Una muerte que trasciende los escenarios

El viernes pasado, Carlos "Indio" Solari dejó de latir en su casa de Parque Leloir, a los 77 años, luego de una descompensación que lo sorprendió junto a su cuidadora. No se trataba de un político, ni de un funcionario, ni de un empresario vinculado a ningún poder fáctico específico. Era un músico que durante décadas convirtió sus canciones en banderas de generaciones enteras, un artista que logró algo rarísimo en la Argentina: ser capaz de conectar con personas de edades distintas, ideologías diversas y realidades contrapuestas. Su fallecimiento, entonces, no fue simplemente la pérdida de un referente cultural. Fue un quiebre simbólico que obligó a políticos de los más variados colores a detenerse en las redes sociales y reflexionar sobre qué había dejado este hombre que apenas se consideraba ajeno a las contiendas electorales pero cuya voz sonó siempre al lado de los excluidos.

La noticia del deceso provocó una avalancha de mensajes que hablaba más de los que escribían que del propio fallecido. Cada dirigente, cada funcionario, cada legislador que tomó sus teléfonos para redactar un tuit no solo estaba recordando a Solari: estaba confesando, de alguna manera, qué significaba ese músico para su propia trayectoria vital y política. Los gestos de duelo público se multiplicaron durante horas, tejiéndose en un tapiz que revelaba la magnitud del personaje que acaba de irse. ¿Cuántos artistas tienen el poder de obligar a gobernadores, expresidentes y ministros a pausar sus agendas para tributar homenaje? La respuesta es casi ninguno. Solari lo consiguió porque sus canciones, sus recitales y su poesía encarnaron algo más profundo que simple entretenimiento: fueron un lenguaje para hablar de lo que los discursos políticos convencionales dejaban afuera.

El coro de voces desde el peronismo

Alberto Fernández, el expresidente, fue uno de los primeros en compartir su sentimiento de pérdida. En su mensaje enfatizó no solo la muerte de un músico, sino la desaparición de alguien que se había mantenido fiel a sus principios y que había generado un profundo fenómeno social y cultural a través de Los Redonditos de Ricota. Las palabras del exmandatario apuntaban a reconocer que Solari no era un artista más, sino alguien cuya obra trascendía el mero acto de tocar instrumentos y cantar. Su coherencia ideológica, su rechazo a las garras del mercado discográfico convencional, su elección de mantenerse independiente: todo eso formaba parte de un legado que Fernández consideraba digno de recordación.

Malena Galmárini, senadora bonaerense y exfuncionaria, escribió desde un lugar más íntimo. Su tributo hablaba de una adolescencia acompañada por esas canciones, de cómo la música de Solari se había incrustado en los momentos de formación de su identidad. La prometía de seguir haciendo pogo en su honor era más que una frase; era la promesa de mantener viva la energía, el movimiento, la resistencia que siempre significó el rock redondito. Sergio Massa, por su parte, resumió la cuestión en pocas palabras pero densas de significado: los ídolos populares trascienden la mortalidad biológica, perduran en la memoria colectiva. El exministro de Economía reconocía que algunos personajes simplemente no se van, porque ya no pertenecen solo a sus familias, sino al pueblo que los hizo suyos.

Axel Kicillof fue quizás quien más se explayó en sus reflexiones. El gobernador bonaerense no dudó en confesar su propio fanatismo ricotero, ubicándose a sí mismo dentro de la legión de seguidores del Indio. Pero lo más significativo de sus palabras fue la caracterización de Solari no como un artista simplemente, sino como un héroe argentino. Kicillof enfatizó el rol de Solari como generador de lenguaje, como voz de múltiples generaciones que encontraron en sus composiciones la poética que nadie más les ofrecía. El gobernador aprovechó la ocasión de su discurso en un congreso sobre igualdad para plantear un homenaje público, reconociendo que ciertos momentos no permiten pasar por alto las pérdidas verdaderamente significativas. Las banderas que dejaba Solari, según Kicillof, eran la libertad genuina, la alegría y la esperanza en un futuro diferente.

Ricardo Quintela, gobernador de La Rioja, también se sumó al coro de despedidas. Su valoración de Solari como una de las figuras más trascendentes de la música argentina pasaba por reconocer que el fallecido había logrado lo que muy pocos logran: interpretar musicalmente las inquietudes colectivas, dar forma sonora a los sueños y las luchas de pueblos enteros. Quintela señalaba que su obra permanecería viva en cada recital futuro donde se escuche su música, en cada generación que descubra esas canciones, en la memoria de un pueblo que hizo propias sus palabras.

Las distancias políticas no impiden el reconocimiento

Aníbal Fernández, exministro de Seguridad, ofreció un relato mucho más personal y nostálgico. Sus recuerdos convocaban encuentros en la casa de Solari, conversaciones que iban de la nada a todo, momentos de complicidad que trascendían cualquier diferencia ideológica o generacional. Fernández recordaba haber formado parte de esas cápsulas que circulaban entre los fanáticos para acceder a los recitales, de cómo el Indio le había dedicado canciones, de los abrazos finales en la puerta antes de partir. El mensaje hablaba de una amistad genuina, de una conexión que solo es posible entre personas que reconocen en la otra algo de verdad, de autenticidad. Fernández cerraba expresando cuánto lo quería como amigo, eliminando cualquier distancia que pudiera haber entre un exfuncionario y un artista.

