La tensión que atraviesa hoy a las instituciones que representan los intereses ganaderos argentinos tiene un rostro familiar: dentro de una misma casa coexisten dos visiones irreconciliables sobre el futuro de la proteína animal en el país. Marcos Pereda, quien ocupa la vicepresidencia de la Sociedad Rural Argentina, se vio obligado esta semana a salir públicamente a defender su postura omnívora luego de que su hija Milagros —diseñadora especializada en sustentabilidad y activista vegana— afirmara en un espacio de podcast que "el futuro es sin carne". Lo que podría parecer un simple desacuerdo doméstico esconde una disputa ideológica más profunda que toca los cimientos del modelo productivo que ha caracterizado a la Argentina durante más de un siglo.

En diálogo con un programa de televisión, Pereda se expresó con la cautela de quien intenta equilibrar dos lealtades contradictorias. Manifestó su respeto hacia las convicciones de su hija, reconociendo que ella es una adulta con derecho a sus propias ideas. Sin embargo, no dejó dudas sobre dónde está parado: "Soy quinta generación de ganaderos y, para redondear el tema, me encanta un buen bife de chorizo". La frase, aunque podría parecer coloquial, funciona como una declaración de principios. Pereda señaló además que considera inamovible su posición respecto a las proteínas de origen animal, descartando cualquier posibilidad de reconsideración futura en este tema específico. Para él, simplemente no existe alternativa válida a la carne como fuente proteica.

El trasfondo político de una disputa familiar

Lo que emerge de esta confrontación pública no es meramente una diferencia generacional o de valores entre padre e hija. Pereda mismo reveló una dimensión política que otorga mayor complejidad al asunto. Expresó su preocupación de que Nicolás Pino, actual presidente de la Sociedad Rural, estaría utilizando la controvertida opinión de Milagros como herramienta para desacreditar su candidatura a la sucesión. Pereda es el principal rival de Pino en la contienda por el liderazgo de la entidad, y señaló que el mandatario aspira a permanecer en el cargo hasta el año 2030. En este contexto, las declaraciones de la joven diseñadora cobraron una relevancia que trasciende lo doméstico: se convirtieron en munición política dentro de una institución que ha sido históricamente monolítica en sus posiciones sobre la ganadería.

Milagros, por su parte, relató en sus propias declaraciones una trayectoria personal que desafía la herencia familiar casi determinista. Descendiente de múltiples generaciones de productores ganaderos, decidió cortar deliberadamente esa línea. Según sus palabras, su padre proviene de una saga de ganaderos, pero ha sido consciente de que esa actividad debe llegar a su fin. Atribuyó parte de esta influencia al ejemplo de su madre, quien practica el vegetarianismo, y a varios de sus hermanos que comparten su visión. Describió una cierta "dualidad" en su núcleo familiar: fuerzas que la atraen simultáneamente hacia direcciones opuestas. A pesar de ello, expresó que su padre posee la inteligencia y la conciencia suficientes para reconocer que la ganadería intensiva no puede ser el futuro.

Cuando la proximidad genera conciencia

En sus reflexiones públicas, Milagros ofreció un diagnóstico que apunta a la experiencia directa como catalizador del cambio de perspectiva. Sugirió que cuando uno está más cerca de las industrias extractivas, accede a informaciones y realidades que permanecen ocultas para quienes están alejados de ellas. Ese acercamiento a los detalles operativos de la ganadería industrial habría sido determinante para que ella y parte de su familia optaran por una ruta completamente distinta. Su argumento implícito es que la falta de conciencia no es ignorancia sino, más bien, distancia: la proximidad física y cognitiva a los procesos productivos genera inevitablemente cuestionamientos éticos. En contraste, su padre mantiene una postura que, aunque reconoce la legitimidad del pensamiento vegano, se niega a extrapolar conclusiones sistémicas a partir de detalles particulares.

El contexto histórico de esta disputa merece consideración. La ganadería argentina es, desde hace casi dos siglos, un pilar estructural de la economía nacional. La figura del gaucho, el imaginario del asado, la exportación de carne de primera calidad: estos elementos han sido constantemente tejidos en la identidad nacional. La Sociedad Rural Argentina misma, fundada en 1866, ha actuado como custodio de esa tradición y como lobby influyente en la formulación de políticas públicas. Para alguien como Marcos Pereda, que desciende de cinco generaciones de ganaderos, cuestionar la viabilidad futura de la actividad equivale prácticamente a negar su propia genealogía. Su defensa apasionada de la proteína animal es, en este sentido, también una defensa de la continuidad de su linaje.

Las consecuencias de esta pugna familiar pueden interpretarse desde múltiples ángulos. Para algunos, representa el choque inevitable entre un modelo productivo tradicional y las demandas ambientales y éticas del siglo XXI; una tensión que no es exclusiva de Argentina sino que se replica en contextos globales donde la sustentabilidad cuestiona los patrones de consumo heredados. Para otros, ilustra cómo las nuevas generaciones, especialmente aquellas con acceso a educación y reflexión crítica, tienden a cuestionar los supuestos que sus antepasados dieron por sentado. En el plano institucional, la disputa sugiere que incluso los espacios de poder tradicionalista comienzan a experimentar fracturas internas respecto a la legitimidad de sus modelos. Lo que ocurra en los próximos años dentro de la Sociedad Rural Argentina —tanto en términos de liderazgo como de posicionamiento frente a demandas de transformación productiva— podría servir como indicador de cómo el país negocia su transición hacia formas de producción menos dependientes de la ganadería intensiva.