania. Apenas dos semanas después de que esta transferencia se completara, en enero de 2025, nuevas leyes israelíes prohibieron explícitamente que UNRWA operara dentro de Israel y en territorios ocupados.

De la salvación a la reconstrucción digital

Una vez que los archivos estuvieron seguros en Ammán, comenzó una segunda fase igualmente ardua: la digitalización masiva de millones de documentos. Financiada principalmente por Luxemburgo, más de 50 empleados de UNRWA trabajaban en un sótano abarrotado y claustrofóbico, escaneando manualmente tarjetas de registro de refugiados de tamaño postal y millones de otros documentos. El proceso es meticuloso, lento, pero fundamental: una vez digitalizados, estos registros pueden ser accesibles para futuras generaciones, investigadores y para los propios palestinos que busquen reconstruir su árbol genealógico. Hasta el momento, casi 30 millones de documentos ya han sido digitalizados, con la estimación de que la tarea completa podría requerir aproximadamente dos años adicionales. El objetivo final trasciende la mera preservación: UNRWA aspira a proporcionar a cada refugiado palestino su árbol genealógico completo junto con toda la documentación de apoyo, así como construir mapas que visibilicen los patrones de desplazamiento ocurridos en 1948. Estos archivos también aportarán una comprensión más profunda y detallada de los eventos disputados en torno a la expulsión y huida de aproximadamente 750.000 palestinos durante ese período.

Para especialistas en historia contemporánea del Oriente Medio, estos archivos adquieren un significado que rebasa lo administrativo. Los palestinos constituyen un pueblo sin Estado y, sin un archivo nacional completamente unificado, los registros de UNRWA cobran una relevancia histórica particular. Los documentos abren múltiples avenidas de investigación sobre la experiencia de los refugiados palestinos, el papel de la ONU y la comunidad internacional, y elementos centrales de la política regional durante los últimos ochenta años. Se trata, en última instancia, de historia profundamente disputada, de aquella que posee ramificaciones potencialmente muy reales para el presente inmediato.

Implicancias y perspectivas futuras

La operación de rescate de archivos representa un momento de encrucijada en cómo se documentan, preservan y cuentan las historias de conflictos contemporáneos. El hecho de que una agencia de Naciones Unidas haya tenido que recurrir a tácticas clandestinas para salvaguardar registros históricos refleja tanto la intensidad del conflicto como la creciente hostilidad hacia instituciones internacionales en contextos de confrontación política. Por un lado, está quienes ven en esta operación un éxito de la determinación y creatividad de trabajadores humanitarios comprometidos con la verdad histórica. Por otro, algunos podrían argumentar que la necesidad misma de tales operaciones encubiertas evidencia falencias estructurales en los mecanismos internacionales de protección de patrimonio durante conflictos. La digitalización en curso genera tanto esperanza respecto a la preservación del conocimiento como interrogantes sobre quién tendrá acceso a estos registros, bajo qué términos, y cómo serán utilizados en procesos de reconciliación o justicia que pudieran ocurrir en el futuro. Lo que resulta indiscutible es que, sin esta intervención, una parte significativa de la memoria palestina se habría desvanecido, alterando permanentemente la capacidad de futuras generaciones para comprender plenamente los eventos que moldearon el Oriente Medio moderno.