Desde el gobierno de Javier Milei, la respuesta fue notoriamente más contenida. Leonardo Cifelli, secretario de Cultura, apenas dejó caer un breve mensaje reconociendo que la obra de Solari perduraría en la historia del rock nacional, acompañado de un QEPD. La brevedad del mensaje contrastaba claramente con los homenajes más elaborados que llegaban desde otros sectores. Esta diferencia de tono no pasó desapercibida, sugiriendo una cierta distancia entre el gobierno actual y la figura del artista fallecido.

Desde otros espacios políticos, las palabras fueron elocuentes. Maximiliano Ferraro, diputado de la Coalición Cívica cercano a Elisa Carrió, escribió desde su propia experiencia de adolescente de los años noventa. Su reflexión profundizaba en cómo las canciones de Solari habían acompañado la construcción de espacios de participación estudiantil, cómo habían enseñado que la poesía podía habitar dentro del rock, que la cultura era una forma de resistencia. Ferraro señalaba que para su generación, la música del Indio había sido mucho más que entretenimiento: había sido una brújula para descubrir quiénes eran y quiénes querían ser. Gabriel Katopodis, ministro bonaerense de Infraestructura, también se pronunció, ubicando a Solari como expresión de cultura popular argentina cuya influencia había trascendido generaciones enteras a través de su particular manera de mirar la realidad con poesía.

Un artista que sí tuvo posiciones políticas claras

Más allá de los homenajes, es crucial recordar que Solari no fue un músico completamente alejado de las contiendas políticas, como algunos quisieron presentarlo. En los últimos años de su vida, el cantante expresó públicamente su apoyo a Cristina Kirchner, criticando la sentencia de la Justicia que la condenaba en la causa Vialidad. En audios grabados, Solari expresó su preocupación sobre lo que consideraba una violación del derecho a la defensa, calificando los procedimientos como algo que había "pasado una línea muy grave". Incluso visitó el domicilio de la expresidenta en San José 1111, un gesto que fue compartido públicamente por su hijo Máximo Kirchner, demostrando que su posicionamiento no era reservado ni oculto.

Además, durante 2024, Solari cuestionó sin ambigüedades al presidente Javier Milei. En diálogos radiales, se preguntaba si Milei era "un loco-loco o un loco que es mascarón de proa de algunos intereses". Expresó su sorpresa y desaprobación ante la llegada al poder de alguien que jamás imaginó vería en el Ejecutivo nacional, comparando su ascenso con patrones históricos de figuras controvertidas que eventualmente terminaban destituidas de formas violentas. El artista criticaba también a quienes creía que merecía darle más tiempo a Milei, cuestionando la falta de educación de quien gobernaba: "Me extraña que gente que hizo el secundario nomás crea que hay que darle más tiempo a este tipo", expresaba con su habitual crudeza. Estas posiciones claramente ancladas en la política argentina demostraban que Solari era mucho más que un artista descomprometido; era alguien que leía la realidad política y la interpelaba desde su plataforma de influencia cultural.

Un legado que abre interrogantes sobre el futuro

La muerte de Solari a los 77 años, tras haber convivido con el mal de Parkinson en sus últimos tiempos, marca el cierre de una era en la música argentina. Su ausencia genera múltiples preguntas sobre qué sucederá ahora con su legado, cómo seguirá viva su obra, quiénes serán los guardianes de esa memoria cultural que él encarnó. Los recitales masivos de Los Redonditos de Ricota, esos eventos que funcionaban casi como experiencias religiosas para sus devotos, probablemente se reinventan o desaparecen. Las nuevas generaciones deberán descubrir su música a través de registros, de testimonios, de la transmisión que hagan quienes lo vivieron en directo. La industria cultural argentina pierde a uno de sus pilares más auténticos, alguien que jamás se vendió al mejor postor, que se mantuvo fiel a una estética y a una ética propia.

Los distintos sectores políticos que lo despidieron en redes sociales parecen estar reconociendo, cada uno desde su posición, que Solari representaba algo que trasciende las divisiones partidarias: la capacidad de la cultura para canalizar emociones, para dar forma a inquietudes que los discursos políticos convencionales no logran expresar. Su presencia en la última década también mostró que era posible ser un artista de renombre y tomar posiciones sobre los temas que angustiaban al país, sin perder credibilidad ni coherencia. Algunos verán su legado como una inspiración para mantener viva la resistencia cultural frente a distintas circunstancias políticas; otros lo recordarán simplemente como el músico que les enseñó que era posible hacer rock poético, profundo, verdaderamente comprometido con la realidad de la gente común. Lo cierto es que las distintas interpretaciones de su figura y su obra seguirán conviviendo, alimentadas por la multiplicidad de voces que hoy se reúnen en duelo, cada una encontrando en Solari algo diferente, algo que toca sus propias historias de vida.