La escena transcurrió en La Plata con toda la crudeza que caracteriza a los conflictos internos del peronismo bonaerense. Mientras el gobernador Axel Kicillof inauguraba un espacio dedicado a la formación política del justicialismo provincial, sus propios militantes le recordaban —a través de gritos y consignas— que dentro de su coalición conviven visiones irreconciliables sobre el presente y el futuro. Los adherentes identificados con el kirchnerismo desplegaron una bandera reclamando la liberación de Cristina Kirchner; casi instantáneamente, los sectores afines al mandatario respondieron con cánticos que promovían una candidatura presidencial del propio Kicillof. El contraste, lejos de ser anecdótico, resumía en pocos minutos la complejidad que caracteriza al movimiento peronista bonaerense a menos de tres años de las elecciones presidenciales.
La postura cautelosa del gobernador ante la avalancha de lanzamientos
En medio de una semana particularmente dinámica para los movimientos presidencialistas dentro del peronismo, Kicillof optó por un discurso que contravenía la lógica de sus propios aliados. "Este es un año de construcción. Para nosotros no es tiempo de campaña, ni de candidaturas", sentenció el gobernador durante su participación en el acto platense. La afirmación constituía una toma de posición deliberada en un contexto donde otros dirigentes peronistas aceleraban sus propios movimientos de cara a 2027. El senador Sergio Uñac, exmandatario de San Juan, había anunciado horas antes su aspiración a la presidencia, argumentando además que había mantenido conversaciones con Cristina Kirchner sobre este tema. De manera simultánea, un grupo de gobernadores e intendentes nucleados bajo la denominación de "peronismo federal" —encabezados por Juan Manuel Olmos, Guillermo Michel y Victoria Tolosa Paz— también activaba sus estructuras con miras al próximo ciclo electoral.
La posición de Kicillof reflejaba un cálculo político más complejo que la simple demora en formalizar una candidatura. El mandatario parecía consciente de que cualquier movimiento precipitado hacia la candidatura presidencial podría fracturar sus propias bases de sustentación, particularmente aquella porción del peronismo que aún responde a los lineamientos del kirchnerismo y mantiene una lealtad inquebrantable hacia la expresidenta. La respuesta elaborada desde su entorno fue diplomática: "Nos parece bien que todos los compañeros y compañeras que tengan legítimo interés de representar al peronismo, lo hagan. Después se definirá, cuando haya que definir, las candidaturas". Esta frase, repetida desde la Casa de Gobierno, funcionaba como un cierto reconocimiento de la legitimidad del movimiento mientras se postergaba indefinidamente la necesidad de asumir un posicionamiento personal más agresivo.
El dilema de la renovación versus la continuidad en el peronismo bonaerense
Lo que subyacía bajo estas consideraciones públicas era una tensión más profunda: Kicillof busca posicionarse como representante de la renovación dentro del peronismo, pero se topa con la persistencia de La Cámpora como fuerza organizativa que desconoce o cuestiona su liderazgo en términos de proyección nacional. El movimiento que encabeza —Derecho al Futuro— necesita expandirse más allá de Buenos Aires para tener viabilidad presidencial, pero esa expansión encuentra resistencias en territorios donde el kirchnerismo mantiene raíces profundas. Durante la misma semana del acto platense, Kicillof había visitado Córdoba, donde se reunió con sindicatos, autoridades universitarias e intendentes, pero notoriamente no logró una fotografía conjunta con Martín Llaryora, el gobernador de la provincia. Según explicó posteriormente, ambos mantienen diálogos pero no han definido acuerdos de naturaleza electoral o de construcción de frentes.
Sin embargo, el mandatario bonaerense ha desplegado una estrategia paralela de aproximación a gobernadores en otras provincias. Ha formalizado acuerdos de cooperación con Gildo Insfrán en Formosa, se ha reunido con Gustavo Melella en Tierra del Fuego y con Ricardo Quintela en La Rioja. Estos movimientos sugieren que Kicillof está intentando construir una base federal de sustentación que le permita eventual legitimidad para una candidatura presidencial, pero sin necesidad de asumir públicamente ese compromiso en el corto plazo. Este enfoque táctico es consistente con su advertencia sobre los tiempos: 2027 aún está a tres años, y en el peronismo argentino los lanzamientos precipitados suelen resultar contraproducentes. El objetivo declarado, en cambio, era más amplio: conformar un armado nacional capaz de derrotar a Javier Milei en su búsqueda de reelección.
