La industria cinematográfica jamaicana acaba de recibir un proyecto que trasciende los límites del entretenimiento convencional. Se trata de una película que hurga en las capas más profundas de la identidad cultural caribeña, enfrentando de frente creencias ancestrales que permanecen vivas en el imaginario colectivo pese a siglos de represión legal y social. El filme trae a la pantalla una práctica espiritual que ha sido criminalizada desde la época colonial y que sigue siendo ilegal en la legislación vigente, generando así una conversación incómoda pero necesaria sobre quién tiene el derecho de definir lo sagrado y lo prohibido.

La directora Sosiessia Nixon, reconocida cineasta del país insular, ha dirigido una película de suspenso de largometraje titulada "Stew Peas" que narra la historia de una detective llamada Tessa atrapada en una espiral de obsesión por un viejo caso sin resolver. El conflicto central surge cuando su esposo Neil aparentemente cae bajo el influjo de Marcia, la nueva empleada doméstica del hogar. Lo que comienza como una trama de celos y desconfianza mutua desemboca en un giro aterrador: la revelación de que la sirvienta ha estado incorporando un componente biológico específico –su propia sangre menstrual– en los alimentos que prepara para el marido. Este detalle, lejos de ser meramente sensacionalista, constituye el núcleo simbólico de una creencia radicada profundamente en la cosmovisión africana que aún circula entre comunidades jamaicanas.

La persistencia de una tradición subterránea

Lo que Nixon ha decidido explorar mediante la tensión narrativa es una práctica vinculada a la tradición espiritual conocida como obeah, un sistema de magia y sanación que hunde sus raíces en las tradiciones religiosas de África occidental. Dentro de este universo de creencias, existe la noción de que una mujer podría "atar" o "vincular" a un hombre a través de un acto ritual específico: preparar un plato tradicional de guiso con habichuelas rojas y carne –denominado precisamente "stew peas"– al cual se le añade, en secreto, fluido menstrual. De acuerdo con el pensamiento que sustenta esta práctica, la combinación de ingredientes naturales con el fluido corporal femenino genera una poción amorosa de potencia indiscutible, capaz de mantener al hombre bajo un hechizo permanente. Las habichuelas rojas funcionarían como camuflaje visual, impidiendo que el consumidor se percate de la presencia del componente humano en su comida.

Durante una entrevista, Nixon explicó las motivaciones que la llevaron a convertir este tema en el eje narrativo de su trabajo. Según expresó, buscaba generar un espacio de diálogo genuino en torno a la coexistencia conflictiva entre el cristianismo institucional y las prácticas espirituales de origen africano, que persisten en Jamaica a pesar de haber sido explícitamente prohibidas por los colonizadores europeos durante el siglo dieciocho y de mantener su condición de ilegalidad en la legislación actual. La cineasta formuló una pregunta central que estructura toda la propuesta artística: ¿poseen estas creencias un poder real derivado de su efectividad material, o el poder reside enteramente en el acto de creer, en la capacidad psicológica del individuo para manifestar lo que su mente concibe como verdad? Esta interrogante refleja una observación que circula entre los jamaicanos: "la creencia mata y la creencia cura", sugiriendo que la realidad se modula según aquello en lo que depositamos nuestra fe.

Nixon proviene de Saint Thomas, una parroquia costera ubicada en el extremo sudoriental de Jamaica, región que ha adquirido la reputación informal de ser la "parroquia del obeah" debido a la concentración y visibilidad de estas prácticas en su territorio. La cineasta ha señalado que su infancia y desarrollo en esa zona la expuso de manera significativa a las manifestaciones contemporáneas del obeah, proporcionándole material vivencial que trascendió la mera anécdota para convertirse en reflexión artística. Esta cercanía biográfica con el objeto de estudio le permitió abordar el tema sin la distancia etnográfica que podría caracterizar a alguien externo a estas tradiciones, dotando al proyecto de una autenticidad y profundidad que difícilmente podría alcanzarse de otro modo.

