Durante más de una década, los restos de una de las figuras más influyentes de la historia argentina permanecieron bajo tierra en suelo italiano, bajo un nombre que no era el suyo, guardados por un secreto de Estado que atravesaba fronteras, gobiernos y confesionarios. La noche del 3 de septiembre de 1971, en Madrid, ese secreto llegó a su fin en una operación que llevaba catorce años gestándose en las sombras de la burocracia militar y eclesiástica. Lo que ocurrió en las horas previas y durante el reencuentro entre un viudo exiliado y el cuerpo de su segunda esposa representa uno de los capítulos más intrincados de la turbulencia política argentina del siglo XX, un episodio que mezcla diplomacia internacional, maniobras castrenses, influencia vaticana y dramaturgia de época.
La cadena de eventos que culminaría en Madrid comenzó años antes, en un contexto de profunda convulsión nacional. Cuando Eva Perón falleció el 26 de julio de 1952, a los treinta y seis años, su cuerpo fue depositado en un lugar de honor dentro de la sede de la central obrera. Sin embargo, el derrocamiento de su marido meses después transformó su condición: de figura venerada, el cadáver se convirtió en objeto de disputa política. Mientras la madre de Eva, Juana Ibarguren, desde el asilo diplomático en Ecuador autorizaba una sepultura cristiana, los nuevos gobernantes militares tenían otros planes. La intención era evitar que los restos se transformaran en reliquias de peregrinación peronista, en símbolos tangibles capaces de movilizar a las masas. Así comenzó un viaje involuntario que llevaría los restos a través del Atlántico, hacia un cementerio europeo donde permanecerían bajo una identidad falsa durante más de una década.
La custodia macabra y el rol de un militar desquiciado
Entre los años posteriores al golpe de 1955 y 1957, el destino del cuerpo estuvo en manos de Carlos Moori Koenig, entonces jefe de la Dirección de Inteligencia del Estado. Su gestión de la macabra custodia dejó un rastro de vejaciones y aberraciones. Moori Koenig no simplemente guardó los restos: los convirtió en objeto de exhibición morbosa para círculos sociales, transformando lo que debería haber sido un asunto de respeto en un espectáculo de degradación. Su comportamiento evidenciaba una personalidad atormentada, alguien para quien el control sobre el cadáver representaba una forma de poder sobre la memoria política del país. Este período oscuro terminó cuando Pedro Eugenio Aramburu asumió la presidencia de facto y decidió, junto a su ministro de Guerra, Arturo Ossorio Arana, poner fin a aquel ultraje. Para ello, designó al coronel Héctor Cabanillas, oficial de confianza que recibiría la encomienda de resolver, de una vez por todas, el destino de aquellos restos que causaban tanto revuelo político.
Lo que Cabanillas recibiría no fue simplemente una tarea administrativa. Se trataba de una operación que requería coordinación internacional, discreción absoluta y, sobre todo, la participación de instituciones tan inesperadas como la Iglesia católica. En 1957, cuando Cabanillas organizó el traslado clandestino hacia Italia, el gobierno argentino decidió que el cuerpo debía desaparecer del territorio nacional. Para ejecutar esta empresa, se requirió de un intermediario eclesiástico: el sacerdote Francisco "Paco" Rotger, de la orden paulista, quien mantenía conexiones de alto nivel dentro de la jerarquía vaticana. Rotger no era un cura cualquiera; era confesor de Alejandro Lanusse, quien años después sería presidente de facto, y había sido su padrino matrimonial. A través de estos contactos, Rotger accedió al Vaticano mismo, donde el Papa Pío XII autorizó la operación. La Iglesia, institucionalizada, se convirtió así en cómplice silencioso de lo que se presentaba como un acto de piedad cristiana pero que, en realidad, era una maniobra política de primer orden.
