El viaje político de un hombre que dice haber encontrado su norte
Ramón "el Nene" Vera no esquiva sus raíces cuando se trata de hablar sobre su paso por el peronismo. Con 59 años, cristiano evangélico desde hace cuatro décadas y hoy entre los principales constructores de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires, el diputado bonaerense reconoce sin ambigüedad que alguna vez entonó la marcha del movimiento justicialista, que participó en espacios políticos vinculados a esa tradición y que sus inicios como militante se enraizaban en el territorio más profundo del conurbano. Sin embargo, sostiene que su trayectoria representa menos una traición ideológica que una evolución natural, un cambio de perspectiva gatillado por circunstancias personales y una lectura distinta del país que lo vio crecer.
Su historia comienza en los márgenes. Criado en Vicente López en una familia de recursos limitados —tan limitados que él mismo describe su origen como "clase baja, muy baja"—, Vera cursó educación superior relativamente tarde en la vida. Recién a los 29 o 30 años se matriculó en una carrera de licenciatura en comercio exterior y relaciones internacionales en la Universidad de Luján. Aunque no llegó a completar el título, asegura que esa formación le proporcionó las herramientas fundamentales para un salto cualitativo en su trayectoria económica y social. Su vida laboral pasó por distintos emprendimientos: tuvo participación en un comercio familiar que eventualmente dejó de lado para dedicarse a otros proyectos, y posteriormente se especializó en asesoría, particularmente en el mercado de los metales preciosos.
El peronismo territorial que lo vio nacer políticamente
Cuando Vera ingresa en la política institucional, a principios de la década pasada, lo hace a través de espacios cercanos al vecinalismo justicialista. Su entrada en la militancia activa ocurre alrededor de 2008 y 2009, de la mano de la familia Asseff, referentes políticos de Moreno que operaban en ese momento en la línea del peronismo no kirchnerista. En aquella época, el distrito bonaerense estaba atravesado por divisiones internas profundas, y los sectores vecinalistas buscaban confrontar con la estructura kirchnerista que gobernaba la provincia. La primera candidatura electoral de Vera se produce en ese contexto: encabezada por Claudia Asseff, la lista que integraba se presentaba como alternativa frente al esquema político dominante. Recuerda que en esos tiempos lo motivaba una particular lectura del peronismo: aquella que enfatizaba la meritocracia y los valores republicanos, la que él asocia con figuras históricas como Antonio Cafiero, quien alguna vez se desempeñó como ministro durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Su ingreso en la política no fue, entonces, resultado de una adhesión ideológica profunda, sino más bien de una participación territorial que respondía a las lógicas locales de Moreno, donde el peronismo mantenía —y aún mantiene— una gravitación enorme en las capas populares del territorio.
Durante una década, Vera navegó estas aguas. Participó como consejero escolar, integró espacios vecinales organizados con otros actores políticos, y en 2019 tomó la decisión de competir en la interna del Frente de Todos para la intendencia de Moreno, aunque reconoce que enfrentó a todos los sectores peronistas sin lograr su objetivo. Fue precisamente en ese recorrido donde comenzó a cuestionar la dirección que había tomado el movimiento justicialista. En su relato actual, Vera sostiene que el peronismo fue "cooptado" por fuerzas progresistas, que figuras como Emilio Pérsico o Juan Grabois poco tienen que ver con los principios que originalmente lo motivaron, y que eso significó, de hecho, una expulsión silenciosa de quienes como él mantenían una lectura más tradicional del movimiento. Así mismo, no duda en afirmar que debería haber coherencia: si ciertos referentes comparten más afinidades con pensadores de izquierda, deberían militar en espacios que lo reflejen claramente, no dentro de una estructura que pretende mantener la herencia de Perón.
