A mediados de agosto, cuando aún reverberaban los efectos del violento movimiento telúrico que sacudió a Colombia con una intensidad de 7.4 grados en la escala de Richter, las instituciones castrenses argentinas activaron un plan de respuesta internacional que evidencia la capacidad operativa del país para proyectarse más allá de sus fronteras en contextos de crisis humanitaria. Lo que comenzó como una convocatoria de auxilio terminó convirtiéndose en una operación de envergadura, con participación de múltiples dependencias estatales y un despliegue logístico que pusiera a prueba la coordinación interinstitucional entre naciones. El acontecimiento revela, además, la persistencia de mecanismos de solidaridad regional y la vigencia de protocolos de cooperación militar en situaciones de emergencia, aspectos frecuentemente relegados en la agenda pública.
El desencadenante: un terremoto que reclama respuesta internacional
El terremoto registrado el 10 de agosto en territorio colombiano no fue un evento aislado ni menor. La geografía del continente sudamericano, atravesada por sistemas de fallas tectónicas de considerable actividad, genera escenarios recurrentes de desastre natural. En esta oportunidad, el movimiento telúrico impactó con particular severidad en el departamento del Chocó, región que ya lidia históricamente con condiciones de vulnerabilidad acentuada: infraestructura precaria, sistemas de salud limitados, accesibilidad geográfica restringida y densidad poblacional concentrada en territorios de difícil alcance. Fue precisamente esta vulnerabilidad preexistente la que motivó que las autoridades colombianas, en coordinación con organismos internacionales, solicitaran apoyo específico a países vecinos. Argentina, con sus capacidades institucionales y equipamiento disponible, figuraba entre los candidatos viables para brindar asistencia técnica y logística. La magnitud del sismo y sus consecuencias demandaban movilización acelerada de recursos que no siempre están disponibles en la región afectada.
La decisión de activar el dispositivo argentino se tomó bajo responsabilidad conjunta del Estado Mayor Conjunto y la cartera de Defensa nacional, organismos que coordinaron internamente la identificación de capacidades aprovechables. No se trataba de una respuesta improvisada: Argentina mantiene tradicionales vínculos de cooperación militar con Colombia, expresados mediante agregados y equipos de oficiales de enlace permanentemente destacados. En este caso, el Coronel Cristian Laschera, funcionario militar de la representación argentina, actuó como gestor principal en las negociaciones con pares colombianos para establecer los términos, alcances y cronograma de la intervención. Su rol fue crucial para traducir la disposición política en operaciones concretas sobre el terreno.
La movilización: desde El Palomar hacia el epicentro de la crisis
El 18 de agosto marcó el punto de partida de la operación propiamente dicha. Desde la I Brigada Aérea de El Palomar, en el Gran Buenos Aires, despegaron dos aeronaves de la Fuerza Aérea Argentina cargadas con la primera ola de asistencia. Un Hércules C-130, el caballo de batalla de las operaciones de transporte militar argentinas con décadas de servicio acumuladas, acompañado por un Embraer ERJ-140 de capacidad complementaria, volaron hacia territorio colombiano llevando cerca de 9.500 kilos de carga. Este volumen no era arbitrario: representaba el resultado de cálculos precisos respecto a las carencias identificadas en la zona de operaciones. El equipamiento transportado incluyó componentes de infraestructura móvil diseñados para entornos de emergencia: una planta potabilizadora de agua basada en tecnología de ósmosis inversa, sistema que permite convertir agua contaminada o salobrada en agua segura para consumo; una cocina de campaña modular capaz de preparar más de 500 raciones diarias por turno; carpas sanitarias con características de aislamiento y control ambiental; y sistemas de comunicaciones portátiles, fundamentales en zonas donde la infraestructura civil se ve comprometida.
El contingente argentino desplegado en territorio colombiano estuvo bajo el mando del Coronel Miguel Ángel Wissinger y compuesto por 32 efectivos provenientes de distintas especialidades. La selección de este personal no respondió a criterios de cantidad sino de funcionalidad: se incluyeron especialistas en comando y control, operadores de comunicaciones, profesionales de sanidad militar, intendentes capaces de gestionar recursos en contexto de crisis, y tripulaciones aéreas. Esta composición heterogénea respondía a la necesidad de garantizar autonomía operativa en un escenario donde la infraestructura local estaba dañada o saturada. El equipo se incorporó a la Unidad Ejecutora del Apoyo a Colombia (UNEJAPCOL), estructura coordinadora que nuclea las distintas iniciativas de asistencia. Su primera base de operaciones fue el aeropuerto El Caraño en Quibdó, capital del departamento del Chocó, desde donde se organizaría la distribución hacia comunidades vulnerables.
La ejecución sobre el terreno: agua, alimentos y medicinas para poblaciones aisladas
Una vez desplegado el personal argentino, comenzó la fase operativa del plan. El 20 de agosto, apenas dos días después de la llegada inicial, el equipo se movilizó hacia Pie de Pató, en el municipio de Alto Baudó, localidad ubicada en territorios de acceso complejo donde las afectaciones por el sismo se hacían particularmente críticas. Este primer vuelo de apoyo no fue simbólico: transportó consigo alimentos, material sanitario específico y elementos de asistencia humanitaria dirigidos a comunidades de difícil acceso que de otro modo hubieran permanecido aisladas de la cadena de ayuda. La coordinación con autoridades colombianas locales fue determinante para identificar los puntos geográficos con mayor necesidad y garantizar que la asistencia llegara efectivamente a sus destinatarios.
