Una vuelta a la declaración marcada por la fragilidad emocional
El relato de Hilda Horovitz sobre su convivencia con Óscar Centeno y sus vínculos con la estructura de recaudación de fondos irregulares en el Ministerio de Planificación llegó a su conclusión esta semana, aunque no sin dificultades. La mujer, quien había sufrido un episodio de descompensación durante la jornada anterior cuando emergió la figura de su padre adoptivo en el interrogatorio, regresó a la sala de audiencias con visibles signos de desgaste emocional. Su presencia en el juicio oral que investiga la supuesta trama de coimas sistematizadas en cuadernos resuena más allá de los hechos que ella misma presenció: sus actos posteriores —la obtención furtiva de documentación, el contacto con periodistas, los intentos de presión sobre funcionarios— revelan cómo la información sensible relacionada con operaciones de corrupción circuló entre actores que buscaban beneficiarse de distintas maneras de su exposición.
Desde el inicio de su comparecencia renovada, Horovitz manifestó explícitamente su precaria estabilidad física y mental. "No estoy bien del todo. Pero haciendo fuerza para estar y terminar con esto", fueron sus palabras al ser consultada sobre su capacidad para continuar. Esta confesión inicial establece un marco de vulnerabilidad que tiñe toda su exposición posterior. El tribunal, consciente de su estado, permitió la continuación del proceso con esta declaración que, de todas formas, seguiría generando tensiones y momentos de quiebre emocional ligados a su pasado traumático.
Los audios como espejo de una intención velada
La fiscalía retomó el hilo de la sesión anterior presentando registros de audio en los cuales Horovitz expresaba su propósito de causar daño y su demanda de recursos económicos. En uno de los audios reproducidos en la sala, la voz de la mujer articulaba una amenaza apenas disfrazada: "Voy a hacerle quilombo, ahora me quedo tranquila porque quiero terminar la casa. Pero no va a quedar acá, va a seguir. Tengo 9 años para hacerlo mierda. Recién va el primero o el segundo año". Estas palabras, referidas a Centeno, revelaban su intención de prolongar acciones punitivas en el tiempo. Al mismo tiempo, Horovitz reconocía haber sido víctima de episodios violentos por parte de su expareja, contexto que complejiza la interpretación de sus motivaciones posteriores.
Durante ambas audiencias, Horovitz mantuvo una ambigüedad estratégica respecto del material que había logrado copiar subrepticiamente. Su relato oscilaba entre mencionar "papeles", "recibos", "carpetas", "libretas" y "planos de casas". Cuando se le preguntó específicamente sobre los cuadernos de las coimas guardados en el ropero de su expareja, ella sostuvo haber apenas "ojeado" el contenido sin acceder a una lectura profunda. Esta falta de claridad persistente sugiere tanto una dificultad genuina para recordar con precisión como una posible estrategia defensiva para no auto-incriminarse por su acceso a documentación que posteriormente utilizaría con fines de presión.
Los mensajes exhibidos durante el interrogatorio mostraban un escalado progresivo en las demandas económicas. En uno de los registros, Horovitz proponía explícitamente un arreglo monetario: "que me deposite 2000 por mes y estamos todos tranquilos". A pesar de la claridad casi literal de estas expresiones, durante toda su declaración Horovitz evitó reconocer abiertamente que estaba cometiendo extorsión. En cambio, caracterizaba sus acciones como pedidos de "ayuda" o advertencias sobre consecuencias lógicas. Cuando se le interrogó sobre el significado de una fotografía que había enviado a Roberto Baratta —jefe de Centeno— mostrando un bolso repleto de dólares, respondió simplemente con "No sé", rechazando así la interpretación obvia de que se trataba de un mensaje intimidatorio.
La distribución de documentos y los intermediarios invisibles
Un aspecto central de su testimonio fue el modo en que la documentación obtenida circuló entre distintos actores. Horovitz explicó que entregó los "papeles" a Miriam Quiroga, una excolaboradora del expresidente Néstor Kirchner, buscando "hacerlo apurar [a Baratta] y ver si me podía ayudar". Esta intermediación introdujo un tercer actor en la cadena de posesión de información sensible. Los intercambios entre Baratta y Quiroga, recuperados de registros telefónicos en otra causa judicial, revelan una estrategia de contención: Baratta solicitaba a Quiroga que entretuviera a Horovitz, que la sacara a tomar un café, que ganara tiempo. Cuando Horovitz finalmente exigió la devolución de los documentos, Baratta instruyó a Quiroga con una frase que resumía su evaluación: "Perdelos". En otro registro, añadía: "Está loca pero no es boluda", reconociendo implícitamente la capacidad de Horovitz para llevar adelante sus amenazas.
Horovitz aclaró en su declaración actual que jamás permitió que periodistas tuvieran acceso directo a los papeles originales. En su lugar, fue Emiliano, hijo de Quiroga, quien mantuvo esa documentación. Horovitz conocía a Emiliano porque habían trabajado juntos en Yacimientos Carboníferos, donde él se desempeñaba en el área de "archivos" del "subsuelo". Esta red de intermediarios —Quiroga, su hijo, los periodistas del otro lado— constituye un entramado de circulación de información que revela cómo operan los canales informales a través de los cuales sale a la luz documentación sobre operaciones ilegales.