Resonancia cultural y reinterpretación del legado colonial

Ava Eagle Brown, productora y actriz que también participa en la película, cofundadora del Festival de Cine Black River de Jamaica, ha manifestado su convicción de que la obra poseerá una capacidad resonante particular entre las poblaciones caribeñas, especialmente aquellas dispersas en la diáspora que mantienen vínculos emocionales con sus lugares de origen. Según Brown, el filme encarna elementos fundamentales de la identidad jamaicana –aquellos aspectos que definen la esencia de la experiencia caribeña– permitiendo que los espectadores que residen en el extranjero experimenten una reconexión visceral con su hogar. De manera irónica pero no exenta de seriedad, Brown también observó que la película probablemente generará una consecuencia social inesperada: hombres que comenzarán a escudriñar con recelo los guisos preparados por sus parejas, cuestionándose qué ingredientes ocultos podría haber en cada porción. Incluso relató haber prevenido a su propio hijo sobre la necesidad de abstenerse de consumir guiso de habichuelas ofrecido por mujeres cuya intención no pudiera verificarse con certeza.

Sonjah Stanley Niaah, investigadora especializada en estudios culturales jamaicanos y directora del Centro de Investigación en Reparaciones de la Universidad de las Indias Occidentales (UWI), ha proporcionado un análisis académico que contextualiza estas creencias dentro de una cosmología africana más amplia. Según su análisis, la práctica del guiso de habichuelas vinculada al poder transformador de la sangre menstrual se origina en una comprensión africana de los elementos naturales y de los fluidos corporales como portadores de una potencia intrínseca, de una energía que trasciende lo puramente físico. La sangre menstrual, en particular, es concebida dentro de ciertas tradiciones africanas como un fluido dotado de propiedades inherentes, como portador de una fuerza vital que puede ser dirigida según la intención de quien la manipula. Las habichuelas de color rojo cumplirían así una función estratégica: la de enmascarar visualmente la presencia del componente biológico, garantizando que el hombre bajo el hechizo permanezca ignorante de lo que realmente consume.

Stanley Niaah ha acogido con entusiasmo la oportunidad que representa este largometraje para explorar en profundidad las manifestaciones de la espiritualidad africana, sistemas de pensamiento que históricamente han sido objeto de malinterpretación sistemática y de descalificación deliberada. De acuerdo con su perspectiva, estos sistemas fueron demonizados y proscritos por los colonizadores europeos precisamente porque se reconocía su capacidad para generar cohesión comunitaria, para canalizar la resistencia y para organizar rebeliones entre las poblaciones esclavizadas. La represión institucional no era accidental sino estratégica: el ensamblaje legislativo que criminalizó estas prácticas respondía a la necesidad de impedir que los hombres y mujeres sometidos a esclavitud se reunieran, se congregaran o celebraran ceremonias de adoración, ya sea para conectar con sus deidades ancestrales o para planificar actos de insurrección. Stanley Niaah ha señalado con preocupación que esta arquitectura legal represiva permanece prácticamente intacta en el presente, como lo evidencia la persistencia de la Ley del Obeah en los códigos legales vigentes de Jamaica.

La estudiosa enfatiza que las poblaciones del Caribe, descendientes de africanos, cargan en su herencia biológica y cultural un vasto panteón de espiritualidades africanas que han sido transmitidas generación tras generación, pero que actualmente carecen de reconocimiento institucional, de legitimidad académica y de presencia en los currículos educativos formales. Sostiene que existe un miedo profundo, casi visceral, hacia la propia herencia ancestral, que se traduce en negligencia y rechazo sistemático. Lo que ha emergido históricamente es una tensión profunda y duradera entre las prácticas cristianas institucionalizadas y las espiritualidades de raigambre africana. Este conflicto encuentra sus orígenes en el hecho de que la Iglesia cristiana fue instrumental en la sanción y legitimación teológica del régimen esclavista, lo cual ha generado una herida cultural que persiste. En consecuencia, muchos aspectos de la arquitectura legislativa en el Caribe fueron moldeados por el imperativo de suprimir cualquier expresión de autonomía espiritual entre las poblaciones esclavizadas.

