La música que acompaña a un actor minutos antes de pisar el escenario puede ser tan reveladora como la interpretación que ofrece sobre las tablas. Durante la primera entrega de los Premios Pinties, celebrada en el emblemático Teatro Colón, las máximas figuras del teatro porteño expusieron sin filtros qué artistas y géneros musicales pueblan sus auriculares, desmantelando la idea de que existe un sonido único detrás del telón. Lo que emergió fue un mapa acústico tan heterogéneo como sorprendente, donde la electrónica convive con la cumbia, donde DJs de renombre internacional comparten espacio con referentes del folclore latinoamericano, y donde el rock británico de varias décadas atrás sigue siendo un motor emocional tan potente como cualquier producción contemporánea.
El universo sonoro de quienes habitan el espectáculo
La relación entre los intérpretes de teatro y la música trasciende el mero entretenimiento: funciona como ritual previo, como herramienta de concentración y como vía de acceso a estados emocionales necesarios para la representación. En los camerines, en las horas previas a que suene el telón, la música opera como un instrumento tan importante como el texto memorizados o los movimientos ensayados. Por eso, cuando se indagó en las preferencias de los actores y actrices presentes en la ceremonia, las respuestas revelaron patrones fascinantes sobre cómo estos profesionales utilizan el sonido para prepararse, para energizarse, para conectar con la vulnerabilidad que exigen sus roles.
Una de las actrices más destacadas de la escena porteña sin ambigüedades: la música electrónica en sus múltiples variantes domina sus playlist desde hace décadas. Su preferencia abarca distintos DJs y subgéneros como el house y el deep house, géneros que requieren una inmersión sonora profunda y sostenida. Pero su consumo musical va más allá de lo estrictamente electrónico. La artista también expresó admiración por Rosalía, la cantante española que evolucionó desde sus raíces en el flamenco hacia un sonido más híbrido y experimental. Esta preferencia no es casual: sugiere una afinidad estética por artistas que se atreven a transformar sus propias tradiciones, a reinventarse sin abandonar sus cimientos.
Las voces femeninas como brújula creativa
Otra integrante destacada del elenco teatral argentino reveló una estrategia sensorial diferente: su acercamiento privilegia las voces femeninas y las propuestas musicales provenientes de Latinoamérica. Mencionó específicamente a Lila Downs, la artista mexicana que fusiona géneros tradicionales con sonoridades contemporáneas, así como a Gloria Estefan, cuya capacidad de generar energía optimista la convierte en compañía ideal para momentos que requieren un impulso emocional. La cumbia, ese ritmo que forma parte del DNA cultural latinoamericano, ocupa un lugar central en los camerines donde esta actriz se prepara junto a sus colegas. La elección de estos artistas y géneros apunta a algo más profundo que un simple gusto personal: sugiere una búsqueda de inspiración en tradiciones femeninas y latinoamericanas, una forma de conectarse con raíces culturales que alimentan la interpretación.
El elenco masculino también demostró preferencias muy definidas. Uno de los actores más reconocidos confesó que el cachengue —ese género urbano surgido en Medellín que combina reguetón con influencias tropicales— es su aliado predilecto para generar buen humor y energía. Su playlist está poblada por Mau y Ricky, Camilo, Tini, Lali y Emilia, artistas que representan la vanguardia del pop latino actual. Esta selección delinea el perfil de un intérprete que busca en la música no solemnidad sino dinamismo, canciones que propulsen hacia adelante, que generen movimiento corporal y mental. El pop latino de nueva generación, con sus temáticas de juventud, romance y desenfado, funciona para este tipo de performer como un acelerador emocional.