El interrogatorio llevado por la defensa de Baratta, a cargo de Elizabeth Gómez Alcorta —abogada que anteriormente ocupó el ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad—, buscó desacreditar el relato mediante preguntas sobre la personalidad de Centeno. La letrada indagó sobre su temperamento dentro del ámbito doméstico, su historia personal y su habilidad para engañar. Horovitz describió a Centeno como alguien con carácter "agresivo" y "variable", muy propenso a la mendacidad. Relató un episodio extremo: que Centeno había abandonado el Ejército tras arrojar una granada a un superior y que había evitado castigos simulando demencia. Este antecedente sirve para caracterizar a Centeno como un individuo con patrones de conducta irregular y con capacidad para maniobrar institucionalmente.
Otros testimonios que dan forma al escenario de los cuadernos
Paralelamente a la declaración de Horovitz, comparecieron otros testigos que aportaron perspectivas distintas sobre los movimientos de documentación y personas en el edificio donde residía la expresidenta Cristina Kirchner. Ignacio Laplacette, un empresario que vivió en el primer piso del inmueble ubicado en la calle Uruguay durante los años 2007 a 2011, relató haber vendido su departamento por razones de salud. La operación de compraventa fue gestionada por Osvaldo Sanfelice, aunque el comprador final fue Osvaldo De Sousa, socio del empresario Cristóbal López. Laplacette mencionó que tras dejar el departamento, pasó ocasionalmente por la zona y notó que sus antiguas ventanas estaban tapadas con papeles. A pesar de esta observación, enfatizó que nunca presenció movimientos de bolsos ni actividades irregulares. Describió el edificio como un lugar con muy poca circulación de personas, lo que dificultaba observar patrones de comportamiento.
Centeno, presente en la sala durante toda la declaración de su expareja, mantuvo una postura de aparente desinterés físico mientras escribía anotaciones en una libreta. Su silencio y su enfoque en la escritura contrastan con el protagonismo de Horovitz en la narración de los hechos. Horovitz, en conversaciones previas con los investigadores, había caracterizado a Centeno como alguien con costumbre de hablar poco sobre su trabajo pero de "anotar todo", lo que sugiere una metodología de documentación personal de sus actividades o las de su entorno.
La compleja confesión de Horovitz sobre sus propias acciones
En varios momentos de su declaración, Horovitz intentó equilibrar el reconocimiento de su culpabilidad con la explicación de sus motivaciones. Admitió haber sido "testaferro" de Centeno y haber querido "perjudicarlo" tras descubrir infidelidades y ser golpeada en múltiples ocasiones. Con la voz agrietada, estos reconocimientos adquirieron un tono confesional que contrastaba con su defensa anterior de que solo "pedía ayuda". En uno de sus comentarios más reveladores, dirigido aparentemente hacia Julio César Silva —el encargado del edificio Kirchner que en el juicio se desdijo de sus declaraciones anteriores—, Horovitz expresó su incredulidad: "Yo no puedo creer que un encargado, sabiendo la vida y obra de todo el mundo, no se acuerde de que lo que vio". Esta observación sugiere su expectativa de que los testigos presenciales debían mantener consistencia con lo que habían visto, independientemente de presiones o cambios de criterio posterior.
La presencia de elementos de violencia doméstica en el trasfondo de estos hechos introduce una dimensión que excede la narrativa puramente corrupta. Horovitz no era simplemente una persona que decidió extorsionar a funcionarios: era una mujer que había sufrido agresiones físicas y emocionales, que buscaba terminar una casa propia, que enfrentaba inestabilidad económica. Estos factores no justifican sus acciones, pero contextualizan las motivaciones que la llevaron a actuar como lo hizo. Su colapso emocional en la sesión anterior, gatillado por la mención de su padre adoptivo, apunta a traumas profundos que operan en segundo plano de su testimonio.
Las implicancias procesales y la reconfiguración de responsabilidades
La conclusión del testimonio de Horovitz marca un hito en el desarrollo del juicio de los cuadernos. Su declaración ha permitido establecer con mayor precisión cómo circuló la documentación comprometedora, cómo se intentó presionar a funcionarios para obtener beneficios económicos, y cómo operaron las redes de intermediación entre personas cercanas a la expresidenta Kirchner y actores que buscaban beneficiarse de la exposición de irregularidades. Los audios y mensajes exhibidos funcionan como un registro objetivable de intenciones que Horovitz, durante el juicio, ha intentado caracterizar de otro modo.
La gestión defensiva de Baratta, realizada a través de Quiroga y su hijo, revela un patrón de manejo de crisis en el que la estrategia principal fue la dilación y la contención de la fuente del problema. La instrucción "Perdelos" constituye un reconocimiento de que la documentación en poder de intermediarios representaba un riesgo que debía eliminarse. Estos detalles refuerzan la trama de acción y reacción que caracteriza a la operación de recaudación de fondos irregulares que el juicio investiga.
Las consecuencias de este testimonio se desplegarán en múltiples direcciones. Para Centeno, los registros de Horovitz pueden tanto incriminarlo como víctima de extorsión como también establecer su rol en el mantenimiento de documentación sobre operaciones ilegales. Para Baratta, la cadena de intermediarios y las instrucciones de eliminar evidencia refuerzan su culpabilidad en la organización de la estructura de coimas. Para la expresidenta Kirchner, la circulación de documentación en su entorno y los intentos de presión sugieren que las operaciones ocurrían en proximidad a su residencia, aunque la implicancia directa de ella permanece sin establecerse claramente en este testimonio. Para Quiroga y su hijo, emerge su rol como facilitadores de una operación de presión sobre funcionarios. Cada uno de estos actores enfrenta ahora un registro más preciso de sus acciones, lo que permitirá a los jueces ponderar responsabilidades diferenciadas según grados de conocimiento, participación e intención.