La ruta italiana y la falsa identidad en Milán
En 1957, el coronel Cabanillas supervisó el embarque del ataúd en el vapor italiano Conte Biancamano, junto al cuerpo que había sido tratado mediante técnicas de embalsamamiento por el especialista español Pedro Ara. Acompañaban la operación el sacerdote Giovanni Penco, superior de la Compañía de San Pablo, enviado directamente por el Vaticano, y el suboficial del Ejército argentino Manuel Sorolla, quien viajó con documentación falsa como si fuera hermano de una mujer inexistente: María Maggi de Magistris. El ataúd fue enterrado en el Cementerio Maggiore de Milán, en el campo 86, tumba 41, bajo esa identidad fabricada. El secreto fue confiado solamente al sucesor de Penco, el padre Giulio Madurini, quien se convirtió en el único guardián de la ubicación exacta. Incluso dentro de las jerarquías más altas de la Iglesia, el conocimiento fue limitado. Solo el entonces arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini—quien después se convirtió en Papa Paulo VI—fue enterado del arreglo. La operación representaba un nivel de secretismo y coordinación internacional poco común en la historia argentina de esa época.
Durante catorce años, el cuerpo de Eva Perón permaneció bajo tierra en Milán, mientras en Argentina el peronismo era perseguido, proscripto y marginado de la vida política. El secreto fue guardado por un puñado de personas: Cabanillas, Sorolla, los sacerdotes italianos y, por supuesto, Aramburu, quien murió llevando ese secreto a la tumba. Cuando Montoneros secuestró y ejecutó a Aramburu entre mayo y junio de 1970, acusándolo de la desaparición del cadáver de Eva, exigieron públicamente su devolución como condición para liberar los restos del exmandatario militar. Las comunicaciones de la organización armada señalaban que el cuerpo de Eva sería entregado cuando se restituyera al "pueblo" los restos de su "compañera Evita". Este giro de los acontecimientos aceleró los cálculos políticos. Después del asesinato de Aramburu, Cabanillas recibió presiones directas de Montoneros, quienes estaban sobre la pista del cadáver y buscaban transformarlo en un elemento de su estrategia política revolucionaria.
La restitución como estrategia de reconciliación política
Cuando Alejandro Lanusse asumió como presidente de facto en 1971, heredó una Argentina fracturada, una guerrilla peronista activa y la necesidad de encontrar una salida electoral que le permitiera mantener algún control sobre el proceso político. Lanusse diseñó una estrategia diplomática audaz: el Gran Acuerdo Nacional, un programa que prometía el retorno a la democracia y la apertura hacia el peronismo proscripto. Parte de esa estrategia pasaba por un gesto de buena voluntad hacia Juan Perón, quien se encontraba exiliado en España desde 1960. ¿Qué gesto más contundente que la restitución del cuerpo de su segunda esposa, la mujer que había marcado la historia argentina en apenas seis años de vida política? Lanusse ordenó entonces que se ejecutara la operación que había permanecido en suspenso durante más de una década. El 16 de agosto de 1971, envió al coronel Cabanillas a Madrid con instrucciones precisas y una carta al entonces embajador argentino, Jorge Rojas Silveyra, un militar antiperonista confeso. En tono jocoso, Lanusse le escribía: "Sí puedo porque sos el único tipo que conozco que es más gorila que yo". La ironía política era deliberada: Lanusse necesitaba que dos antiperonistas fieros orquestaran la entrega del cuerpo al líder que ambos odiaban, demostrando así que el gobierno de facto podía ejercer el control sobre los símbolos peronistas incluso en el acto de su restitución.
La exhumación se realizó el 1 de septiembre de 1971 en el cementerio milanés, ante los ojos del padre Madurini, Cabanillas y Sorolla. Los sepultureros que descubrieron el cuerpo, preservado perfectamente por las técnicas de embalsamamiento de Ara, gritaron "¡Milagro!", una reacción que puso nervioso al coronel argentino. Madurini debió improvisar una explicación sobre las prácticas de embalsamamiento sudamericanas para calmar a los operarios inquietos. El ataúd fue cargado en un furgón Citroën de la funeraria Fuseti y comenzó el viaje de mil quinientos ochenta kilómetros desde Milán hacia Madrid. El conductor italiano Roberto Germani y Sorolla, como custodio, atravesaron Génova, Savona, Mónaco, Montpellier y Perpiñán. En La Junquera, ya en territorio español, la Guardia Civil se hizo cargo del transporte bajo coordinación del gobierno de Francisco Franco, que mantenía relaciones especiales con el peronismo por razones históricas: la ayuda humanitaria que Perón había enviado a España tras la Guerra Civil había dejado una deuda de gratitud que la dictadura franquista recordaba.
