La voz del Episcopado en el corazón del dolor

Un año después de la muerte del papa Francisco, la máxima autoridad eclesiástica argentina decidió no guardar silencio desde una oficina o un templo de mármol. Monseñor Marcelo Colombo, presidente de la Conferencia Episcopal, eligió plantarse en la parroquia San José de San Justo, en La Matanza, en una zona que la Iglesia bautizó como Ciudad Papa Francisco, para convocar a una celebración que funcionó como grito de alarma frente a una realidad que se retuerce bajo el peso de la exclusión. No fue casualidad el escenario elegido. En ese barrio de emergencia, donde la ausencia del Estado y el avance del narcotráfico se trenzan como raíces de un árbol enfermo, la institución religiosa decidió hacer presente su preocupación más profunda: que la sociedad argentina no termine acostumbrándose a convivir con la violencia, que no normalice el descarte de millones de personas ni la entrega de territorios completos a las mafias.

Durante la misa, Colombo transmitió un mensaje que retumbó en las paredes del templo: "No nos acostumbremos a la violencia, ni a naturalizar el descarte y la exclusión". Las palabras, aunque simples, condensan la angustia de una institución que observa cómo los barrios populares —ese tejido urbano donde viven millones de argentinos— se disuelven en la desintegración social. Acompañaron al titular del Episcopado figuras de relevancia dentro de la estructura católica argentina: el obispo Eduardo García, de San Justo; Jorge Torres Carbonell, de Gregorio de Laferrere; y Raúl Pizarro, obispo auxiliar de San Isidro y secretario general de la Conferencia Episcopal. Junto a ellos, decenas de sacerdotes que trabajan cotidianamente en villas y barrios populares marcaron presencia, llevando la fe a los territorios donde el Estado brilla por su ausencia.

El diagnóstico: integración o entrega al crimen

La frase que resumió la jornada fue contundente: "Los barrios que no se integran, se entregan al narcotráfico". No se trata de una consigna retórica, sino de una advertencia basada en la observación de lo que sucede en las entrañas de la provincia de Buenos Aires. El obispo García expresó durante la celebración que la selección de San Justo para recordar al pontífice argentino respondía a un propósito profundo: "Francisco solía decir que desde las periferias se observan mejor las realidades". La lógica es demoledora: si se quiere entender dónde está quebrado el país, hay que mirar hacia donde menos luz llega, donde el sistema ha dejado de funcionar hace tiempo. García ampliaba el análisis con una reflexión que golpea: la zona sufre "la encrucijada del dolor de la ausencia del Estado y el avance del narcotráfico". La Iglesia no predicaba resignación. Por el contrario, subrayaba: "No queremos renunciar a lograr con nuestra gente una existencia más digna, ni pretendemos que nuestros niños crezcan envueltos en la narcoesperanza".

Las palabras de García establecían una frontera clara en la arena del compromiso: "Queremos que nuestros barrios se incorporen activamente a la vida nacional. Porque ese es nuestro rol como Iglesia, trabajar por la dignidad de los hijos de Dios". No era un sermón defensivo, sino una declaración de guerra contra la desidia. La misa se desenvolvía en un contexto político y social extremadamente tenso. Semanas antes, una niña de apenas 13 años había sido baleada en la cabeza mientras jugaba en una plaza de Ciudad Evita, quedando atrapada en el fuego cruzado entre bandas que se disputan el control del narcomenudeo. El episodio había generado una onda de pánico en las comunidades eclesiales, una prueba tangible de que la violencia ya no era un problema abstracto sino una amenaza que atraviesa el cuerpo de niños inocentes.

Simultáneamente, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) divulgaba datos que profundizaban el panorama desolador: la pobreza había saltado del 26,9% al 29,9% en el cuarto trimestre de 2025, según la medición oficial. En números más crudos: casi tres de cada diez argentinos se debatían en condiciones de vida por debajo de la línea de pobreza. No se trataba solo de cifras estadísticas, sino de familias que comían menos, de niños que no asistían a la escuela, de empleos que desaparecían. La Iglesia conectaba estos puntos: pobreza y narcotráfico forman un círculo vicioso del cual no se sale solos.

El legado de Francisco en el terreno de juego

Colombo enfatizó durante su intervención una verdad que Francisco había encarnado toda su vida: "Francisco nos comunicó que estamos en el mismo navío y tenemos que navegar juntos hacia la salida. Salir de la pobreza, de la postergación, de la exclusión. O lo hacemos en conjunto o no salimos". La apuesta no era metafórica. El arzobispo realizó durante la misa el rito del lavatorio de los pies, un gesto que fue marca registrada del papa argentino. Así como Francisco lo hacía, Colombo colocó en el centro a quienes cargan con el peso más brutal de la injusticia: abuelos olvidados por el sistema, niños que crecen en la intemperie, individuos con discapacidad a quienes la sociedad mira de soslayo, personas atrapadas en ciclos de consumo problemático, y mujeres que sostienen con sus espaldas la vida en los barrios cuando todo se derrumba.

La celebración funcionó como reconocimiento del trabajo titánico que realizan sacerdotes, maestras, catequistas, líderes barriales y dirigentes comunitarios. Colombo resaltó "los esfuerzos descomunales de nuestros curas, de nuestras escuelas, de nuestras comunidades parroquiales, de esos conductores barriales, catequistas o referentes que permiten materializar esos anhelos de una vida renovada para absolutamente todos". La misa no terminó en plegarias solamente. Los participantes elevaron peticiones especiales por los pobladores de los barrios populares y por quienes trabajan sin descanso por su desarrollo y su dignidad. Se hizo hincapié en el legado de Francisco, caracterizado como "profundamente radicado en la trayectoria de los curas que trabajan en villas y barrios populares, y en experiencias de rescate comunitario, como los Hogares de Cristo".

La agenda de la Iglesia quedó delineada con nitidez: fortalecer los espacios donde se reconstruye el tejido social destrozado. La capilla, la escuela, el club barrial, los Hogares de Cristo: estos no son apenas instituciones, sino trincheras donde se recuparan los vínculos, donde se acompaña a quienes sufren, donde se abren caminos reales hacia la integración. La Iglesia plantea que sin estos espacios comunitarios, sin trabajo territorial, sin presencia encarnada, los barrios quedaban desarmados frente a la maquinaria del narcotráfico. Y cuando un barrio se rinde, toda la sociedad pierde un pedazo de sí misma.