En paralelo, en Quibdó se desplegó la infraestructura logística argentina. La cocina de campaña fue instalada con capacidad expandida respecto a su especificación inicial, llegando a producir hasta 1.500 raciones diarias, cifra que indica la escala de la operación. La planta potabilizadora fue configurada para generar aproximadamente 30.000 litros de agua potable por día, volumen crítico en contextos donde las fuentes de agua están comprometidas por contaminación o colapso de sistemas. El equipo de bioquímicos argentinos asumió la responsabilidad de realizar análisis y controles permanentes de las fuentes de agua locales, garantizando que cada litro distribuido cumpliera con estándares microbiológicos y químicos de seguridad. Este aspecto técnico, frecuentemente invisibilizado en reportes de emergencia, es en realidad central: la contaminación del agua en contextos posdesastre genera brotes secundarios de enfermedades infecciosas que pueden matar más personas que el evento original.
Un componente adicional del operativo fue la instalación de un sistema de ensachetado que permitió distribuir alrededor de 10.000 sachets de agua potable entre poblaciones necesitadas, formato que facilita el acceso a personas desplazadas o en refugios temporales. Todo este procedimiento se centralizó en el Centro de Acopio Bodegas del Pacífico, ubicado en el sector Cabi de Quibdó, infraestructura compartida con el centro logístico de la gobernación del Chocó. La decisión de utilizar instalaciones civiles ya existentes, en lugar de construir nuevas, refleja un principio operativo de eficiencia: optimizar recursos existentes y no sobrecargar sistemas ya tensionados.
El componente médico: vigilancia y prevención en territorio vulnerable
Más allá de la provisión de agua y alimentos, el operativo argentino incluyó un eje sanitario de considerable complejidad. El personal de Sanidad Militar desplegado en territorio colombiano funcionó bajo una lógica integral de apoyo: coordinación permanente con el hospital local de Quibdó, capacidad de intervención en traumatología —especialidad fundamental en contextos donde los desastres naturales generan masas críticas de lesionados— y jornadas de medicina preventiva. Este último aspecto revela un enfoque prospectivo: no se limitaron a atender daños inmediatos sino a anticipar problemas sanitarios secundarios. La vigilancia epidemiológica realizada por el equipo argentino permitió identificar potenciales brotes de enfermedades transmisibles, riesgo elevado en zonas donde el desplazamiento de población, el hacinamiento en refugios y la falta de saneamiento crean condiciones propicias para su expansión. El control de condiciones sanitarias en la zona de operaciones fue ejecutado bajo protocolos que incluían verificación de depósitos de agua, recolección de residuos, gestión de excretas y otras variables críticas de salud pública.
La decisión de incorporar capacidades de traumatología responde a evidencia acumulada: en terremotos de magnitud significativa, las lesiones musculoesqueléticas y los politraumatismos representan la mayoría de las consultas hospitalarias durante semanas. Contar con especialistas argentinos permitió descentralizar la atención, aliviando la saturación del hospital local y permitiendo que profesionales colombianos se dedicaran a otras prioridades. El personal sanitario argentino operó bajo lógica de complementariedad, no sustitución: trabajaron en coordinación con colegas locales, respetando jurisdicciones y autoridades médicas colombianas. Este enfoque facilita que, cuando se retire el contingente, exista capacidad residual instalada y, más importante aún, evita fricción política o resentimiento local.
Contexto de cooperación militar regional y proyecciones futuras
La intervención argentina en Colombia se inscribe en una tradición de cooperación militar interamericana que, aunque fluctuante en intensidad según coyunturas políticas, nunca ha desaparecido completamente. Desde la segunda mitad del siglo XX, las instituciones castrenses latinoamericanas han mantenido canales de comunicación, intercambio de información y, ocasionalmente, operaciones conjuntas. Las respuestas a desastres naturales representan uno de los pocos ámbitos donde la cooperación militar ha persistido sin interrupciones significativas, ya que trasciende ideologías y alineamientos políticos: un terremoto afecta indiscriminadamente. Argentina, con sus capacidades logísticas y experiencia en operaciones humanitarias, se ha posicionado como actor relevante en este escenario regional. La experiencia acumulada en misiones previas de asistencia humanitaria permitió que el operativo colombiano se ejecutara con procedimientos ensayados y conocidos.
Las implicancias de esta operación se proyectan en múltiples dimensiones. En lo inmediato, significó la diferencia entre hambre, sed y enfermedad para poblaciones específicas del Chocó. En lo mediano, fortaleció vínculos de confianza entre instituciones castrenses de Argentina y Colombia, estableciendo estándares de cooperación que pueden replicarse en futuros contextos de crisis. En lo geopolítico, demostró que Argentina mantiene capacidades de proyección regional más allá de su territorio, aspecto frecuentemente subestimado en análisis de política exterior. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre sostenibilidad: ¿pueden Argentina y otros países vecinos mantener este nivel de respuesta ante eventos recurrentes? ¿Existe preparación suficiente en el sistema colombiano para gestionar futuras emergencias? ¿Qué lecciones se extraen de esta experiencia? Las respuestas a estas preguntas no son simples y dependerán de decisiones institucionales que trascienden a militares individuales, involucrando a gobiernos, sociedades civiles y organismos internacionales.