Cuando se consultó sobre preferencias musicales a Sebastián Wainraich, su respuesta fue lapidaria y no requirió explicación adicional: mencionó a The Beatles. La legendaria banda británica continúa siendo una referencia transversal capaz de trascender generaciones y contextos. Su presencia en la playlist de un artista teatral contemporáneo no constituye una rareza sino un dato que confirma la permanencia de ciertas estructuras musicales en el imaginario colectivo. Después de más de cinco décadas desde su disolución, los cuatro de Liverpool siguen siendo invocados como inspiración por quienes crean en el escenario. Otra actriz también mencionó su admiración por una figura que dejó un legado monumental en la música argentina: se refirió a Mercedes Sosa, la tucumana cuya voz se convirtió en sinónimo de compromiso artístico y profundidad emocional. Una mención breve pero contundente que resume el peso cultural de una intérprete cuya influencia traspasó las fronteras de su época.
Una orquesta de sensibilidades en el teatro argentino
Lo que emergió de la ceremonia fue un panorama que desmorona cualquier noción de homogeneidad en el gusto musical teatral. No existe una fórmula única, no hay un sonido que unifique a quienes trabajan en las tablas porteñas. En cambio, hay electrónica abrasadora conviviendo con folclore latinoamericano, hay clásicos del rock británico junto a cumbia urbana, hay voces femeninas españolas alternando con artistas de pop latino contemporáneo. Esta diversidad refleja, probablemente, la naturaleza misma del trabajo teatral: actores y actrices que deben ser capaces de habitar múltiples universos emocionales, que necesitan herramientas sonoras variadas para acceder a diferentes estados interpretativos. Un performer que debe encarnar la tragedia griega en la matinée puede necesitar la intensidad de la electrónica; el que juega la comedia por la noche quizás requiera la liviandad del pop latino. La música funciona entonces como un código de acceso a territorios internos que el texto y la dirección señalan pero que la voz propia del artista debe descubrir.
El hecho de que una ceremonia de premiación haya dedicado tiempo y espacio a esta indagación sobre preferencias sonoras no es trivial. Sugiere un reconocimiento de que el teatro argentino es también un fenómeno cultural que se alimenta de ecosistemas sonoros más amplios. Los actores y actrices no viven en una burbuja de alta cultura teatral aislada del resto de la producción musical. Por el contrario, consumen, disfrutan y se nutren de lo mismo que consume la sociedad en general, aunque quizás de manera más consciente y deliberada. La playlist de un intérprete teatral es un documento tan válido como su currículum de actuaciones, porque revela cómo se construye internamente la sensibilidad necesaria para el oficio.
Las implicancias de esta diversidad de gustos se extienden más allá del anecdotario personal. A nivel industria cultural, señala que el teatro argentino actual no responde a un único paradigma estético ni a un movimiento artístico monolítico. Hay espacio para múltiples expresiones, para artistas que dialogan simultáneamente con tradiciones muy diferentes. Algunos pueden estar explorando la experimentalidad sonora a través de la electrónica; otros están rescatando y revitalizando géneros populares latinoamericanos; varios mantienen viva la llama del rock clásico; no pocos buscan en el pop contemporáneo las herramientas para hablar al público de hoy. Esta multiplicidad de influencias musicales sugiere una escena teatral viva, permeable, en permanente diálogo con el contexto cultural contemporáneo y con las tradiciones que la preceden.
La visibilidad de estas preferencias musicales abre preguntas sobre cómo la música condiciona la interpretación, cómo el sonido que escucha un actor antes de escena impacta en su desempeño, qué rol juegan estas narrativas sonoras en la construcción de personajes y emociones sobre el escenario. También invita a reflexionar sobre cómo los géneros musicales populares, frecuentemente considerados menores en círculos de alta cultura, funcionan como combustible emocional para profesionales dedicados a disciplinas artísticas con siglos de tradición. Que un intérprete de teatro argentino escuche cachengue o pop latino con la misma intensidad con que otro escucha electrónica de vanguardia dice algo importante sobre la democratización del gusto y sobre la desaparición de jerarquías rígidas en el consumo cultural contemporáneo. No hay música de primera o segunda categoría en los camerines del teatro porteño: hay únicamente sonidos que funcionan, que generan el estado deseado, que permiten la transformación necesaria para que suceda la magia de la representación.