A medida que la caravana avanzaba hacia Madrid en la tarde del 3 de septiembre, el secreto comenzaba a filtrarse, aunque de manera contenida. Los uniformados de la Guardia Civil y la Policía Nacional, al ver pasar la furgoneta que transportaba los restos, se cuadraban en saludo. Cuando el cortejo enfiló hacia el barrio madrileño de Puerta de Hierro, donde Perón residía en exilio, Cabanillas ordenó una última detención estratégica. Faltaban pocos minutos para las ocho y media de la noche, y el coronel no quiso que la entrega coincidiera con la hora exacta de la muerte de Eva: las 20:25 del 26 de julio de 1952. Era un acto de respeto por la precisión temporal, un reconocimiento a que ciertos momentos históricos tienen pesos específicos que deben ser honrados. Superada esa barrera simbólica, el ataúd entró finalmente en la residencia. Poco antes, Sorolla había reemplazado la placa de bronce que llevaba el nombre falso "María Maggi de Magistris" por otra que decía "María Eva Duarte de Perón".
El drama de la verificación y el papel perturbador de López Rega
Perón esperaba en la residencia acompañado por su tercera esposa, María Estela Martínez, su secretario y asistente José López Rega, su delegado personal en Argentina Jorge Daniel Paladino, y otros funcionarios menores. Lo notable fue que el embajador Rojas Silveyra deliberadamente no había informado a Perón sobre la hora exacta de la entrega, temiendo que filtrara la información. Solo en la mañana de aquel 3 de septiembre fue notificado. Cuando el ataúd fue colocado sobre una mesa, Perón saludó a Cabanillas con frialdad calculada y preguntó inmediatamente por el padre Madurini, quien aún no había llegado debido a los controles policiales que rodeaban el complejo. Ya pasadas las nueve y media de la noche, Rojas Silveyra tomó las riendas de la ceremonia de verificación: debía abrirse el ataúd, certificarse que contenía los restos correctos y hacer firmar un acta oficial a los testigos. Cuando levantaron la tapa, encontraron un cierre de zinc que también requería apertura. Fue en ese momento cuando José López Rega, vistiendo solo una camiseta, apareció portando lo que parecía ser un soplete, listo para abrir la chapa de zinc. Rojas Silveyra, quien conocía los riesgos químicos del embalsamamiento de Ara, frenó al excéntrico colaborador de Perón. La chapa fue abierta con herramientas más rudimentarias: abrelatas caseros según Rojas Silveyra, o un cortafierros y martillo según Paladino.
Fue entonces cuando López Rega, en lo que resultaría ser una anticipación de su posterior comportamiento como figura política, mostró su tendencia al histrionismo patético. Mirando el cuerpo perfectamente preservado de Eva, exclamó dirigiéndose a Perón: "General, esta no es Evita… No firmé el acta. No es Evita…". Cabanillas, quien había guardado silencio durante toda la operación, contuvo la respiración. Su misión de catorce años corría peligro de colapsar por las divagaciones de un alcahuete desquiciado. Perón se acercó al féretro, observó el rostro de quien fuera su compañera durante los años más gloriosos y tumultuosos de su vida política, y sentenció con sobriedad: "Sí, es Evita". Con esa frase simple, Cabanillas volvió a respirar y el pequeño drama desatado por López Rega quedó clausurado. Sin embargo, López Rega volvió a susurrar su negativa: "Yo no firmo". Fue entonces cuando Rojas Silveyra, con cinismo políticamente brillante, lo interpelió: "¿Se va a perder esta oportunidad de firmar un acta histórica?". López Rega, herido en su ego, finalmente cedió y estampó su firma. Isabel Perón, la tercera esposa del general, se negó a firmar, pero se dedicó a peinar cuidadosamente los cabellos enmarañados del cadáver, un gesto que combinaba ternura maternal con la perturbación propia de la escena.
Cuando el padre Madurini finalmente llegó, extrajo de su bolsillo un objeto que había guardado durante catorce años: el rosario que el Papa Pío XII había regalado a Eva Perón en 1947, durante su épico viaje por Europa

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