A casi un mes de la asunción de Javier Milei en la presidencia, las turbulencias internas del peronismo bonaerense adquieren nueva intensidad. Aníbal Fernández irrumpió sorpresivamente en la gobernación platense para visitar al ministro de Gobierno Carlos Bianco, marcando así su regreso a la escena política luego de un período de relativo silencio. El encuentro, lejos de ser un mero trámite administrativo, se convirtió en un acto de posicionamiento que expone las fracturas profundas que atraviesan la principal rama del peronismo argentino en la provincia más populosa del país. Las declaraciones que formuló a la salida de Casa de Gobierno no dejaron lugar a ambigüedades: el dirigente se alinea explícitamente con la candidatura presidencial del gobernador Axel Kicillof, y lo hace distanciándose de la línea que representa Máximo Kirchner.
Críticas sin filtro hacia la estructura kirchnerista
Lo más notable del episodio radica en la crudeza con que Fernández cuestionó el liderazgo ejercido por el hijo de la expresidenta. Utilizando una metáfora que alude al poder de decisión, aseguró que "la lapicera es de Cristina, su hijo es el que malversa", frase que sintetiza una acusación grave sobre la administración de recursos en las estructuras que comanda Kirchner. El exfuncionario profundizó en este diagnóstico al señalar que quienes rodean al titular del bloque de diputados utilizaron espacios de poder no para gobernar en función del interés colectivo, sino para beneficiar a círculos cercanos. Esta perspectiva contrasta radicalmente con la narrativa que ha mantenido el kirchnerismo durante años, donde Máximo ha sido presentado como el custodio de la herencia política de sus padres.
La embestida de Fernández no se limitó a aspectos puntuales de gestión, sino que cuestionó la legitimidad misma del ejercicio del poder dentro de las estructuras que comandaba Kirchner. Al afirmar que "creen que tienen la lapicera, cuando en realidad no les pertenece", el dirigente peronista expresa una visión sobre la separación entre titularidad formal y autoridad real. Según su perspectiva, existe una distancia entre quién ostenta nominalmente el control y quién efectivamente debería ejercerlo conforme a la tradición orgánica del movimiento. Esta apreciación refleja debates históricos dentro del peronismo sobre la legitimidad de liderazgos y la cuestión sucesoria.
El dilema de Cristina y la búsqueda de candidaturas alternativas
Respecto a la situación judicial de Cristina Kirchner, Fernández adoptó una posición que se presenta como paradójica pero estratégica: reconoce su inocencia, pero rechaza categóricamente cualquier forma de militancia que gire alrededor de ese eje. Su declaración fue tajante: "A mí no me van a ver nunca como un pelotudo con un cartel de Cristina Libre", expresión que condensa un rechazo no solo estético sino político a la movilización en torno a la exmandataria. Al profundizar en su pensamiento, Fernández distingue entre la necesidad de que Cristina recupere su libertad como derecho ciudadano y la lógica de que esa libertad sea utilizada como capital electoral. Sostiene que la expresidenta debe estar libre porque es inocente, no porque alguien gane con ello, criticando implícitamente iniciativas que podrían funcionalizar su situación legal con fines de movilización política.
Esta posición adquiere significación en el contexto de las próximas contiendas electorales. El peronismo se enfrenta a una realidad política nueva: Cristina no puede ser candidata presidencial por su situación judicial, lo cual cierra una ruta que durante años fue central en las dinámicas políticas argentinas. Fernández parece consciente de que apuntalar candidaturas alternativas requiere establecer diferencias respecto a la dirigencia kirchnerista tradicional. Al colocar a Kicillof como "el que se ve en las mejores condiciones como candidato", construye una argumentación que no descalifica a otros posibles postulantes —menciona a Sergio Massa y reconoce el derecho de Cristina a opinar— pero establece un orden de preferencias que favorece al gobernador bonaerense.
La apuesta por Kicillof y el escenario electoral venidera
La expresión de Fernández sobre Kicillof revela más de lo que sus palabras literales comunican. Al afirmar que "la relación con Axel es muy buena" y que lo fortalece constantemente, el dirigente peronista construye un discurso de continuidad y apoyo. Esto es particularmente relevante porque Fernández ocupó cargos significativos durante las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner —fue ministro de Seguridad y de Justicia, entre otros roles—, por lo que su respaldo a un candidato distinto a los que tradicionalmente representaron la continuidad kirchnerista marca un punto de inflexión en la realineación de fuerzas. Su trajectoria dentro del peronismo le confiere credibilidad ante sectores que siempre lo vieron como parte de la estructura kirchnerista, lo que hace que su movimiento actual tenga mayor impacto que si proviniera de actores externos al movimiento.
El escenario que comienza a perfilarse en Buenos Aires anticipa una competencia interna que, a diferencia de etapas anteriores del peronismo, no se resolvería en una unidad previa sino que atravesaría la contienda electoral. Kicillof y Máximo Kirchner contemplan la posibilidad de enfrentarse en una elección interna, un mecanismo que el peronismo no utilizaba con frecuencia en décadas recientes. El antecedente del año 2023, cuando Sergio Massa y Juan Grabois compitieron en la PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), es considerado dentro de ciertos círculos como un precedente positivo, aunque distinto en su contexto político. Sin embargo, las diferencias entre una competencia entre candidatos de perfiles similares —como fue aquella— y una disputa que enfrenta visiones distintas del movimiento son significativas. Algunos actores políticos buscan evitar este enfrentamiento o al menos aminorar sus efectos: el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, emitió una invitación para que ambos dirigentes se reúnan en su provincia el fin de semana siguiente con el propósito de acercar posiciones. Hasta el momento, ninguno de los dos confirmó su asistencia, lo que sugiere que las posturas se encuentran demasiado consolidadas como para permitir convergencias rápidas.
Implicancias y proyecciones del realineamiento peronista
La reaparición de Fernández y su toma de posición representan más que un episodio anecdótico en la vida política interna de un movimiento. Señalan un quiebre en la estructura de poder que el kirchnerismo construyó durante más de una década y media. Mientras el gobierno nacional transita su fase inicial con una orientación ideológica distinta a la del peronismo, la coalición que alguna vez fue mayoritaria en Argentina se debate sobre cómo reorganizarse, qué fuerzas deben liderar esa reorganización y bajo qué principios políticos. La inserción de Fernández en este debate como militante de la candidatura Kicillof abre interrogantes sobre las dinámicas futuras: ¿se consolida una división duradera entre kirchneristas y otros sectores del peronismo, o estas disputas se resuelven tras las elecciones internas? ¿Qué ocurre con los gobiernos locales y territoriales que responden a estructuras kirchneristas si Kicillof prospera electoralmente como candidato presidencial?
Lo que ocurra en los próximos meses en el peronismo bonaerense probablemente incidirá en la configuración de alternativas políticas nacionales. Las elecciones presidenciales de 2025 definirán no solo quién accede a la primera magistratura, sino también cuál es el proyecto político que logra articular mayorías en un país fragmentado. Para el peronismo, en particular, se trata de una elección sobre su propia identidad y futuro. Las distintas perspectivas en juego —la de quienes apuestan por Kicillof, la de quienes mantienen lealtades hacia la estructura kirchnerista, la de quienes buscan otras opciones dentro o fuera del movimiento— expresan diferentes diagnósticos sobre cómo reconstruir una fuerza política que perdió la presidencia y enfrenta un desafío considerable en términos de cohesión interna y capacidad de propuesta. Los desarrollos de los próximos meses mostrarán si estas fracturas se cierran o se profundizan, y qué impacto tienen en la capacidad del peronismo para competir electoralmente en 2025.