El acto en el Coliseo Podestá de La Plata, donde participaron múltiples intendentes del conurbano y funcionarios provinciales, fue concebido deliberadamente como una demostración de capacidad organizativa más que como un lanzamiento formal. La presencia de figuras como la vicegobernadora Verónica Magario, el intendente Julio Alak, diputados provinciales como Mariano Cascallares, e incluso dirigentes de alcance nacional como Nicolás Trotta y Juan Manuel Abal Medina, buscaba proyectar la imagen de un espacio político con gravitación territorial consolidada. Sin embargo, la irrupción de los cánticos y la confrontación de banderas transformó lo que pudo haber sido un evento administrativo en un recordatorio de las fisuras que caracterizan a la coalición peronista bonaerense.
Los otros movimientos y la espera estratégica
Mientras tanto, el autodenominado peronismo federal mantiene un equilibrio tenso. Sus principales impulsores —Olmos, Michel y Tolosa Paz— se cuidaban de expresar públicamente cualquier crítica hacia Kicillof o de formalizar una confrontación interna, al menos en los términos más evidentes. Tolosa Paz, de hecho, mantiene diálogos fluidos con funcionarios tanto de la gobernación como de municipios bonaerenses y frecuenta asiduamente sus actos públicos. No obstante, el hecho de que ni Olmos ni Achaval —el intendente de Pilar con quien Kicillof también dialoga— asistieran a eventos de presentación de este espacio en la ciudad de Buenos Aires o el conurbano sugería que la confluencia de fuerzas aún no había alcanzado un grado de solidificación definitiva. Los tiempos políticos de los federales parecían responder a una lógica de construcción gradual sin necesidad de enfrentamientos espectaculares.
La declaración de Uñac, por su parte, representaba un quiebre más evidente. Al anunciar su candidatura presidencial y al mencionar que había conversado con Cristina Kirchner al respecto, el exgobernador sanjuanino abría implícitamente una puerta hacia la organización de una interna dentro del peronismo. Su llamado a que el partido se preparara para una contienda interna el año próximo —es decir, en 2026— funcionaba como una invitación a acelerar los procesos que Kicillof estaba deliberadamente desacelerando. Esto genera interrogantes sobre la viabilidad de mantener la unidad peronista bajo estas presiones contrapuestas: mientras algunos buscan dar por sentada la candidatura del gobernador bonaerense a través de procesos de construcción territorial, otros impulsan la formalización de competencias internas que legitimaría democráticamente el proceso de selección.
La tensión manifestada en La Plata —con banderas enfrentadas y consignas que colisionaban en el mismo recinto— es probable que sea apenas el primero de muchos conflictos de visibilidad pública que caracterizarán los próximos meses. Kicillof enfrenta el desafío de gobernar la provincia más poblada del país mientras gestiona estas fracturas internas sin que se traduzcan en debilitamiento electoral. Simultáneamente, debe ampliar su base de legitimidad nacional sin provocar reacciones defensivas de sectores que ven en su ascenso una amenaza a sus propias bases de poder. Los tiempos políticos del peronismo argentino son notoriamente inestables, y la capacidad de los dirigentes para anticiparse a cambios de ciclo resulta decisiva. En este sentido, la postura cautelosa de Kicillof puede interpretarse tanto como prudencia estratégica como riesgo de quedar rezagado si otros sectores logran dinamizar primero sus propias estructuras de apoyo.
Las próximas definiciones dentro del peronismo se desarrollarán en un contexto donde el gobierno nacional de Milei mantiene una agenda política activa que puede alterar cálculos locales. Una base electoral que hoy se moviliza en torno a resistencias gremiales o reclamos de liberación de figuras del pasado podría redireccionar sus prioridades según cómo evolucionen las políticas económicas y sociales a nivel nacional. De igual manera, los gobernadores que conversan con Kicillof mientras estudian otras opciones enfrentan la incertidumbre sobre cuál será el verdadero peso electoral de las distintas propuestas cuando llegue el momento de definiciones concretas. El peronismo argentino permanece en una encrucijada donde la renovación y la continuidad compiten sin que se haya clarificado todavía cuál de ambas visiones predominará en la próxima etapa de su historia.