El rol de la familia y el giro ideológico
Pero Vera atribuye a un factor muy específico el punto de inflexión en su recorrido: la influencia de su hija, Andrea Vera, quien hoy se desempeña como diputada nacional. Andrea creció en un contexto distinto al de su padre. Estudió en la Universidad Austral, institución donde circulan ideas liberales de manera natural, y se movió en círculos intelectuales y políticos donde la crítica a la expansión estatal y la defensa de la economía de mercado constituyen el sentido común. Fue ella quien le habló sobre referentes del movimiento libertario: el "Negro Almeida", un médico residente en el Hospital Garrahan apodado "Gordo Dan", Agustín Romo y otros nombres que circulaban en encuentros libertarios. En su narrativa, Vera entiende que el viraje de su hija responde a causas naturales, del mismo modo que su propio peronismo respondía a causas naturales: es el contexto, el ambiente donde uno se desenvuelve, las influencias cercanas. Lo interesante es que reconoce esto sin victimización. "Es natural que ella, de donde viene, sea liberal", afirma, sugiriendo que no hay reversión ideológica traumática sino, más bien, una adecuación a nuevas realidades y nuevas perspectivas.
Vera hace hincapié en que su ascenso social no fue producto de la política, sino del trabajo privado. Resalta sus logros en el sector empresarial y utiliza como ejemplo su especialización en asesoría vinculada al mercado de los metales preciosos. Señala que en 2015 el kilogramo de oro se cotizaba en torno a los 31.000 o 32.000 dólares estadounidenses, que para 2019 alcanzaba los 40.000 dólares, que en 2023 rondaba los 69.000 dólares y que actualmente se cotiza en niveles cercanos a 145.000 dólares. Utiliza esta progresión de valores para ilustrar cómo el mercado ofrece oportunidades a quienes saben leerlo y posicionarse en él adecuadamente. Insiste en que a la política "no le debe absolutamente nada" su mejora en la calidad de vida, y aunque no le molesta que lo llamen "puntero" —si eso significa estar conectado con su barrio y su comunidad—, deja clara la distinción entre acumular capital político a través de estructuras partidarias y prosperar mediante la iniciativa privada.
El movimiento que se construye sin esquemas cerrados
Actualmente, Vera ocupa un lugar destacado en la estructura de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires. Es diputado bonaerense y funciona como uno de los principales referentes del movimiento en Moreno, distrito que gobiernan fuerzas kirchneristas y donde, por lo tanto, construir una alternativa política enfrenta obstáculos considerables. Trabaja en coordinación con Sebastián Pareja, una de las figuras clave en el armado provincial de LLA, y su incidencia se extiende hacia otras jurisdicciones del conurbano. Desde esa posición, Vera defiende una caracterización del proyecto libertario que enfatiza su carácter de "movimiento nacional, liberal y popular", rechazando explícitamente la idea de que se trate de una estructura cerrada, dogmática o sectaria. Menciona la expresión "tabula rasa" —pizarra en blanco— que el presidente Javier Milei ha invocado reiteradamente para significar la idea de una construcción política desde cero, sin imposiciones ideológicas previas, sin corsés doctrinarios que ahoguen la creatividad política.
Lo notable es cómo Vera enfrenta las críticas internas que ha recibido sobre sus orígenes peronistas. Reconoce que hubo enfrentamientos virtuales intensos, particularmente con perfiles que responden al asesor Santiago Caputo, quienes lo han cuestionado por lo que denominan "peronismo residual" dentro de las filas libertarias. Algunos de estos críticos, nucleados alrededor de figuras como Daniel Parisini —conocido como "Gordo Dan"—, sostienen que ciertos referentes territoriales como Vera desperfilan al movimiento, contaminándolo con prácticas o mentalidades que provienen de tradiciones políticas anteriores. Vera rechaza esta caracterización. Sostiene que lo que está ocurriendo es precisamente la construcción de algo nuevo, algo que recupera elementos del liberalismo clásico pero que los adapta a un contexto popular, territorial, sin necesidad de expulsar a quienes provienen de otras tradiciones políticas. En este sentido, su propia biografía política se convierte en prueba de que el cambio es posible, que no existe una esencia peronista que condene al militante que la abandona, sino una evolución, un aprendizaje.