Recuperación creativa en tiempos de adversidad

El contexto en el cual emerge este proyecto cinematográfico no es meramente artístico sino también profundamente económico y social. Jamaica, cuya industria creativa genera miles de millones de dólares en ingresos anuales, enfrentó un golpe devastador cuando el Huracán Melissa azotó la isla, destruyendo infraestructuras críticas, equipamiento especializado y, no menos importante, la esperanza de muchos profesionales del sector. Brown se vio obligada a posponer la edición de ese año del Festival de Cine Black River, un evento que se ha consolidado como plataforma crucial para que los creadores jamaicanos conecten con audiencias globales y establezcan relaciones comerciales con grandes redes de distribución internacional tales como Canal+ y Netflix. La cancelación no fue un inconveniente menor sino un golpe directo a las posibilidades de visibilidad y de generación de ingresos para la comunidad creativa local.

Es en este escenario de vulnerabilidad y reconstrucción donde "Stew Peas" adquiere un significado que trasciende su valor como obra cinematográfica. Brown ha caracterizado al filme como "un rayo de esperanza" en un momento en el cual la industria multimillonaria de entretenimiento del país lucha por recuperarse de pérdidas masivas. La película funciona como testimonio tangible de la capacidad de resiliencia de los jamaicanos, como señal dirigida al mundo de que la producción cultural continúa, que el talento creativo persiste, que la isla mantiene su compromiso con la generación de contenidos que portan "ese matiz distintivamente jamaicano –verde, dorado y negro– que caracteriza toda expresión de entretenimiento originaria de la región".

Jackie Jacqueline Jackson, comisionada de cine de Jamaica, ha emitido declaraciones que subrayan el valor estratégico de proyectos como este para la economía nacional. Según su análisis, películas de este calibre constituyen "un testimonio poderoso de la resiliencia, ingenio y determinación de la industria creativa jamaicana". Jackson ha enfatizado que es fundamental mantener la continuidad de la producción cinematográfica y artística como medio para transmitir al mundo un mensaje claro: Jamaica permanece operativa, abierta a nuevas iniciativas, lista para recibir producciones internacionales. Mantener este dinamismo genera efectos económicos multiplicadores: atrae capital y talento extranjero, genera empleo directo e indirecto en la cadena de producción audiovisual, incrementa el gasto e inversión en infraestructura local y posiciona al país como destino viable para la industria global del entretenimiento.

El impacto potencial de "Stew Peas" se extiende más allá del ámbito puramente cinematográfico o económico. La película introduce una grieta deliberada en la narrativa hegemónica que ha caracterizado siglos de represión cultural, permitiendo que creencias y prácticas históricamente marginalizadas emerjan desde la penumbra hacia la luz pública. Al encuadrar estas tradiciones dentro de una estructura narrativa de suspenso psicológico, la directora Nixon evita la moralización simplista, permitiendo que la audiencia se enfrente directamente con interrogantes sobre autenticidad, poder, fe y la materialidad de lo invisible. Algunos argumentarán que la obra representa un paso necesario hacia la descolonización del imaginario caribeño, hacia la reclamación de sistemas de pensamiento que fueron violentamente suprimidos. Otros podrían expresar preocupaciones respecto de cómo la representación cinematográfica de prácticas espirituales podría afectar la percepción social de las mismas o reforzar estereotipos, aunque la participación de estudiosos como Stanley Niaah en estos diálogos sugiere un abordaje reflexivo. Lo cierto es que el filme abre un espacio de conversación cuya reverberación social apenas comienza a manifestarse.