En el búnker de Moreno, ubicado en el kilómetro 50 de Pilar, las paredes violetas —color que identifica al movimiento libertario— conviven con gigantografías de Javier Milei, retratos de Vera junto al presidente, imágenes de Donald Trump abrazando a un león generadas con inteligencia artificial, y también retratos de Manuel Belgrano. El espacio mismo es una declaración de intenciones: una amalgama de referencias que van desde la iconografía libertaria más contemporánea hasta símbolos patrios tradicionales, una mezcla que en los tiempos que corren resulta significativa. Vera maneja el "búnker" como un espacio de poder territorial, como la demostración de que es posible construir política a nivel local sin necesidad de depender de estructuras clientelares o de sometimiento ideológico absoluto. Desde allí, despacha su mensaje más contundente: "Quien ponga una amenaza a la reelección del Presidente, ese es un traidor". La frase es tajante, pero también revela la dinámica actual de LLA: más que un movimiento de ideas discutidas colectivamente, funciona como un proyecto personalista en torno a Milei, donde la lealtad política al líder se presenta como el criterio definitivo de pertenencia.
Las implicancias de una trayectoria que no es única
El recorrido de Vera no es excepcional dentro de La Libertad Avanza. Existen múltiples referentes territoriales que provienen de tradiciones políticas distintas —radicales, peronistas, incluso sectores de izquierda— y que han encontrado en el libertarianismo una nueva casa política. Esto plantea preguntas complejas sobre la naturaleza del movimiento que lidera Milei y sobre las dinámicas que se generan cuando una coalición política se construye, como afirma Vera, como "tabula rasa", es decir, sin una identidad ideológica claramente definida más allá de la figura del presidente. Por un lado, esto permite una flexibilidad que puede resultar electoralmente ventajosa: absorber votantes de distintos orígenes, construir mayorías amplias, gobernar con una base heterogénea. Por otro lado, genera tensiones internas evidentes, como las que enfrenta Vera con sectores más "puros" del libertarianismo que ven en figuras como él una amenaza a la pureza ideológica del proyecto.
La cuestión del "peronismo residual" que le critican es particularmente interesante en el contexto argentino. Argentina ha vivido bajo la influencia hegemónica del peronismo durante décadas. Las prácticas políticas que se asocian con esa tradición —el punteroísmo, el clientelismo territorial, la figura del líder carismático, la capacidad de movilización de bases populares— están tan imbricadas en la cultura política nacional que resulta prácticamente imposible purgarlas completamente. Cuando Vera dice que no le molesta ser llamado "puntero" si eso significa estar cerca de su barrio, está enunciando una realidad que trasciende su caso particular: en Argentina, hacer política territorial implica reproducir ciertas lógicas que el peronismo sistematizó, más allá de cuál sea la bandera ideológica que ondee sobre esas prácticas. La tensión entre los liberales "puros" que critican a Vera y los referentes territoriales como él que construyen poder a nivel local refleja, en cierto sentido, una tensión más profunda entre una visión universalista, de principios, de la política y una visión pragmática, particularista, de cómo se ejerce poder realmente en una sociedad como la argentina.
Lo que suceda con trayectorias como la de Vera en los próximos años resultará determinante para entender la evolución de La Libertad Avanza. Si el movimiento logra consolidar una identidad propia que integre a sus distintos componentes —libertarios "puros", referentes territoriales provenientes de otras tradiciones, empresarios, intelectuales—, podría transformarse en una fuerza política estructurada y duradera. Si, en cambio, las tensiones internas entre estos sectores se amplifican, si la lealtad personalista al presidente se erosiona o si emergen conflictos sobre la dirección que debe tomar el proyecto, entonces figuras como Vera podrían encontrarse en una posición incómoda: ni completamente libertarias ni del todo peronistas, sino símbolos de una transición política que nunca llegó a completarse. El ascenso social de Vera, su capacidad para navegar distintos espacios políticos, su conexión territorial en Moreno, su disposición para reconocer sus errores y cambiar de perspectiva, son activos políticos reales en el contexto actual. Pero también son, potencialmente, vulnerabilidades si las dinámicas internas de LLA continúan polarizándose entre sus distintas facciones.



